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Sueño con vagina

Los nombres y lugares fueron cambiados porque esta fue una de esas entrevistas donde es la historia lo que importa.

María José sueña con orinar sentada

La alarma de tu reloj te despierta a las 4:20 p.m. Te levantás y tu pene está erecto.

Suspirás viendo al cielorraso, mientras la decepción de lo incambiable te invade de nuevo y te preguntás si llegará el día en que vos podás ser completamente vos.

Pero ese viernes no pasará y por tanto te vas al baño a orinar, de pie, mientras Laura, desde la cocina te grita que si querés café.

-No quiero café, quiero una vagina- pensás, un poco bajoneada y te subís con pereza el short con que dormís.

Tu sueño desde niña siempre ha sido poder orinar sentada. Una vez, a los 6, tu maestra del kinder te escuchó contárselo a tu amiguita e hizo un escándalo que provocó que tus papás tuvieran que ir corriendo a aquel centro educativo del Pavas, allá a mediados de los 70.

A tu papá casi le dio algo. Habló hasta por los codos todo el camino —que se te hizo eterno— desde Rincón Grande hasta la pequeña casa familiar en Sabana Sur.

Pero tu mamá no dijo ni pío. Ella iba en el asiento del copiloto con la cabeza gacha y de vez en cuando te volvía a ver por el retrovisor y sonreía nerviosamente. Era algo pequeño, pero te daba mucho apoyo moral.

Ella entendía que vos, como ahora, no sabías cómo explicar ni a tu papá ni al mundo que no eras ni sos José Mario Fonseca; porque no sos José Mario, sino María José.

Eso el Estado tampoco lo entiende. Para ellos y para la oficina del Registro Civil del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), seguís siendo José Mario, aunque aplaudís como un logro de uñas y dientes, que en tu foto de la cédula ya exista María José y un “conocido como”.

"Eso ya es mucho", pensás. La lucha que hubo que dar para lograrlo fue demasiado grande y recordás que mientras la hacías —a la par de tus hermanas— todos los funcionarios de ese tribunal te veían horrible. Desde el guarda de las oficinas centrales hasta los más altos funcionarios, todos te comieron con los ojos mientras gritabas por tu derecho junto a tus hermanas de Transvida, una de las pocas organizaciones en este país que hacen algo por vos y por tus hermanas y hermanos.

Te enferma realmente recordar esa mirada en sus rostros porque sabés muy bien que si estuvieras hincada frente a ellos mamándoles la ingle por 10 o 15 rojos, sería otra la cara. Pero en público hay que aparentar y por eso ahí no sos ni una “rica” ni una “mami”, sino un “¿cómo está señor…ita? ¿En qué puedo servirle?”

Sabés que en 1982 la Sección de Inscripciones del Registro Civil resolvió favorablemente un cambio de identidad de un hombre adulto que solicitó se le reconociera como mujer y se rectificara el asiento donde constaba su nacimiento como hombre, pero sabés que este sería el único caso hasta el 2012 cuando Transvida, según comentará luego la líder del movimiento, Dayana Henández, logró algo así.

Dos casos en 20 años no te daban fe ni siquiera para pedir el papeleo. La última vez que fuiste a sacar tu cédula fuiste vestida de chica y a MaríaJo no le pediste más que el “conocido como”. Te dio pereza insistir más. En este país ya decidir quién sos es un derecho que no es para la gente... como vos.

-Gente como yo- pensás, mientras entrás al baño a darle una ducha a ese cuerpo tuyo que mezcla una copa 38C con un pene, pero que es, en cada célula, un cuerpo que pertenece a una chica.

Cielo e infierno: Laura y Madrid

Aunque eso tampoco se lo hayás podido terminar de explicar a Laura.

Ella te lo ha dicho: ella no puede vivir sin un pene. Laura no es lesbiana, es heterosexual y no puede alcanzar orgasmos si no la penetran. Pero vos no podés penetrarla en paz porque no te gusta penetrar, lo que te gusta es que te penetren.

Y eso es una mierda para la relación.

Por eso desde el inicio sabías que esto no iba a durar mucho, a pesar de que ella te hace feliz, no se avergüenza de vos ni de que seás prostituta y hasta te hace café cuando sabe que te vas a ir pronto para conseguir la plata con la que traerás la comida de la mañana siguiente.

Además, a tu pene le gusta su compañía, aunque a vos no te guste tu pene.

-Pene, pene, pene; de nuevo todo vuelve al pene- pensás mientras te sentás en una de las sillitas de la mesa del comedor y le das sorbitos al café.

