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Memorias del golfo de Nicoya

Gonzalo tiene 86 años y es el pescador mas viejo de su comunidad.

Conversamos al lado de su pequeña casa de madera, en una isla menos famosa que San Lucas y la Isla del Coco. La marea está subiendo y toca los árboles retorcidos del manglar, al otro lado del camino de tierra. Me dice que ya no pesca debido a su edad y problemas de visión. Es delgado y su vieja camisa está abierta y sostenida por un par de botones para aliviar el calor del medio día. Subsiste de una pensión que apenas le da para sus necesidades más básicas: arroz, frijoles, manteca, sal, café y azúcar. “Carne no como porque no alcanza”. Mientras lo dice, no puedo evitar pensar que esta mañana desayuné un pinto que tenía más ingredientes que su despensa. Siento culpa pero seguimos conversando. Quiero saber cómo era antes ese mar que tiene al frente.

Me gusta imaginar el pasado cuando me lo cuenta quien lo vivió.

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Palito de Chira.

Continúa. Durante su niñez la pesca no era una ocupación tan popular como hoy, a pesar de que había más peces. Se sobrevivía más de la agricultura. Frijoles, maíz y animales domésticos alcanzaban para subsistir. Me cuesta reconstruir en mi mente la imagen del mar sin botes.  Hace ochenta años capturaban meros, róbalos y bagres desde la orilla, con una cuerda y un anzuelo. “Antes había más pescado pero nadie vivía de él. Había abundancia de tortugas, incluyendo carey, delfines, y tiburones. A veces cazábamos tortugas para comer su carne y si eran carey, vendíamos los caparazones en Puntarenas. Las ballenas no entraban tanto. Llegaban hasta Isla Caballo”.

Conforme avanza, debo hacer mayor esfuerzo para imaginar. Esta mañana pude observar el golfo desde la lancha que entra a isla Chira.  Es un lugar verdaderamente hermoso. Pero ¿tortugas, ballenas? ¿Cocodrilos que salen del agua con una gran corvina en su hocico? Nunca he visto nada así.“Cuando necesitaba plata pescaba uno o dos meros grandes. Luego se navegaba a vela y a remo hasta Puntarenas, arrastrando los peces aún vivos y pegados al anzuelo al lado del bote. Tardaba muchas horas en llegar. En el puerto mataba los peces y vendía su carne fresca. Con la plata compraba lo que no había en la isla. Azúcar, café y otras cosas básicas. Y regresaba”.

Antes no tenían hielo, ni hieleras, ni motores fuera de borda. Había tiburones, peces y chuchecas. El Golfo de Nicoya hoy es muy distinto. Ya no entran ballenas ni delfines. La pesca es escasa y los botes y redes abundantes. Tampoco está Gonzalo. Pero está lo que él vio. Sigue vivo en la mente de sus hijos y nietos. Y en la mía.

Pelícanos sobre el Golfo de Nicoya

Pelícanos sobre el Golfo de Nicoya

¿Cómo habrá sido el golfo de Nicoya hace mil años? ¿Cómo será dentro de cien o veinte? Tenemos la tendencia a dar por sentadas muchas cosas incluyendo nuestra propia vida. Olvidamos que irremediablemente tenemos que morir. Lo recordamos de vez en cuando, al vernos al espejo o cuando vemos una foto de infancia. Pero con el ambiente, y creo que con el mar en especial, nos cuesta más notar los cambios. Vemos el mar y pensamos que no hay nada que lo afecte. Es tan grande y nosotros tan pequeños... Pero lo afectamos y lo hemos cambiado muchísimo por cientos de generaciones.

Cada nueva generación asume como normal lo que le deja la anterior. Hoy Puntarenas no es el lugar de recreo y vacaciones de hace dos generaciones ni el lugar del que sacaban perlas hace quinientos años. Aun así, soy de los que cree que podemos recobrar mucho de lo que vio Gonzalo. Por eso es que las memorias son importantes, porque nos ayudan a entender lo que hemos perdido con los años y por que nos inspiran a trabajar para recuperarlo. Yo quisiera llegar a viejo y poder ver el golfo que Gonzalo conoció... estoy seguro de que usted también.

Marco Quesada