Imagen por Daniela Calderón, Contexto.cr

En el Evangelio según Juan, se cuenta cómo – tras presenciar el milagro de los panes y los peces – pasó por la mente de la multitud hacer a Jesús rey. Esto no era para menos, ya que según narra el texto bíblico, Jesús era conocido por su liderazgo y carisma. El milagro de la multiplicación del alimento incrementó la confianza que el pueblo oprimido tenía en el Mesías. Sin embargo, a la altura del versículo quince (Juan 6:15) se dice: “Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo”.

¿Por qué no aceptó Jesús que la multitud lo elevara a la cima del poder político? No es mi intención especular razones. No obstante, resulta evidente que la implantación del Reino de los Cielos en la tierra nunca supuso para Jesús incursionar en la vida política de su nación. Jesús, aquel a quien el apóstol Pablo llama a imitar (1 Corintios 11:1), no vio en la política un medio para llevar a cabo su ministerio.

De ahí que no entienda por qué armonizar los llamados a votar contra el matrimonio igualitario y la “ideología de género” con el mensaje de Cristo. Piensen por un momento que en la Judea de los evangelios, la prostitución era legal. Sin embargo, no recuerdo haber leído que Jesús promoviera la prohibición de dicha práctica, a pesar de identificar dicha profesión con una sexualidad pecaminosa. El mensaje de Jesús fue uno de amor y ejemplo (Lucas 7:36-50), no de imposición política.

Algunos preguntarán: ¿qué hay de David, Salomón y todos los reyes de las tribus de Israel? Aquellos que tengan un buen conocimiento de los libros históricos de la Biblia recordarán cómo Jehová nunca estuvo de acuerdo con la petición del pueblo de Israel en darles un rey (1 Samuel 8:7). De acuerdo con el Antiguo Testamento, Dios dijo a Samuel que su pueblo lo negaba, dado que pedían un rey – un líder político – en vez de dejarse gobernar por Dios.

Pero volvamos a Jesús. Deseo insistir en cómo este personaje histórico, a quien la tradición cristiana le atribuye ser Dios en la tierra, huyó de la multitud que lo trató de coronar rey. Esto no por falta de autoridad moral, por falta de capacidad o por falta de poder: Jesús se negó a ser un líder político porque esa no es la forma en que debe avanzar la buena nueva cristiana (al menos, de acuerdo con Cristo).

Al contrario, el avance del mensaje cristiano siempre fue de la mano con el respeto a las autoridades políticas. Basta recordar la escena de la captura de Jesús: cuando los soldados romanos capturaron al Mesías, Pedro sacó una espada y cortó la oreja de uno de ellos. A través de este acto, Pedro procuró defender a Jesús de aquello que era una clara injusticia ante sus ojos. Sin embargo, Jesús – recordándole que el hijo de Dios no tiene necesidad de ser defendido – le ordenó que guardara su espada (Juan 18:11). Acto seguido, Jesús se sometió sin reparos a ser juzgado por las autoridades competentes.

Vayamos al relato del joven rico que se encuentra narrado en múltiples evangelios. Cuando el joven le pregunta a Jesús qué debe hacer para tener vida eterna, este le contesta que debe seguir los mandamientos. El joven respondió a esto que ya cumplía con ellos, a lo que Jesús luego respondió: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21). Lejos de decirle al joven rico que usara su dinero para fundar una congregación o financiar una organización política, Jesús lo llamó a seguir sus pasos, los cuales siempre estuvieron lejos (incluso huyeron) de la esfera política.

Todo esto nos permite entender por qué aquellos que llaman a votar por un candidato “escogido por Dios” hacen algo contrario a lo que Jesús enseñó con el ejemplo. Además, este tipo de llamados son un retroceso a una de las mayores reivindicaciones de la reforma protestante – la defensa de que no existe ningún mediador entre Dios y los hombres, sino Jesús (1 Timoteo 2:5) –. Por lo tanto, cualquier figura religiosa o política que afirme que un candidato a la presidencia fue enviado por Dios miente.

Los ciudadanos de fe tienen que optar este 1 de abril por votar con su fe o con su razón. Un ciudadano de fe que valore la democracia costarricense debe votar por aquel candidato que tenga las mejores ideas para gobernar, no por aquel que procurará imponer su visión de mundo sobre el espectro político donde todos convivimos, cristianos y no cristianos. Esto dado que como bien lo señaló en días recientes el Tribunal Supremo de Elecciones, unir motivos religiosos con política es una violación directa del artículo 28 de nuestra Constitución Política. Su meta es asegurar que todos disfrutemos de una democracia en la cual podamos convivir pacíficamente, a pesar de nuestras distintas creencias y de cómo deseemos vivir nuestras vidas (siempre y cuando no violentemos los derechos de otros).

En el contexto de esta campaña, es de gran importancia recordar que el próximo 1 de abril no se vota un referéndum sobre el matrimonio igualitario ni sobre la guías de educación sexual del MEP, ni se elige un líder espiritual para un país. No estamos tampoco ante una batalla espiritual, sino frente a una elección presidencial. En razón de esto, debemos votar sabiendo que el ejercicio de la presidencia requiere de alto conocimiento técnico sobre el funcionamiento del Estado. Sin ese conocimiento no se podrá hacer frente a la crisis de las finanzas públicas o al manejo general de la economía, entre otras labores propias del cargo.  

En esta segunda ronda, yo le daré mi voto a Carlos Alvarado. No porque concuerde con todas sus posturas, sino porque tras estudiar las propuestas y ver los debates, considero que está mejor capacitado para gobernar al país, tanto porque entiende cómo funciona el Estado, así como tiene una idea del marco actual de derechos humanos en que vivimos. Manejar ambos elementos es central para enfrentar los retos que el país enfrentará en los próximos cuatro años, ya que de esto depende evitar la crisis que se posa sobre Costa Rica.

De ahí que termine esta conjetura solicitándole, en calidad de su conciudadano, que si usted piensa votar por Fabricio Alvarado, evalúe si lo hace por las razones correctas. Es decir, deje su fe de lado – porque su fe así se lo demanda – y determine cuál de los dos candidatos es la persona capacitada para ser presidente. Si tras reflexionar, su juicio determinara que su voto debe ser para Fabricio, nadie tendrá razones para reclamarle.

El autor es Licenciado en Filosofía de la Universidad de Costa Rica. En este momento se encuentra realizando estudios de posgrado en los Países Bajos (Universiteit Utrecht) y desde la distancia nos envía un texto de opinión a propósito del proceso electoral.

Mario Cunningham

Filósofo dedicado al estudio de la teoría política (Universidad de Costa Rica & Universiteit Utrecht).

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