Familias en Costa Rica apoyan a solicitantes de la condición de refugio en su proceso de adaptación e integración a la vida de nuestro país.

“Para protegernos de la violencia que experimentábamos en nuestro país, nuestra familia fue separada y llevada a distintos albergues. Nadie podía saber dónde estábamos. Habíamos escapado, pero no dejaban de buscarnos. Llegué con mi hija de 3 años a este lugar. No sabía dónde estaba mi esposo, mi hermano o mi madre. No podíamos salir, usar teléfonos o ver noticias. Escapé de la muerte pero no de los golpes, los insultos, los chantajes o elroom-984076_960_720 dolor de mis heridas. 6 meses después nos reencontramos. Fue duro. Allí logramos por primera vez darnos cuenta de todo lo que había pasado.

Teníamos mucho miedo del futuro, de tener que comenzar de nuevo, si podríamos soportar lo que vendría. Las instituciones que nos protegieron nos dieron a entender que la mejor opción para nosotros era sacarnos del país. No supimos a dónde íbamos hasta el día que estuvimos en el aeropuerto. Nos dieron los boletos. El lugar era Costa Rica.

Cuando llegamos, funcionarios de migración nos recogieron, nos llevaron a la agencia que orientaba a las personas solicitantes de la condición de refugio, y de allí a Migración para iniciar el proceso. No teníamos donde vivir, ni trabajo. Nos ofrecieron ayuda para alimentación y hospedaje por 8 días. La agencia también nos ofreció apoyo para pagar un primer mes de alquiler. A partir de ahí, debíamos comenzar a agenciárnoslas por nuestra cuenta, el Lądowanie o zachodzieverdadero empezar de cero.

Días después, en la agencia nos dijeron que tuvieron contacto con una familia que quería conocernos y ver la posibilidad de apoyarnos y acompañarnos en nuestro proceso de adaptación e integración. Lo primero que sentimos fue duda. Teníamos desconfianza. Pensábamos, -¿a dónde vamos a ir a parar?, ¿qué tipo de personas serán? ¿Cómo vamos a reaccionar si no les caemos bien?- En primera instancia no queríamos incomodar a otras personas con nuestra situación. Deseábamos trabajar y poder alquilar algún lugar, aunque fuera un cuarto”.

“Un amigo nos llamó. Nos dijo que le habían contado de una familia recién llegada al país, enfrentando varias necesidades. Si bien siempre habíamos querido que nuestro hogar fuera abierto y hospitalario, y nuestra casa tenía las condiciones para ofrecer una habitación a una familia, sentimos temor de considerar alojar a personas desconocidas. Hicimos muchas preguntas. Queríamos saber más de la situación. Nos ayudó saber que su caso venía siendo acompañado por una organización internacional. Quisimos conocerles primero en un lugar neutro.”

“Aceptamos conocer a la familia que nos ofrecía su apoyo. Nos reunimos en Heredia con ellos. De primera entrada nos enamoramos de Samuel, su niño pequeño. Se presentaron: ‘Somos Jorge y Angie. Estos son nuestros hijos Samuel y Nadia’. Nos presentamos: ‘Somos Víctor y Melisa. Esta es nuestra hija Sara’. En las miradas parecía haber muchas dudas, pena y miedo, sobre todo porque por lo vivido, perdimos la capacidad de confiar en otras personas. Sin embargo, nos parecieron buenas personas. Nos hablaron de querer apoyarnos, de que las puertas de su casa estaban abiertas y que si lo decidíamos así, podíamos mudarnos cuando quisiéramos.

habitaciones-de-huespedes-saint-bonnet-de-mure-le-jardin-des-roses_8Ese mismo día, Jorge nos fue a dejar al lugar donde nos estábamos quedando, y al llegar nos dijo: “Si quieren venirse hoy mismo, me los puedo llevar. Sino, piénsenlo y nos avisan.” Pasó una semana. Pensábamos, cómo irnos así a vivir con alguien que no conocemos, ¿que podría pasar si nuestros hijos se pelean? ¿Si no les gustan nuestras costumbres?, o simplemente si no nos entendíamos. Era incómodo también pensar que durante los primeros días ellos iban a encargarse de nuestra alimentación. Apenas estábamos buscando trabajo. ¿Qué pasaría si no nos era sencillo encontrarlo? Estábamos a la espera de nuestros permisos de trabajo, por lo que cualquier cosa que hiciéramos sería informal y temporal. No queríamos que en ningún momento pensaran que nos estábamos aprovechando de su generosidad.

