Más allá de la tecnología, implica un cambio cultural.

La Gobernanza Digital es un nuevo paradigma que viene a romper con el molde preestablecido de los límites físicos del Estado. Representa un reto a nivel técnico y administrativo, principalmente porque involucra el rediseño de muchas estructuras ancladas en el escritorio y el papel. La implementación tecnológica es solamente una parte pequeña, pues en la mayoría de los casos está resuelta; lo que resulta problemático es la adaptación y resistencia a tal cambio.

Atendiendo lo primero, la parte técnica: Costa Rica ha experimentado un regular avance en los índices internacionales que cuantifican y califican el desempeño de los estados en dicha materia. A esto se le conoció como Gobierno Electrónico o, como se le conoce más ampliamente “e-Gov“. Sin embargo, este concepto ha perdido trascendencia y precisión ante las dinámicas que están interrelacionadas en la digitalización estatal. De ahí el más preciso concepto de Gobierno Digital.

Así, siguiendo las puntuaciones que se le asignan al país en temas como Desarrollo del Gobierno Electrónico (EGDI -según la Organización de las Naciones Unidas), el país ha sido consistente en mantener notas que superan la media (Costa Rica se ubica en un grupo de naciones que poseen puntuaciones de entre 0.50 y 0.75 que, en una escala de 0 – 1, representan países con un EGDI alto). Es decir, los datos muestran al país en el mismo grupo que otros estados como México, Chile, Uruguay y Argentina, referentes latinoamericanos en la materia.

Si bien es cierto el avance que ha tenido el país en los últimos diez años ha sido notable, la realidad es que los matices y dimensiones de dicho índice encierran diferencias que una calificación no demuestra. Por ejemplo, Uruguay y Chile son los dos países con mayor avance en materia de Gobierno Digital en Latinoamérica; cuentan con oficinas dedicadas a la planificación y gestión de la gobernanza digital. En ambos casos se tomó una “decisión país“, poniendo al lado diferencias políticas, para modernizar el Estado. El fruto de esa decisión persiste a más de una década de que se tomara.

Modernización

Es un concepto elusivo, pero en su acepción más difundida, refiere a lo moderno; es decir, aquello que se aleja de lo establecido. Va de la mano con la innovación, otro concepto que ha permeado el interés de muchos gobiernos en la actualidad. Modernizar es, entonces, romper moldes de la mano de lo nuevo. Modernizar el Estado sería desanclarlo de su establishment, de su tosca inercia mediante herramientas novedosas. En este caso, las tecnologías de información y comunicación (TIC) son ese factor novedoso.

Curiosamente, en muchos de los países en que se han adoptado modelos exitosos, e incluso recientes, de gobernanza digital las entidades que llevan la rectoría utilizan en el término (por ejemplo, la Unidad de Modernización de Chile). La conceptualización es clara, los medios diversos, pero el requisito es único e inexorable: un cambio de mentalidad.

Reiterando los ejemplos de Uruguay y Chile, así como muchos otros países, es inescapable la necesidad de un cambio en la forma en que se gestiona el Estado, particularmente desde el Gobierno. Resulta fundamental una toma de conciencia colectiva, fuera de cinismos politiqueros y pretensiones individualistas; el futuro se construye con cada acción que se hace -o deja de hacerse.

En el más extremo, pero también exitoso de los casos, la República de Corea del Sur tomó la decisión en los albores de la segunda mitad del siglo XX de ser una potencia. Se repuso de una guerra y dirigió sus políticas públicas a la consecusión de objetivos de mediano y largo plazo. La innovación condujo dicha transformación, muchos televisores y teléfonos actualmente son evidencia de ello. El impacto trasciende el contexto cotidiano y de producción económica; el Gobierno coreano es el más avanzado en el mundo en temas de gobernanza digital, gestión de la economía creativa y crecimiento integral.

Estos tres últimos conceptos son ejes que el Estado costarricense se ha propuesto como pilares de su visión país en sus distintos instrumentos de planificación política. Por ejemplo, el Plan Nacional de Desarrollo de las Telecomunicaciones (PNDT) 2015-2021 desarrolla estos aspectos de forma intrínseca, al establecer metas en temas de inclusión digital, gobierno electrónico  y la economía digital. En dicho orden, y con la consecución de objetivos específicos, se genera un encademiento progresivo e integrador. Por un lado, se busca disminuir al mínimo la exclusión generada a partir del acceso a infraestructura de telecomunicaciones; luego, generar una oferta coherente y práctica de servicios gubernamentales que aprovechen las plataformas existentes y, finalmente, promover la innovación a partir de las TIC.

De forma indirecta, el Plan Nacional de Desarrollo alude a esto y, consecuentemente, dialoga conceptual y operativamente con el PNDT. El mismo Ministerio de Ciencia, Tecnología y Telecomunicaciones (MICITT), en su Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (PNCTI) 2015-2021, apunta a promover la digitalización de la sociedad, enfatizando la necesidad de un gobierno verdaderamente digital.

