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Medio siglo de apatridia

Una patrulla militar ingresó a una escuela, los militares llamaron por nombre a 100 de los 315 estudiantes presentes y los asesinaron.

Todos los estudiantes eran de la tribu Hutu, en Burundi, 1972.

Al mismo tiempo, en el ejército los soldados Hutu eran convocados por sus superiores, que pertenecían a la tribu Tutsi, para también ser exterminados. La masacre continuó de manera sistemática en todas las universidades, iglesias, escuelas, institutos y campos agrícolas de todo el país.

Pascal tenía cuatro años de edad, su padre era Hutu y su madre Tutsi. Sin tiempo para huir, su padre fue asesinado y su madre le salvó la vida arrojándolo con fuerza a la apatridia, para siempre.

Como él, 10 millones de personas en todo el mundo no pertenecen a ningún país, no tienen documentos de origen de ninguna parte; es decir no existen legalmente.

Llegó a Costa Rica un 4 de julio, casi cinco décadas después, con el polvo del camino encima, rasguñado por la muerte en guerras, genocidios y escapes. Llegó cansado, herido y solo.

img_9760Huir

A los cuatro años de edad llegó a Zaire (hoy República Democrática del Congo) hasta que cumplió los 18 años y se fue a Ruanda a estudiar pedagogía. Ahí conoció a su esposa, también de origen burundés pero nacida en el exilio, y tuvieron a su primera hija.

En 1994, Ruanda fue protagonista y víctima de uno de los episodios más crueles del siglo XX, conocido oficialmente como el Genocidio de Ruanda, una fatal persecución contra las personas de la etnia Tutsi que terminó con la vida de al menos 800.000 personas. Pascal, su esposa y su bebé lograron sobrevivir, cuando escaparon hacia Zaire, junto a otras dos millones de personas.

Ahí, en su tercer campamento para refugiados tuvo a su segundo hijo. Y pronto, el terror los alcanzó. Una ofensiva militar internacional liderada por los gobiernos de Burundi, Ruanda y Uganda invadió Zaire, desatando la Primera Guerra de Congo. En 1997 los invasores alcanzaron la capital del país y sustituyeron al gobierno.

La familia huyó, como lo había hecho antes, pero en esta ocasión la huida se extendió por un año completo, a pie.

Eventualmente cruzaron el lago Tanganika y llegaron a Zambia. Pero, temerosos, prefirieron seguir avanzando y llegar lo más lejos posible. De esta forma en 1998 llegaron a Namibia, en donde vivieron por los siguientes 17 años, en otro campamento, siempre como refugiados.

En 2015, ante la iniciativa del nuevo gobierno de Burundi de recuperar a los burundeses esparcidos por todo el continente, los campamentos de refugiados se fueron clausurando y la familia no tuvo más opción que “regresar” a una tierra desconocida que no consideraba suya.

Completamente ajenos al Burundi de ayer y de hoy, decidieron huir de manera definitiva de la incertidumbre del centro y sur de África y volaron a Brasil, con la intención de avanzar hacia el norte.

Inicialmente la familia obtuvo un permiso temporal de tres meses, pero un año después la suerte aún no les sonreía. Fue entonces cuando Pascal decidió avanzar solo hasta Costa Rica. A veces en bus, a veces caminando.

Primero avanzó hacia la frontera con Colombia y la cruzó, aventurándose hasta entrar a las montañas de Darién, en donde se unió a un grupo de personas que planeaban cruzarlas para entrar a Panamá.

El grupo partió guiado por una serie de coyotes que les cobraron entre 20 y 30 dólares americanos por día, a cada uno, para guiarlos por la montaña. Además, como parte de las reglas del grupo, todos debían ceder sus pasaportes para ser destruidos.

Mientras pasaban los días y la montaña era más cruel, los migrantes fueron abandonando sus pertenencias, cada gramo de peso dolía. Luego empezó a llover, el suelo se convirtió en fango y los ríos en asesinos.

Los árboles y arbustos se unieron a la crueldad y pronto eran más los heridos que los sanos. A Panamá llegó el grupo desmembrado: nueve compañeros perecieron en el camino. Pascal sobrevivió una prueba más.

En Costa Rica

Su llegada a Costa Rica coincidió con la de miles de migrantes africanos y caribeños que buscan alcanzar la frontera con los Estados Unidos y solicitar asilo en ese país.

Durante las primeras semanas de Pascal en Costa Rica, sin entender el idioma o cómo iniciar su proceso de integración al país, el grupo de migrantes fue creciendo rápidamente.

El hambre, la sed, el sol, la lluvia, la incomprensión, las necesidades médicas y la frustración de miles empezaron a generar un ambiente denso que se mezclaba con el calor de la Zona Sur costarricense y luego del cantón de La Cruz en el norte.

Como respuesta al caos, el Ministerio de Gobernación y Policía movilizó a un equipo de intérpretes voluntarios para mantener un canal de comunicación abierta con los extranjeros.

Por su parte, los migrantes se organizaron como un solo grupo y eligieron a una junta de representantes que dirigiera la voz de la comunidad con mayor fuerza.