Finalmente, les dijimos que sí, pero que sólo por un mes. Sin embargo ellos nos dijeron que consideráramos un periodo de 3 meses para tener tiempo de ajustarnos. En esa misma llamada, Jorge nos dijo: ‘¿Voy por ustedes?’. Eso nos hizo sentir un poco más de confianza porque nos preguntamos: ¿Quién hace esto de gastar su gasolina y nos abre su casa sin conocernos? Fue así como llegamos al que sería nuestro hogar. Al entrar, fue hermoso ver cómo el pequeño Samuel, siendo sólo un bebé, nos extendía sus brazos y sonreía.

Nos dieron una habitación, ropa y hasta zapatos. Al inicio ni siquiera queríamos salir de la habitación. Sentíamos pena de que no podíamos aportar nada y que ellos nos estaban dando todo. Ni comer queríamos para que no pensaran que nos estábamos aprovechando. A los días, Angie nos habló muy amablemente y nos dijo: “’No tienen que estar todo el tiempo en el cuarto. Ese no es el único lugar de la casa donde pueden estar. Nos gustaría que comieran con nosotros’”.

“Entendíamos por su situación, que los primeros días lo más importante era hacerles sentir en un lugar seguro. Fue impactante escuchar sus historias en la medida que se generaba más confianza entre nosotros. Conforme pasaba el tiempo, estábamos más convencidos de haber tomado la decisión correcta.

Fue bueno ver cómo las niñas se hacían muy buenas amigas, aunque no faltaban algunas buenas peleas. Ambas familias teníamos diferentes estrategias de feet-322007_960_720crianza y tuvimos que conversar en varios momentos para lograr trabajar en equipo. Fue gratificante ver cómo su temor se reducía y se atrevían a exponerse y salir a la calle. Pero sobre todo fue especial, poder ver a su hija Sara, quien al inicio se mostraba retraída y con miedo, ahora jugando y haciendo travesuras como cualquier otra niña.

Establecimos algunos acuerdos previos como ser conscientes de que habían niños presentes, no pelear frente a ellos, no fumar adentro y que ambas parejas compartiéramos tareas como la limpieza y la cocina. Aún y con estos acuerdos, no podemos negar que tuvimos momentos difíciles, desacuerdos, conflictos por malentendidos culturales y de comunicación. Cada uno de ellos fue una oportunidad de crecer, dialogar y conocernos mejor. La decisión de comunicarnos intencionalmente, ser honestos y respetarnos fue clave para ello”.

“Lo primero que tratamos, con el poco dinero que empezamos a ganar con pequeños trabajos, fue comprar algunas cosas de la casa que veíamos se gastaban. Les decíamos: “Tal vez no es mucho, pero aquí está esto.” Pero en algún momento nos dijeron que no teníamos que gastar el dinero que teníamos, que mejor lo ahorráramos porque por ahora para ellos estaba bien cubrir nuestros gastos. Ese día lloramos. Comenzamos a agradecer tantos gestos bonitos. No teníamos nada, estábamos solos, y el ver a esta gente que se preocupaba así por nosotros, como familia, no como extraños, nos hizo entender que Jorge y Angie estaban decididos a apoyarnos.

Fueron muy respetuosos. Ellos podían notar cuando no nos sentíamos bien y nos respetaban el espacio. Esperaban otro momento cuando nos sentíamos mejor y aprovechaban para afirmarnos muchas cosas buenas. Todo eso nos hizo ir abriendo nuestro corazón, contarles más de nuestra historia, nuestros problemas y también nuestros planes. Era como una manera también de agradecerles, darles a entender que ante ellos no queríamos ocultar nada y que pudieran entender mejor por qué estábamos en la situación que estábamos. Tres meses después, llegó el momento en que sentimos que era nuestra oportunidad de independizarnos”.