Más oferta, mayor demanda

De vuelta al ejemplo coreano (aunque para esto el estadounidense, inglés o chileno bastarían), la decisión de convertirse en una potencia basada en la innovación fue tomada en concordancia de que el pueblo debía estar siempre en la punta de las prioridades. Es decir, la idea de modernizar el Estado debió pasar inexorablemente por la modernización de los servicios ofrecidos a la sociedad. Aquí confluyen las dos caras de la vida en comunidad: lo público y lo privado. De esta forma, lo planteado sería buscar el equilibrio entre la incidencia del gobierno y la libertad de las empresas (el ejemplo coreano resalta por sus características respecto al respeto a los principios democráticos y de Derechos Humanos, por lo que resulta paradigmático).

Dicho de otra forma, ¿qué puede ofrecer el Estado? Y, complementariamente, ¿qué puede ofrecer, o hacer mejor las empresas privadas?

Retomando la idea de la innovación como base de la modernización, lo más importante es incubar, fomentar y propulsar un ambiente amigable con la exploración; un ecosistema que verdaderamente valore y albergue la innovación. Como muestra, el Foro Económico Mundial muestras, en su Global Competitiveness Report, que Costa Rica tiene un pobre ecosistema de innovación, nuevamente, comparado con Corea del Sur. Uno de los principales indicadores que demuestran esta situación es el de número de patentes generadas (pendientes, registradas); por un lado Costa Rica tiene un valor de 1,4 patentes por cada millón de habitantes, mientras que el país asiático presenta alrededor de 220 (por cada millón de habitantes).

La idea que explica, en parte, lo anterior es el impulso sin reservas a la generación de servicios. Ya sea el gobierno, a partir de las instituciones de investigación que conforman su vasto sistema de educación superior, o el sector privado, por medio de las grandes, medianas y pequeñas empresas que dinamizan la economía. Los servicios son variados, tanto como las áreas de interés que cubren. Desde empleo, salud, banca, hasta educación y transporte.

Todo parte desde un punto en común, la interconexión de información. De nuevo, en ambas vías: inteligencia de negocios para el sector privado y política pública basada en evidencia en el sector público. No debe dejar de reiterarse que la sociedad es la principal prioridad, y las decisiones se toman con base en esa idea. Ello Implica un cambio de mentalidad; entre más información esté abierta y disponible, mejores servicios y mayores avances podrán darse. Los coreanos lo hacen ver frustrantemente fácil.

¿El futuro?

No. Es un presente ya de considerable antigüedad. La tecnología digital ha sufrido, desde hace un par de años, una ralentización en su crecimiento (veriginoso en la última década). Y en Costa Rica ya muchas empresas así como instituciones públicas la han desarrollado y adoptado. Las plataformas existen, la capacidad humana está entre las mejor formadas del continente y sin embargo, contamos con uno de los peores portafolios de servicios electrónicos de la región (podría ser peor, claro está).

Por ejemplo, el servicio de firma digital del país, proveído por el Banco Central de Costa Rica, es uno de los más sólidos técnicamente. No sólo de Latinoamérica, sino del mundo. Ahora bien, ¿quién ha utilizado algún servicio con este tipo de registro? Peor aún, ¿quién conoce el servicio o cómo utilizarlo? Las estadísticas demuestran que no muchas personas. Como nota curiosa: el Tribunal Supremo de Elecciones optó por no incluir en las nuevas cédulas de identidad el “chip” que hubiese permitido la utilización de tal documento como una smart card (es decir, con capacidad de portar certificados electrónicos y firmados digitalmente), debido a la subutilización el BCCR reporta de tal servicio. La relación costo-beneficios sería negativa por muchos años, antes de que se pudiera obtener beneficio alguno de tal adición.

El gobierno digital, en función de la sociedad, va más allá de poder registrar un usuario en alguna plataforma estatal; incluso va más allá de poder realizar algunos pagos electrónicos o de forma ubicua (ambos apartados en los que Costa Rica muestra bajo rendimiento), o de saber a qué hora y por dónde exactamente para un autobús. Se trata de generar relaciones cooperativas, simbióticas y complementarias entre los sectores privado y público (además a lo interior de este último). Se trata de hacer algo nuevo, sin miedo a fallar, pues esa es la base de la innovación. Se trata de generar más servicios que aprovechen todas las posibilidades tecnológicas disponibles, de compartir la información y de generar valor a partir de ella.

Costa Rica tiene mucho que aprender en esta materia, pero el camino recorrido permitiría augurar cosas buenas. La sociedad del futuro, la sociedad de la información, está basada en el trabajo colaborativo, innovador y dinámico; hacia ese futuro debe caminarse. El Gobierno (Estado) Digital está basado en ello. Mientras tales condiciones no existan, el futuro seguirá siendo esquivo y lejano, siempre en realidades distintas y a miles de kilómetros de distancia.

Hay que hacer ese futuro el presente de Costa Rica.

Roberto Cruz Romero

Diseñador gráfico hecho politólogo.

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