Pascal Hakizimana fue designado como el contacto con el gobierno costarricense. Inicialmente se encargó de explicar las necesidades básicas del grupo de migrantes a funcionarios de la Dirección General de Migración y Extranjería (DGME, Migración), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la Cruz Roja y todos con quienes tuviera que conversar como representante.

Una vez aseguradas pequeñas victorias para sus representados, Pascal decidió comunicar a las autoridades costarricenses su deseo de quedarse en el país y se declaró solicitante de asilo.

Su solicitud fue oficialmente aceptada por el Gobierno de Costa Rica el 8 de agosto, cuatro semanas después de su ingreso.

El proceso entonces cambió. Ya no hablaba por todos, hablaba por él.

Diferencias de estatus migratorio

Su solicitud hizo eco en las oficinas de la ACNUR en San José, de donde también lo convocaron para documentar su caso; y Migración lo refirió a la Asociación de Consultores y Asesores Internacionales (ACAI) para que dirigieran su representación legal.

Al asumir este proceso, Pascal ahora debe enfrentarse a un nuevo sistema burocrático que le pide esperar, todos los días.

Una vez establecido en San José, Pascal inició con el lento proceso de integración. Como primera tarea, se dispuso a encontrar una congregación pentecostal, línea cristiana a la que pertenece desde su infancia. Encontró una en la zona este de San José y actualmente acude fielmente a cada encuentro dominical aunque casi ningún miembro habla inglés, francés o portugués y tampoco kirundi; además, Pascal apenas empieza a conocer el español.

Aún así, una familia que asiste a esta congregación le ofreció un espacio en su casa para que espere la respuesta del gobierno en compañía.

Las autoridades le emitieron un permiso laboral temporal, pero después de dos meses de búsqueda y a pesar de su experiencia como profesor y administrador educativo, Pascal aún no encuentra trabajo.

Por el momento, debe esperar hasta 10 meses más para obtener la resolución final de su solicitud.

De ser aprobada, Pascal y su familia se unirán a aproximadamente 4000 personas que ya viven en Costa Rica en condición de refugiados, según cálculos de ACNUR.

Junto a Pascal, entre enero y agosto de 2016 otras 2673 personas solicitaron refugio en Costa Rica. ACNUR estima que en este momento la población de personas en condición de solicitante y personas con estatus de refugiados suman entre 6000 y 7000.

Estas cifras las facilitó Ana Laura Méndez, asociadas de soluciones duraderas de la ACNUR en Costa Rica, en una visita a Contexto.

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En Costa Rica, la política de aceptación de migrantes bajo el esquema de refugiado se ampara en la Ley General de Migración y Extranjería (Nº 8764 de 2009) y el Reglamento de Personas Refugiadas (Decreto Nº 36831-G, 2011).

Hasta el 2016 Costa Rica no contaba con un procedimiento oficial para declarar a personas como apátridas. Hasta este año, el Ministerio de Relaciones Exteriores se encargaba de declarar a las personas como refugiadas, únicamente.

Con el Decreto Nº 39620, emitido el 7 de abril del 2016, se formaliza el “Reglamento para la declaratoria de la condición de persona apátrida”, que hace responsable al mismo ministerio.

Cómo se declara a una persona como apátrida

¿Y ahora?

Aunque este grupo de migrantes africanos y caribeños no busca establecerse en Costa Rica, las circunstancias los ha hecho quedarse más de lo planeado, algunos hasta empiezan a plantearse adoptar este país como su hogar por el resto de sus vidas.

Después de ser refugiado o solicitante en Zaire (hoy la República Democrática del Congo), Ruanda, Namibia y Brasil, sin haber sido aceptado completamente como ciudadano, Pascal desea que Costa Rica le deje tomar asiento y respirar tranquilo.

Si llega a obtener un carné de identidad como costarricense naturalizado, sería la primera nacionalidad que se asigna en toda su vida. Con casi 50 años, Pascal aún no ha sido de ninguna parte.

En ninguno de esos lugares nos permitían convertirnos en ciudadanos; nos recibían como refugiados, nada más, sin estatus. Y cuando veo a mis hijos crecer sin patria, como yo, me duele. Si seguimos así, más adelante también tendré nietos... y también serán como yo.

Su familia espera en Brasil, evitan emprender el peligroso trayecto por el que su padre y esposo vio morir a nueve migrantes como ellos.

Hoy, Pascal espera y añora a su familia; y su familia, mientras tanto, sobrevive. De vez en cuando sus hijos le envían una canción por WhatsApp desde Brasil, lo extrañan pero entienden la separación.

Debo pelear para obtener un lugar en donde convertirme en ciudadano para poder cambiar la situación de mi familia, para que pertenezcamos a alguna parte. Pronto cumplo 50 años, ¡50 años!, y nunca he sido considerado un ciudadano.

Los cuatro esperan con la paciencia que han cultivado durante todas sus vidas. Saben que en algún momento dentro del algún tiempo, la decisión de algún funcionario desde alguna oficina en Costa Rica determinará sus futuros.

Ilustración: Diego Fournier. Fotografías: Ivannia Alvarado