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Desapego

Empezar a ciegas

Recordemos, o imaginemos...

La segunda vez que salieron, le dijo que quería tener hijos. Así ponía las condiciones claras desde el principio –pensó–. Él hizo lo mismo y acto seguido le comentó sobre el placer que le provocaba involucrarse, con alguna frecuencia, en encuentros sexuales con otros hombres.

El problema con esta conversación no es que las condiciones que ambos plantearon pertenezcan a ámbitos diferentes, una pensando en un proyecto de vida y el otro en descubrir sus preferencias sexuales, sino que este diálogo nunca sucedió.

Desde una perspectiva utópica de la expresión de la sexualidad, así es como inicia una relación: dos personas se conocen, se atraen, intercambian información sobre sus preferencias y deseos y luego toman decisiones conscientes sobre si se involucran afectiva o sexualmente. Sin embargo, esta no es precisamente la costumbre actual.  

En este punto, en las disertaciones de este tipo y sobre este tema, se comienza a despotricar contra la iglesia o el patriarcado por la forma en la que reprimimos nuestra sexualidad o por cómo la limitamos –aun con deseos genuinos de vivir experiencias distintas– a relaciones heterosexuales monógamas. Pero de ya eso se ha discutido mucho –y bastante bien– desde Freud, Foucault y Lacan hasta Alan Soble o Judith Butler.

El punto es que no vale la pena seguir esculcando de quién es la culpa de que seamos tan torpes en el ejercicio de nuestra sexualidad. El desapego, principio hinduista que ha pasado a Occidente a través de la práctica del yoga, propone que incluso debemos dejar ir nuestra historia: esta no pudo haber sucedido de otra manera, precisamente, porque ya pasó. El desapego implica liberarse de las culpas, tomar responsabilidad por nuestros actos y aprender.  

Lo que nos queda es, entonces, aprender y cambiar nuestro presente. Lo primero, la forma como nos acercamos discursivamente a la sexualidad, cómo hablamos sobre ella. Vamos a ver, los nombres referidos a las preferencias sexuales no denotan, por sí mismos, un insulto, es el uso que se les da lo que les otorga esa connotación. Si la palabra lesbiana, por ejemplo, se utiliza para denigrar a una mujer o a una institución liderada por mujeres –como a algún político se le ocurrió hacer alguna vez– se convierte en una ofensa. El uso prolongado de un término con esa intención produce que este se asocie con características que posteriormente se generalizan a los miembros del grupo que identifica: se crea un estereotipo, que no es más que una forma tergiversada de asimilar conductas desconocidas o intimidantes.

Las etiquetas asociadas a las preferencias sexuales ya han pasado por este proceso de estereotipia y actualmente están cargadas de connotaciones peyorativas. Por esto, cuando un individuo se apropia de una de práctica sexual a partir del uso de una de estas palabras para describirse, se le juzga desde los estereotipos que socialmente le han sido asignados a esta; se impone la heteronormatividad monogámica y se excluye, desprecia o humilla esta conducta por considerarla amenazante o transgresora. Esta situación se agrava cuando el sentimiento de amenaza se materializa verbalmente. El nivel de violencia en redes sociales lo evidencia: hasta el abuelito de la casa se raja a insultar y agredir a quienes abiertamente disfrutan de su sexualidad a través de prácticas que no están entre las establecidas socialmente como normales.

El problema de hoy en el mundo no es la guerra, es la agresión, decía Amos Oz. La agresividad en los comentarios, en las expresiones cotidianas, en los chistes homo-lesbo-trans-fóbicos permite comprender por qué todavía algunos ocultan lo que, a todas luces, es natural: la diversidad sexual (que, por cierto, es inherente al ser humano, ya que incluye no solo con quién compartimos nuestra sexualidad sino también cómo lo hacemos; desde ahí, todos somos diversos). Se entiende por qué el tipo de la historia con la que inició este artículo no dijo nada. Tenía miedo. Todavía lo tiene. En medio de tanto odio por la diferencia, ¿cómo se aseguraba él de que no sería ridiculizado, humillado, insultado y, muy posiblemente, bloqueado de la lista de contactos?

Cuántas relaciones con seres humanos maravillosos ganaremos si, en vez de pensar en la diversidad sexual desde los estereotipos, nos asumiéramos como parte de ella. Si en vez de juzgar a un individuo a partir de los calificativos asociados a un grupo con determinada preferencia sexual, nos acercamos y lo conocemos. Si nos detenemos antes de insultarlo, ofenderlo o chotearlo y, en vez de eso, elegimos el silencio, le ahorraremos una cantidad importante de odio al mundo.

Ahora, si la mujer en esta historia hubiese tenido acceso a esta información, ¿lo habría aceptado?, ¿habría podido empezar una relación en esas circunstancias? Imposible de saber. Porque no tuvo opción más que empezar a ciegas. No tuvo oportunidad de elegir enamorarse del ser humano completo, integral. De aceptar su sexualidad y su ejercicio libre de esta para, así, en retribución, disfrutar de lo mismo para ella.

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EtiquetasSexualidad
Lucía Alvarado