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Cómo una familia de refugiados me abrió las puertas de su hogar

El arduo viaje de la familia Al-Aid.

Cuando inicié mi intercambio en Bélgica, me llamó la atención un campo de refugiados muy cerca del colegio en donde estudiaba. Por alguna razón que no comprendí en ese momento, fuimos a visitar esa casa de ayuda social. Ahí conocí a la familia Al-Aid. La primera persona que vi fue Kiffah, la madre, de 34 años, quien estaba en una silla de ruedas, y solo hablaba árabe y un escaso inglés. Mis otras dos compañeras solo hablaban francés, y yo, para ese entonces, no tenía un buen nivel de este idioma. Kiffah me miró con una alegría casi familiar, pues pensó, por mi complexión morena y facciones latinas, que yo era de Paquistán, árabe, para esa gracia. Intentó comunicarse conmigo inmediatamente. Al explicarle (en inglés básico) que yo era latina, entendió que ambas éramos extranjeras, por lo tanto, con ayuda del traductor de Google, empezamos a charlar.

La primera persona que vi fue Kiffah, la madre, de 34 años, quien estaba en una silla de ruedas, y solo hablaba árabe y un escaso inglés

Me explicó acerca de su huida de Iraq, e incluso me enseñó una foto de su vieja vivienda destrozada por una bomba, pero no pude entender mucho más. Por suerte, sus hijos estaban ahí. Empecé a visitarlos con frecuencia, mientras mi francés mejoraba, también el de ellos lo hacía (con mucha más fluidez, por cierto). Los niños, Azra, Mariam y Ali, de cinco, siete y nueve años, me ayudaban a mí y a su madre a comunicarnos: yo hablaba en francés y ellos traducían a árabe. De esta forma, nos comunicamos por todo mi año de intercambio.

Azra es una niña hablantina, cariñosa. Ali, el del medio, era con quien fue más difícil la comunicación, ya que era bastante tímido y dulce. Mariam, cumpliendo el rol de la mayor, controlaba a su dos hermanitos, con una madurez impresionante.

“Los niños, Azra, Mariam y Ali, de cinco, siete y nueve años, me ayudaban a mí y a su madre a comunicarnos: yo hablaba en francés y ellos traducían a árabe. De esta forma, nos comunicamos por todo mi año de intercambio”.

Los tres niños y yo llegamos a una relación de niñera por encargo, ya que no tenían ni la menor idea de quien era yo, salvo que de vez en cuando llegaba a saludarlos, traerles golosinas, electrodomésticos y zapatos. Una vez, mi tutor y yo debíamos hacer las compras del hogar y, a petición de ellos y con permiso de sus padres, los llevamos con nosotros. Nunca había visto un grupo de niños tan felices en un supermercado, jugando entre la mercancía, deslizándose en los pisos encerados, como si estuviesen en un parque de diversiones. Ese día, Mariam, la mayor, me dijo algo que recordaré por siempre. Se me quedó mirando fijamente y, con una sonrisa, señaló: “Tenemos los mismos ojos”.

De esta forma, entre niños que exageraban las frases, se distraían a cada rato, y un celular con traductor de google, me comuniqué con esta familia. Fue a la mitad de mi intercambio que llegué a conocer al esposo, Mohammed, ya que pasaba mucho tiempo fuera de casa. Con él no pude hablar mucho, pero me recibía en su casa con hospitalidad cada vez que me veía.

Con Kiffah desarrollé un vínculo impresionante, pues a pesar de no poder comunicarnos nunca directamente, una vez tomó su celular, le habló en árabe, y me enseñó la pantalla. Quise llorar al ver las palabras “You are my best friend” (“Eres mi mejor amiga”).

“Nunca había visto un grupo de niños tan felices en un supermercado”.

