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Rebeldía olvidada en Siria

Año 2011, una oleada de optimismo y miedo entrelazados cubre a varios de los más prominentes países de Medio Oriente y África del Norte.

¿El detonante? Unas esporádicas y sangrientas manifestaciones el 17 de diciembre del 2010 en Túnez que poco a poco cobran fuerza entre la población. Algunos aseguran que la motivación principal de dichas manifestaciones, las cuales posteriormente darían inicio a la Primavera Árabe, consistía en el deseo de la sociedad civil de experimentar las mismas libertades de las que gozan sus pares en otras latitudes donde predominan los gobiernos de corte secular. Otros en su momento creían que se trataba de otro experimento intervencionista de occidente para promover una versión poco clara de democracia.

Más allá de las razones que motivaron el movimiento los engranajes de una revolución empezaron a girar, acompañados de un vórtice ideológico donde se enfrentaban desde ideales progresistas hasta posturas fundamentalistas islámicas. En un escenario donde dichas corrientes, diametralmente opuestas, experimentan optimismo de manera simultánea, resulta vital para la supervivencia de los estados ejercer extrema precaución.

Los resultados presentados en las distintas naciones fueron tan variados como complejos. En Túnez se logró la destitución del presidente Zine El Abidine Ben Alí luego de la presión ejercida por los manifestantes, algo muy similar a lo ocurrido en Egipto con Hosni Mubarak, ambos en el poder por 23 y 29 años respectivamente.

En Libia, el derrocamiento y posterior ejecución extrajudicial de Muamar Gadafi generó una reacción en cadena de debilitamiento institucional que fomentó el ingreso de militantes fundamentalistas al país, mientras que por otra parte en naciones como Bahréin y Arabia Saudita, los gobiernos emplearon mecanismos basados en el aumento de inversión en infraestructura, educación y salud para aplacar el clamor de las protestas. De esta forma, las monarquías de ambas naciones lograron aferrarse al poder, no sin antes haber encarcelado o ejecutado a cientos de manifestantes y líderes opositores.

primaverawikipedia

Gráfico preparado por Wikipedia.

El caso de Siria

Sin embargo, al llegar la “primavera” a Siria, varios analistas en su momento auguraron una situación completamente distinta debido a una institucionalidad más robusta y un ejército mejor preparado tanto en equipo como en alianzas estratégicas con otras naciones. También la alta densidad de la población y las altas concentraciones en zonas urbanas encendieron las alarmas en un conflicto considerado hoy como una catástrofe humanitaria.

Remontémonos al año propiamente del inicio del conflicto, el 2011. En aquel entonces era fácil distinguir dos partes del conflicto como comunes denominadores en todos los países: dictaduras y sociedad civil. O al menos así era en apariencia para los medios y los gobiernos alrededor del mundo que clamaban por soluciones pacíficas y transiciones políticas que no afectaran la institucionalidad de los países involucrados.

No fue sino hasta varios meses después del estallido del conflicto cuando empezaron a emerger reportes de que varias agrupaciones con intereses particulares empezaron a formar parte de la guerra civil que mayor cantidad de víctimas ha cobrado en lo que va del siglo XXI. Durante ese período ocurrió uno de los ataques más deplorables de la historia reciente con armas químicas sobre la población civil. Esto representó el punto clave de inflexión del conflicto que despertó las suspicacias de la comunidad internacional en torno a los objetivos finales de la guerra.

Entre estos grupos se encuentran aquellos que luchan por instaurar un gobierno teocrático suní, como lo son el Frente Al-Nusra (filial de Al Qaeda en Siria) y el Estado Islámico; así como grupos separatistas que luchan por la autonomía y defensa de un estado kurdo (YPG e YPJ). Pero más allá de los intereses particulares de cada uno de estos grupos, la médula de la guerra civil siria continúa constituida por el enfrentamiento entre los rebeldes y el gobierno sirio.

Es precisamente esta lucha la que ha quedado en el olvido

Mientras cancilleres, analistas políticos, consejos de seguridad y la masa de impetuosos comentadores en redes sociales debaten sobre los posibles intereses especiales que puedan tener las partes externas al conflicto, más de 300.000 personas han perdido la vida y más de 200.000 están siendo exterminadas por inanición mientras usted lee estas palabras.

¿Por qué en la civilización contemporánea es imposible hablar de rebeldes que luchan contra estados opresores sin calificarlos de marionetas manejadas por un gobierno foráneo? ¿Será que algunas naciones obtienen un beneficio cultural o político de satanizar cualquier intento de sublevación social? ¿Es posible que desde nuestra relativa comodidad en occidente sea inconcebible que alguien tome las armas para luchar por sus libertades más fundamentales? ¿Acaso el statu quo logró finalmente amaestrarnos para nunca volver a tan siquiera pensar en una revolución?

Podríamos plantearnos miles de interrogantes sobre este conflicto que parece haber frustrado muchos de los intentos civiles para secularizar varias naciones, pero es necesario hacer un alto en el camino y reflexionar sobre el básico elemento de la vida humana. Tal vez nuestras mentes estén agotadas de tanta especulación sobre quién es el o los enemigos en el Medio Oriente, pero lo que nunca debemos olvidar es que la abrumadora mayoría de víctimas no son enemigos de nadie. Esas decenas de miles de vidas que tienen más de 5 años de vivir bajo un fuego letal de un enemigo que no logra de manera clara definir quién es o qué desea y que en ocasiones parece que su única motivación es la de sembrar sufrimiento.

Como ciudadanos privilegiados que tal vez nunca lleguemos a experimentar ese tipo de atrocidades en nuestras vidas es posible que nos embarguen emociones que van desde la impotencia hasta la indiferencia. No podría afirmar con exactitud si desde nuestro espacio seguro podamos aportar más allá de unas cuantas y ocasionales donaciones a organismos internacionales como la Cruz Roja Internacional, Médicos sin Fronteras y el Observatorio de Derechos Humanos. Pero lo que sí tenemos la capacidad (y obligación) de hacer es la de no olvidar que hubo miles de personas que vieron abusos e intentaron ponerles un alto. Miles que decidieron abandonar el país con sus familias no con la esperanza de mejorar su condición sino impulsados únicamente por el deseo de sobrevivir, así como los miles que valientemente optaron por permanecer en su tierra para defenderla ante una implacable amenaza.

Nunca olvidemos a aquellos que experimentaron el horror de agonizar lentamente mientras todo su cuerpo se retorcía de manera involuntaria hasta que su sistema nervioso se apagara producto del gas sarín lanzado una madrugada, al pequeño Aylan Kurdi cuyo cuerpo de tan sólo tres años luchó hasta su último aliento por aferrase al brazo de su padre en el mar mediterráneo, y tampoco olvidemos a Omran Daqneesh y su mirada extraviada absorta en la idea de que a su corta edad sólo ha vivido rodeado de guerra.

Nunca los olvidemos.

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Ricardo Blanco