Las más de 4 décadas de tu vida has soñado con quitarte ese pene, pero no podés. La operación es demasiado cara.

Estás tratándolo desde el 94, cuando cumpliste los 18, pero para hacerlo tenés que salir del país y no hay plata para eso.

En América Latina, Cuba ya hace ese tipo de procedimientos y ¡hasta gratuitos! y en Brasil y Uruguay también son permitidos. La otra opción es España o Tailandia, donde casi no hay riesgo y mejor lo hacen, según el Centro de Investigación en Derechos Humanos para América Latina (CIPAC). Pero, a ver ¿quién va a pagar los 37 mil billetes verdes que eso cuesta, ah? Y los pasajes de avión y los gastos del tiempo que durés allá haciéndole entender a tu cuerpo que sos una chica y no un chico ¿Quién va a costear eso?

Hace más de tres años, un gringo viejo y solterón te dijo que él te llevaba a Europa para que hicieras toda esa vuelta y aunque al principio no creías que fuera posible, lo hizo.

Te trató como una reina, te subió al avión de Iberia, te sirvió el vino, te llevó a Madrid y te enseñó los lugares más bellos que hayás visto en tu vida.

Te pago el implante de senos y la operación de rostro y cuando empezaste a tener fe en que tu sueño por fin se haría realidad, te vendió a cinco de sus amigos que te violaron en todas las posiciones que se les ocurrieron y en maneras tan horribles que era básicamente imposible imaginar que algo así le pudiera pasar a alguien.

Te ultrajaron en el baño de un hotel en La Gran Vía, en una esquina escondida de la estación del metro, atrás de Atocha…. En fin, en todos los lugares a donde se les dio la gana.

Ahí te diste cuenta de que venden consoladores de metal.

Recordás que al principio de cada violación gritabas y pedías ayuda, pero eran tipos con saco, corbata y maletines forrados en euros y dólares y vos una mae con barbilla cuadrada y manzana de adán, así que los pocos que pasaban cerca tuyo, incluidos dos policías, te ignoraron y nadie hizo nada por vos.

Tus verdugos luego te dejaron tirada y despedazada tanto en cuerpo como en alma y se fueron dejándote solo con un sobre con tu pasaporte y el dinero suficiente para subir tus pedazos al avión de Iberia y traerlos de vuelta a San José.

Si no hubiera sido por Isabel y Mariana, las prostitutas españolas que te encontraron esa noche, te habrías muerto ahí mismo; pero ellas, como ángeles del cielo enviadas por el Dios al que le tanta fe le profesás, te salvaron de esa calle y te dieron comida y techo las siguientes tres semanas, hasta que las cicatrices de la operación y del ultraje, se sanaron lo suficiente para volver.

Y así dejaste el corazón en Madrid, nada más que no como dice Sabina que lo hizo Chavela.

A la gente todavía se le para el pelo cuando contás esa experiencia, la peor de tu vida aunque no la única. Han habido puñaladas, encañonamientos, “pichaceadas” y demás; pero eso es normal —te decís a vos misma— en un país donde molestar a la población trans es de los primeros chistes que disfrutan los adolescentes cuando empiezan a salir de noche con algún tío o primo que maneje. Es difícil esperar algo mejor...

Pero Madrid no tiene comparación y esa noche lo reafirmarás cuando una pelirroja despeinada y vestida con jeans, jacket de cuero y Hi-TEC y que parquea muy mal en paralelo, te recoja a eso de las 9:30 en la esquina del INVU, según acordaron el jueves anterior.

Te invitará a una birra en Castilla, ahí en Barrio Amón, y tendrás que darle un par de minutos para que se reponga del impacto cuando hablés del consolador de metal.

Vos sonreirás y le tocarás el brazo prometiéndole, como te prometés aún a vos misma, que a pesar de una experiencia tan horrorosa todo va a estar bien, aunque en el fondo no te lo creás del todo.

Con Laura te pasa igual.

Como una hormiguita

Laura tiene sólo 26 y su familia la echó de la casa a los 17 porque salió embarazada de un taxista que la enamoró. Tuvo que vivir en la calle un tiempo y, en esa calle, a los 5 meses de gestación, perdió al niño.

Luego para subsistir hizo “lo que hacen todas” y empezó a prostituirse recién cumplidos los 18. Vos la conociste hace un año y te pareció la mujer más hermosa e inocente que hubieras visto alguna vez.