Nunca, mientras estuve en Bélgica, descubrí la razón por la cual Kiffah estaba en silla de ruedas. Quise comunicarme con ella así que hallé un traductor árabe, quien era el profesor de religión de los niños en la escuela. Fue él quien me dijo que los niños también estaban viendo regularmente a un psicólogo ya que sufrían de terrores nocturnos y síndrome post traumático. Él, con toda amabilidad, aceptó traducir mi entrevista del francés al árabe, junto con sus respuestas, y entregármela de vuelta.

Dos días antes de mi retorno a Costa Rica, quise ir a visitarla, pero no la hallé en casa. Su esposo, a señas, me dijo que la habían llevado al hospital Saint-Luc, de Bruselas, por una operación. Me dijo también que tendría que pasar un mes allá, en recuperación. La posibilidad de no poder despedirme de ella antes de partir me hizo llorar en cuanto recibí la noticia. Fue entonces cuando mi tutor belga, quien también se había apegado emocionalmente a la familia, decidió conducirme hasta Bruselas, un día antes de mi partida. Inmediatamente, la llamé por videollamada, y le dije que me mostrara la puerta del hospital. De esa forma, anoté el número de habitación, ya que el hospital es enorme y sin aquella referencia, nunca la habría encontrado. Ella no esperaba mi llegada, así que cuando me vio, gritó de la emoción.

“Los niños también estaban viendo regularmente a un psicólogo, ya que sufrían de terrores nocturnos y síndrome post traumático”.

Luego, me explicó que su operación había sido todo un éxito y, orgullosamente, se puso de pie, ahí, junto a la camilla del hospital. Tomó un bastón y me mostró cómo le habían devuelto la facultad para caminar. Aún faltaba otra operación, pero ella no cabía en felicidad.

Nuestra alegría no duró mucho tiempo, pues debí informarle que yo debía volver a mi país al día siguiente. Ella no quiso aceptarlo, se puso a llorar y me dijo que ya no podría estar contenta. Yo intenté comunicarle que debía volver a mi país, a encontrarme con mi mamá, para volver a sentirme protegida, y que ella debía seguir fuerte por sus hijos, para que ellos también se sintiesen protegidos. Ella lloró y le habló a su celular.

Me mostró un mensaje por el traductor, decía: You are my sister. I love you. (Tu eres mi hermana. Te amo).

Ambas lloramos juntas, ella me obsequió un brazalete y un hijab, como recuerdo. Pregunté por la entrevista, y hasta ese entonces ella se dio cuenta de que era yo quien la había hecho. Me preguntó si podía ayudarla con su residencia en Bélgica, yo le expliqué que era solamente una estudiante de intercambio, que no tenía poder de nada. Pero al menos algo podía hacer, podía tomar su voz, su grito de ayuda árabe, y traducirlo para que todos lo escucháramos. Porque no hace falta hablar la misma lengua para entender la risa y el dolor.

Cuando se tiene el privilegio de conocer a una familia como ésta de cerca, llena de amor y compasión, se me hace imposible entender cómo alguien les cerraría las puertas de su nación. Hasta hace poco recibí de vuelta la entrevista, estando ya en Costa Rica, con las respuestas de mi amiga. Tuve que traducirlas del francés al inglés y al español y se me quebró el corazón al leer las mismas palabras en diferentes idiomas: “huí porque temía por mi vida y la de mi familia”, “no mostraron nada de compasión”, “nos golpearon voluntariamente”, “mi hija menor estaba en un estado deplorable”...

Ciertamente yo, en lo particular, no puedo hacer nada más que amarlos de lejos, pero el grito multilingüe queda para que todos atendamos a él. Después de todo, todos tenemos los mismos ojos. Otros más privilegiados, otros más claros, otros más gastados. Pero a final de cuentas, los mismos.

“Cuando se tiene el privilegio de conocer a una familia como ésta, de cerca, llena de amor y compasión, se me hace imposible entender cómo alguien les cerraría las puertas de su nación”.

Lari Quesada