“Comenzamos a animarles a soñar con su propio espacio. Aprovechábamos en lugares que vendían artículos de segunda donde nos gusta comprar y comprábamos algo para ellos y se los regalábamos para cuando tuvieran su casa. Buscábamos entre nuestros amigos y amigas donaciones o bien oportunidades de trabajo. Cuando quisieron iniciar un negocio de venta de alimentos, decidimos apoyarles con la primera inversión para comprar los ingredientes necesarios. Luego ellos podían devolver la inversión a su ritmo y conforme su negocio crecía. Podíamos notar en ellos la seriedad de su trabajo, cuánto deseaban cumplir con sus compromisos y pagar lo antes posible los dineros con que les habíamos apoyado”.

“Ellos nos enseñaron a no gastar lo que no tenemos. Fueron como padres, tutores y maestros. Aprendimos a ahorrar e invertir bien. Siempre nos animaron a creer que sí podíamos por nosotros mismos. Lo logramos. Nos independizamos y logramos sostenernos por nosotros mismos. Ellos son como nuestra familia. No sólo nos apoyaron para salir adelante económicamente sino también en nuestras emociones. Hoy, cuando necesitamos un consejo o deseamos compartir lo que estamos viviendo, vamos donde ellos.

flora_boqueronHaberles conocido nos deja ver que hay en este país personas de gran corazón que desean apoyar a gente como nosotros. Esto representa para nosotros una segunda oportunidad que no podíamos desaprovechar. Es un nuevo comienzo. Salimos de nuestro país para seguir luchando. Era una necesidad. Ninguna persona desea perder todo, dejar todo para irse a otro país. No vinimos aquí porque simplemente andábamos buscando una mejor vida. Vinimos porque allá no podíamos vivir. Temíamos por nuestras vidas. Lo que buscamos es vivir tranquilos y salir adelante”.

“Ahora son parte de nuestra familia. Tenemos mucha confianza con ellos. Con esta experiencia hemos visto de cerca los desafíos que enfrentan los solicitantes de la condición de refugio, los efectos de la violencia, y el estrés de no poder trabajar y no poderse comunicar con la familia. Esta experiencia le dio rostro a la palabra refugiado. Ya no son sólo estadísticas o noticias de allá lejos; ahora son nuestros amigos Víctor, Melisa y Sara”.

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Refugio, del latín refugium, significa huir, huir en búsqueda de seguridad, huir de algo o alguien. De esta misma raíz surge la palabra refugiado. La Convención de Ginebra define como refugiadas a las personas que “debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentran fuera de su país de nacimiento y son incapaces, o, debido a tal miedo, no están dispuestas a servirse de la protección de aquel país”.

map_of_central_americaHasta el día de hoy, 147 países, dentro de ellos Costa Rica, han firmado la convención. Es por esto que nuestras puertas son tocadas por miles de personas, muchas de ellas escapando de lo que hoy se conoce como la violencia en el triángulo norte de Centroamérica.

Huir de su propio país, teniendo que dejar seres queridos y posesiones, muchas veces trayendo a las espaldas el dolor por el asesinato de familiares y ver su propia integridad y la de sus hijas e hijos comprometida, hace que ciudadanas y ciudadanos de estos países tomen lo poco que pueden llevar con ellos, confiando en la posibilidad de vida y seguridad en un nuevo lugar. Como país participante de la convención de Ginebra, Costa Rica no sólo acepta abrir sus puertas a estas personas, sino que invita a sus propios ciudadanos y ciudadanas a abrir sus brazos en solidaridad con sus hermanas y hermanos del istmo.

Si desea conocer más sobre cómo apoyar a personas como Victor, Melisa y Sara, Costa Rica Solidaria es una iniciativa ciudadana que procura animar a diferentes sectores e individuos a unirse para acompañar, apoyar y dar contención a miles de solicitantes de la condición de refugio en nuestro país. Para más información: [email protected]

*Las narrativas compartidas en este artículo corresponden a un caso real. Ambas familias fueron entrevistadas y compartieron su perspectiva de la experiencia. Sus nombres han sido modificados para su protección.
Karina Vargas

Educadora, constructora de diálogo, deseosa de escuchar historias. Alguien con tiempo para ser y estar, amante de la risa, el vino y el buen café.

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