Siempre le admirarás que aunque la vida fue bien perra con ella, no se maleó sino que sigue siendo buena y linda, como una niña. Por eso hacés todo lo que esté en tus manos para que no vuelva a ese mundo y se pudra por dentro.

Pensás en eso mientras la observás correr de aquí para allá como una hormiguita haciéndote huevos, friéndote queso y calentando el gallo pinto que te desayunarás casi a las 5:00 p.m.

Laurita ahora está sacando el bachillerato por madurez gracias a la plata que vos traés luego de “ponerlo a trabajar” y por eso te ama tanto, según te dice cuando te besa en la puerta de la pequeña casita donde viven juntas y la abrazás con muchísima fuerza antes de irte, de nuevo, a “ponerlo a trabajar”.

Su relación es muy, muy rara y las dos están conscientes de ello.

Ella es heterosexual y vos sos una chica heterosexual, es decir, a las dos les gustan los penes ajenos.

Pero se aman.

Ella te apoya en tu pequeño infierno personal y te ayuda todos los días dándote paz y chineándote y por eso sabés que sin ella jamás habrías podido superar a España… o por lo menos dejar de gritarlo en sueños.

Y vos a ella la sacaste de la calle y la ayudás a superarse. Por eso sabés que podrían ser buenas amigas algún día y así lo esperás, si es que algún día, por fin, podés quitarte el pene que tanto te estorba y ser completamente vos. Pero bueno, pensarás en eso cuando pase.

Arma

Ahora le das un piquito y salís de tu casa casi a las 8 de la noche, maquillada y con el pelo perfectamente aplanchado, haciendo que toda la calle escuche los tacones rosados de aguja que tanto te gustan.

No solés salir tan temprano, pero la pelirroja te quiere entrevistar y siempre te ha gustado ayudar. Hay unas locas ahí que cobran hasta 20 mil pesos por dar una entrevista, pero a vos te basta con solo que te inviten a la cena y a una birrita.

Esa noche pedirás un chifrijo y dos Rock Ice Limón.

-¡Rica, mami! Que me le vaya bien hoy ¿oyó? ¡Se me cuida de esos putos!- te grita don Luisito, el dueño de la pulpería de la esquina desde fuera de su local donde se está echando un blanco.

Vos le tirás un beso con una mano a la que le resaltan cinco largas uñas pintadas de colores y con la otra señalás tu bolsito de mano y luego le enseñás el pulgar.

Él entiende. Sabe que ahí llevás tu arma y sus municiones.

Tu pistola fue un pequeño regalo personal que te hiciste hace unos meses y que salió realmente caro, pero sabés que más caro habría salido no comprarla. Si en Costa Rica burlarse de los población trans es un chiste para muchos, matarlos es un premio a la virilidad para algunos.

Además, la gente del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) que ha ido a las capacitaciones de Transvida les ha advertido que hay bandas que lo que hacen es “estrenar” a los nuevos poniéndolos a matar a una trans y vos no vas a arriesgarte a servir de ejemplo.

En tu barrio te aceptan bastante bien, pensás mientras caminás saludando a los borrachillos y hasta a la señora molesta de la casa amarilla que, aunque no te baje mucho y te mire con reproche, ya te aceptó como una parte más del entorno.

Por lo menos te va mejor que antes, eso sí; en los otros barrios todo era una mierda. De Desampa tuviste que salir huyendo y, cuando viviste en Alajuela, fuiste vos una de las que trabajaban cerca del Mercado Central, sí, cuando los vecinos hicieron un desmadre increíble en la prensa durante el 2009.

"Majo" de cumpleaños

-¡Cómo si a mí me gustara putiar!- exclamás para tus adentros mientras pasás a un Mega Súper a recargarle tres rojos a tu Movistar y a comprar blancos.

Empezaste a los 15, no hubo más que hacer. Tu papá te echó de la casa cuando finalmente decidiste salirte del clóset, aunque tu mamá ya lo sabía desde que, a los 13, te dijo una tarde de diciembre: “Mi amor, de cumpleaños le quiero regalar lo que usted más quiera en el mundo ¿qué quiere?” Ella sabía qué querías y vos sabías por dónde iba.

Desde ese día te llamó “Majo” a escondidas. El reconocimiento de tu identidad fue el mayor regalo que te han dado en la vida.

Pero tu papá no lo vio así y te fajió semanas y semanas seguidas hasta que decidiste no aguantar más y te robaste el tele de tu cuarto para venderlo en la primera compra y venta que encontraste y con eso alquilar un cuartucho en la zona más fea de San José.

