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La cárcel de Calle Real: jardín de nuevas oportunidades

Privados de libertad participan de un programa contra adicciones orientado a una reinserción plena.

En 2015 la encuesta del ICD señala que el consumo en privados de libertad (durante el mes de estudio) fue al menos dos veces mayor en comparación con la población nacional. Otros datos de la misma encuesta indican que un 57% considera que conseguir droga dentro de la cárcel es fácil. La prevalencia de consumo de tabaco es de 35,8%, seguido por la marihuana con 10.4%, los medicamentos psicotrópicos con un 4.5% y la cocaína y crack con un 3,2%.

Teniendo en cuenta estos datos y los objetivos que tiene el sistema penitenciario de reformar se visualiza la imperiosa necesidad de trabajar más de cerca con la población adicta privada de libertad. Es aquí donde reside el trabajo que se realiza en el Centro de Atención Institucional (CAI) Calle Real en Liberia.

Es en uno de sus módulos donde se desarrolla un proyecto piloto denominado Comunidad Terapéutica, un espacio especializado en atender y tratar a personas que tengan problemas de dependencia a sustancias. La comunidad es dirigida por profesionales y estructurada en torno a la participación de la propia persona en el proceso terapéutico global. En el caso de Liberia son 42 privados de libertad quienes conforman esta comunidad.

Ahora bien, teniendo esta información inicial sobre el consumo de drogas y la comunidad terapéutica hablemos de cómo funciona y sus miembros. Junto a una compañera tuve un acercamiento a este grupo por medio de la universidad, gracias a un curso sobre farmacodependencia. Hay que destacar que desde el CAI se ha entablado diversas relaciones con otras instituciones y organizaciones que permiten esta clase de trabajos en pro de la deseada reinserción de los privados nuevamente a la vida en libertad.

El trabajo realizado en nuestro caso consistió en un grupo psicoterapéutico con 10 personas de las 42 que conforman la comunidad. Básicamente el criterio de selección fue orientado a los privados que tuvieran más problemas para integrarse a la comunidad. Sucede que el cambio a la comunidad no es fácil... pasar –según las mismas palabras de ellos– de un lugar donde las peleas son diarias, donde mientras estás acostado sabes que debajo de la cama hay alguien drogándose y arriba, en el camarote, está otro esperando por su turno, donde hay que estar a la defensiva, donde no se come bien; a un nuevo lugar, uno donde no hay sobrepoblación, donde pueden desayunar gallo pinto (¡!), y donde intentan convivir en paz. Es una transición compleja.

Al momento de iniciar el proceso psicoterapéutico los muchachos llevaban unos meses ya en la comunidad, de hecho, habían pasado ya las peores semanas (a modo de requisito y compromiso se les solicitada mantener la abstinencia). Visto que muchos cesaron el consumo de sustancias apenas ingresaron a la comunidad el ambiente no dejaba de ser complejo: tener 42 privados de libertad en abstinencia con todos los síntomas que ello conlleva no es sencillo.

Sacudir los prejuicios

Al ir a una cárcel se tienen ideas preconcebidas: un lugar oscuro, feo, viejo, en el cual nadie quisiera estar. Sin embargo, este espacio en los módulos que trabajamos no era así: “esta cárcel no es como las otras del país, esta es diferente, aquí hay paz, solo hacen falta un par de monjas caminando por acá y parece un colegio”. Con esa frase nos recibió un oficial en una de nuestras sesiones. Lleva razón: es una prisión distinta, con sus cuidados jardines y la gente andando de un lugar a otro.

No solo de la cárcel en sí se tienen ideas, también de a quienes alberga, los privados de libertad. Recibimos muchas recomendaciones de familiares y amigos para cuando fuéramos al CAI, también muchos cuestionamientos de las razones para escoger este lugar para realizar nuestra práctica... pero ahí estábamos  junto a 10 privados que habían decidido dejar de consumir.

Comenzamos. Al principio el reto era evidente, éramos unos extraños y existía desconfianza. Con el transcurrir de las sesiones la situación cambió, nuestra sala estaba lista antes de que llegáramos, algunos nos esperaban con especial interés y ya era posible conversar con ellos, sobre ellos, sus historias, su futuro y los cambios que querían para sus vidas.

Futbolistas, surfistas, carniceros y hasta montadores de toro conformaban el grupo “Los Elegidos” como decidieron llamarse. Los Elegidos no confiaban, no trabajaban en grupo y buscaban cualquier excusa para discutir o pelear, pero la mayoría tenía claro que con esa actitud muy pronto regresarían a prisión cuando terminaran su pena. Fueron estos quienes tuvieron un progreso excepcional, quienes llegaron a poder expresar sus emociones, reconocer sus errores, pensar en un futuro e incluso servir de mediadores dentro del grupo; además no tenían solo el grupo terapéutico de apoyo, tenían un acercamiento espiritual muy fuerte y la convicción de retornar al lado de sus hijos, madres, padres y sobrinos. El cambio que buscaban no solo sería mejor para ellos, lo sería para sus familias, lo sería para la sociedad, lo sería para nosotros.

De los 10 que iniciaron terminaron 7, y de esos en al menos 5 casos logramos el progreso mencionado. A pesar de que el proceso terapéutico terminó, el cambio en ellos solo había empezado.

Este recuento que les comparto sobre el proceso es solo una parte de lo que se realiza en la comunidad terapéutica y el CAI en general; un aporte más. Es esperanzador ver la realización de estos proyectos en los cuales se enfatiza en el cambio, en devolver mejores personas a la sociedad. No es un esfuerzo que viene exclusivamente desde la perspectiva institucional, sino también desde los propios privados de libertad, de su disposición, de su necesidad por un cambio, de su fe y esperanza en ser mejores y de enmendar sus errores.  

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Julio Mora