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Justicia

Política criminal y dos deseos fundamentales

 

En el espacio del que dispongo, me interesa conjeturar sobre las peculiares relaciones que existen entre dos deseos humanos fundamentales y la política criminal.

Además, estableceré una importante decisión valorativa que corresponde asumir a todo ciudadano preocupado en los temas de política criminal y violencia (ambos muy presentes en la discusión ciudadana costarricense).

Uno de los deseos fundamentales más frecuente en nosotros es el de vivir pacíficamente y con seguridad de no recibir daños de otros o –lo que es lo mismo- sin violencia. Dado que la delincuencia es una clase de violencia, lo que se desea en este caso es que disminuya todo lo posible la violencia debida a delitos (en especial aquella que afecta nuestra vida, integridad física y nuestros bienes patrimoniales o los de otras personas).

El segundo de estos deseos es el de venganza ante una agresión sufrida (directamente o contra otros). Cada vez que alguien clama por Justicia (así, con j mayúscula) contra el autor de un delito o cuando se exige que ciertas personas sufran por sus crímenes, se está demandando una satisfacción de ese deseo. Veamos con algún detalle esta clase de situaciones.

Al opinar sobre la delincuencia, es común que el deseo de venganza se dirija contra personas cuyas acciones no nos afectan directamente, pero que han realizado actos que nos parecen indeseables. Pongamos un nombre pintoresco a estos casos: venganza difusa. Por ejemplo, tras el reciente anuncio (22 de agosto del 2016) del Ministerio de Justicia y Paz de que cerrará el módulo de la cárcel la Reforma conocido como Máxima Cerrada (vieja) debido a las condiciones infra-humanas y desquiciantes en las que transcurrían los días de los privados, se generó una reacción interesante de una parte de la población costarricense. Algunos ciudadanos se molestaron, alegando el conocido “no están en la cárcel para pasarla bien y que sea bonito, sino para que sufran”, por lo que -se sigue- el MJP no debería preocuparse por trasladar a esa gente a otros recintos. Conjeturo que detrás de estas manifestaciones se encuentra el mencionado deseo de venganza difusa, pues se manifiesta que los privados de libertad están en la cárcel para sufrir (algo así como expiar sus pecados) aunque, normalmente, quien manifiesta esta opinión no ha recibido daño alguno de estas personas.   

Ahora, estos deseos tienen varias relaciones interesantes con la política criminal. Primero: además de ser deseos, la búsqueda de venganza y la añoranza por la seguridad son valores que justifican y enmarcan clases diferentes de política criminal.

Segundo, me parece que comúnmente ambos se encuentran supuestos (o encriptados) en las discusiones ciudadanas sobre política criminal y cómo esta debe ser. Así, están presentes en la discusión de temas de interés público como: la eficiencia y forma en que la policía debe realizar la detección y aprehensión de posibles delincuentes, la prontitud y efectividad de los juicios penales, la clase de penas, la forma en que estas deben desarrollarse, qué debe sucederle a los exprivados de libertad una vez que se han cumplido las penas, entre otros.

En tercer lugar, esta una de las cuestiones más importantes. Sucede que cumplir o perseguir, mediante medidas político-institucionales, uno de estos deseos/valores tiende -en muchos casos- a disminuir las probabilidades de satisfacer el otro. Esto es lo que nos muestra la ciencia aplicada a estos temas (la criminología, sociología criminal y psicología, testadas en distintas regiones del mundo): las medidas concretas de política criminal que satisfacen los deseos de venganza de la población, normalmente no coinciden con las que disminuyen la violencia delincuencial (al menos a mediano y largo plazo). Incluso, en ocasiones, aquellas aumentan la violencia delincuencial y/o la violencia sin calificativo.

Debido a esta incompatibilidad entre las medidas en favor de uno y otro de estos dos deseos/valores, parece imprescindible para el ciudadano que quiera posicionarse racionalmente en los temas de política criminal, el tomar una decisión difícil y fundamental entre alguno de los dos. Si desea que esta decisión sea más o menos racional, deberá hacerse dos preguntas claves.

Primera pregunta: ¿cuáles de estos deseos/valores representan y/o tienen un lugar prioritario en mi ética de vida (esa con que intento guiar mis acciones)? Segunda: en el caso que cumplir con uno de estos deseos conlleve apoyar una política pública que impide en mayor o menor grado la satisfacción del otro, ¿cuál me parece preferible?, ¿cuál mantendré y cuál abandonaré?

Tales decisiones tienen una importancia clave. En efecto, esta toma de posición le permitirá al ciudadano que desee asumirla, influir democráticamente y participar en las discusiones sobre el tema, a partir de una concepción coherente de lo que considera deseable.

Sin embargo, si no se reconocen las relaciones entre la política criminal, la delincuencia y estos dos deseos y si, además, no se asume una postura coherente sobre las preguntas mencionadas anteriormente, la posibilidad de discusión -tanto racional como pacífica- sobre estos temas es, creo, imposible.

Alejandro Guevara Arroyo