Pero como lo del tele no te alcanzó para comer, una semana después te paraste en la esquina de tu viejo barrio y vestido como chico, empezaste a poner a José Mario a prostituirse.

Y te fue bien. Por lo menos lo suficientemente bien para no morirte de hambre.

Poquito antes de cumplir 17 decidiste empezar a venderte como chica porque todos te decían que así te iría mejor y, efectivamente, así fue.

Y es así como a los 18 empezaste tu “oscuro camino hacia el cambio de sexo”, según vos misma lo llamás cuando recordás que tuviste que hacer “blowjobs” mensuales a tu genetista por las inyecciones de hormonas, ya que no tenías los 40 mil colones que costaban en el 2000. Él, que terminó por llevarte a la otra España, a la que no huele a caña ni a marinero.

No, nunca te ha gustado putiar y sos enfática en ello. Es demasiado peligroso.

Vos no existís para el sistema

Pensando en eso, vez al chofer del bus rojo hacerte cambio de luces y, resignada, le hacés señas para que te pare. Sos tan “colorida” que hasta los choferes te conocen y este no te cobra.

Te subís y te sentás en el primer asiento, detrás del chofer. La tipa que va detrás tuyo toma rápidamente a su niño pequeño y se cambia de asiento. Estás tan acostumbrada a eso como a tener que andar “con pies de plomo” cuando tratás de buscar comida.

¡Y claro que trataste de hacer otra cosa! Buscaste trabajo hasta en un Taco Bell, incluso limpiando colegios nocturnos. Pero cada vez que sacabas la cédula la gente solo veía el nombre y no el “conocido como”. El espanto de no entenderte los hacía —mal disimuladamente— sacarte a patadas como si estuviera enferma de ébola.

Casi no hay datos sobre tu situación, pero Transvida cree que hay aproximadamente 600 personas trans en todo el país, aunque aseguran que a las chicas les va peor que a los chicos.

“Nosotras, las mujeres trans, estamos viviendo lo mismo y hasta el doble que las biomujeres solo por renunciar a ese sexo ‘fuerte’ y pasar a ser el ‘débil’, mientras que ellos ganan una posición por ser hombres”, dirá Dayana en una entrevista posterior y con ello explica que muchos chicos trans sí consiguen trabajo, mientras que a vos te toca pudrirte en la calle vendiéndote porque no hay de otra.

Se calcula que hay 200 transprostitutas más o menos y muy pocas que tienen un trabajo estable. Hasta el momento, el Ministerio de Trabajo ni siquiera sabe nada al respecto. Vos no existís para el sistema.

Sabés que hay unas que, como decís vos misma, “juegan de estrellas en la TV”; que Dayana Hernández, la de Transvida, trabaja en un call center en el Oulet Mall y sabés que hay una chica que es dependiente de EPA en Curridabat y que hay otra, Aphril Agüero, que sacó el quinto año en el CTP de Pavas y te encanta que tu comunidad alcance esos logros.

Pero vos no tenés esa suerte y por eso te tenés que vender como lo hacés, sobreviviendo solo a base del amor de Laurita y de marihuana de vez en cuando para calmar, por lo menos un poco, el ansia y la desesperación.

Decís que tu vida es una mierda y con esa idea fija es que pedís tabasco para el chifrijo y un vaso michelado para la birra.

La pelirroja que te vino a entrevistar apunta y apunta y vos pensás que no sabés cómo alguien es capaz de meterse en estos temas.

-Alguien tiene que hacerlo- te dice ella, con el lapicero en la boca, mientras detiene la grabadora. Agradecés que así sea, pero aun así creés que está loca.

Salen de Castilla y la chica te va a dejar a tu esquina en el INVU a la par del rótulo del TEC.

-Ya Aprhil lo está logrando, ya el sistema educativo del MEP la ve como Aphril ¿vos no soñás con eso?- te pregunta la disque periodista esta.

Vos sonreís y la mirás como si fuera ingenua.

-Amiga- respondés- mi único sueño siempre ha sido tener vagina.

Sonreís y le acariciás de nuevo el brazo. Tomás tu bolso con tu arma cargada y te bajás a esperar a ver si hoy es el día de tu suerte y encontrás al ricachón bueno que ahora sí te lleve a Tailandia y te permita ser María José de una buena vez por todas.

Nunca has perdido la fe y es esa fe la que te mantiene viva.

La pelirroja arranca su carro y antes de que llegue a la esquina, ya te paró una toyotona negra placa 7 que, quien sabe, tal vez traiga al tipo bueno que te cumpla el sueño.

Andrea Mora Zamora