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Nuevas masculinidades

¿Qué significa ser más "hombre"?

De un hombre para otros hombres.

Hay muchas cosas que nosotros sabemos que están mal en nosotros mismos, en nuestras dinámicas cuando estamos con otros hombres y en lo que la sociedad nos ha inculcado sobre qué significa ser hombre. Digo que lo sabemos porque quiero creer que muy en el fondo y mucho antes de exponernos al mundo de los “deber ser”, siempre lo hemos sabido.  Así bien, lo que estoy a punto de escribir en este artículo no es algo que usted, en el fondo, no sepa.

Empecemos por algo básico: desde niños y más adelante como adolescentes, aprendemos que gran parte de nuestra “hombría” gira en torno a cuántas mujeres logramos conquistar. Piense cuántas veces se ha puesto a alardear en sus círculos de amigos hombres sobre su conquista de la noche anterior, sea cierta o no. Por dentro usted considera que la historia que acaba de contar se convierte en una especie de medallita que lo acerca un poco más al estatus de  "Macho-Alfa-Líder-de-la-Jauría". Lamento romper esa burbuja, pero usted no es ni más ni menos persona según la cantidad de mujeres con las que se acuesta; eso es un invento y siempre lo ha sido, y usted ha intentado amoldarse a ese comportamiento para encajar y ser aceptado en círculos de hombres a lo largo de su vida.

[Nota: si usted en este momento está pensando que esto que escribo es una vil excusa porque yo soy un “virgen resentido y fracasado que seguramente nunca ha tocado una güila”, acaba de demostrar mi punto sin darse cuenta, indistintamente de la veracidad del argumento que acaba de pensar: usted en cierta medida valora la masculinidad, tanto la suya como la de otros hombres, en función de la cantidad de mujeres con las que se ha acostado y no puede evitarlo.]

Pareciera inevitable comportarse así y no es culpa suya, sino de un sistema social que se basa en expectativas y roles a cumplir según su sexo biológico. A esto se le llama roles de género, los cuales se asignan desde antes de nacer. Así que si usted nació hombre, no solamente se espera que usted use ropita azul, juegue fútbol y le encanten las pistolas de juguete, sino que también  le acompaña una esperanza de vida menor y ser más propenso a sufrir de drogadicción, de accidentes de tráfico y de accidentes laborales más graves, así como ser víctima de muertes más violentas y penas de cárcel más altas.

Como regla general se nos inculca a los hombres que todo lo femenino es malo o inferior. De ahí que no podemos decir abiertamente que otro hombre es guapo sin correr el riesgo de ser catalogados como homosexuales, lo cual en el mundo "viril" se toma como un gran insulto, pues básicamente cualquier característica que nos asocie con lo femenino es inaceptable. Qué curioso, porque, por el contrario, decir que otro hombre es feo se nos da muy fácil y lo sentenciamos con mucha seguridad. Claro, la enorme diferencia es que al decir que otro hombre es feo, no puede implicarse que exista una atracción física, mientras que diciendo que es guapo, sí, aunque sea una cosa completamente diferente el sentimiento de atracción por una persona (lo cual está asociado con mi orientación sexual) y mi valoración sobre su aspecto físico según mis propios estándares de belleza física. Caso contrario ocurre con las mujeres pues está socialmente aceptado que una mujer se refiera a otra utilizando adjetivos calificativos como "guapa", "bella" o "hermosa".

Es así como niñas y niños son transformados respectivamente en mujeres y hombres a través de un proceso que, por un lado, fomenta las actitudes que se consideran adecuadas para cada sexo y en contraposición, reprime y señala a quienes no se ajusten a los roles y estereotipos establecidos. El día que no sea mal visto que un hombre heterosexual se refiera a otro como "guapo", "bello" o "hermoso" de manera natural y sin juicios, podremos decir, sin temor a equivocarnos, que dejaron de existir los estereotipos de género.

Para este punto, tal vez usted todavía no está convencido de lo que ha leído o no ha quedado tan clara la importancia de por qué debemos abordar este tema, específicamente los hombres. Sencillo: los hombres estamos matando a la humanidad. ¿Muy fatalista? Tal vez sí, aunque los alarmantes datos no apuntan en una dirección muy lejana a esa.

Según el Estudio Mundial del Homicidio de 2013 de la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, por sus siglas en inglés) el 95% de los homicidios a nivel global son cometidos por hombres. Esta cifra pareciera increíblemente desproporcionada en principio, aunque una vez que seguimos analizando y profundizando cada vez más en temas de género, comienza a parecer irremediablemente creíble. Además, es una cifra que se repite a lo largo de la historia, tal y como lo muestran los hallazgos del historiador urbano estadounidense Eric Monkkonnen, quien es considerado una autoridad en la historia del crimen.

Monkkonnen analizó exhaustivamente las estadísticas de homicidios en algunas ciudades. Lo que halló cuando examinó las de Londres y Nueva York es impresionante: durante 137 años de análisis, entre 1719  y 1856, el 85% de los asesinatos cometidos en Londres fueron perpetrados por hombres; en el caso de Nueva York, durante el período de 78 años comprendido entre 1797  y 1875, así como el período de 26 años comprendido entre 1968 y 1994, el 93% de los homicidios estuvieron a cargo de hombres.

No es casualidad. Lo anterior obedece a una parte de la identidad masculina tradicional: demostraciones de “valor” frente a otros hombres como una confirmación de su virilidad y de su valía como hombres, las cuales muchas veces se traducen en violencia física que evidentemente puede desembocar en homicidios.

En palabras de un oficial de policía colombiano (citado en el mismo artículo de la BBC), “Siempre encuentro lo mismo: nuestra cultura machista hace que los hombres sean más dominantes, más fuertes, que quieran defender lo suyo a capa y espada y que -como dicen aquí- 'no se la dejen montar de nadie'. Y si a eso se suma el uso de sustancias estupefacientes y la promesa de dinero fácil y rápido en zonas de mucha pobreza, el hombre tiende a ser más violento".

La experiencia de este sargento en Colombia no dista mucho de lo que demuestran varios estudios. Pero no me tomen la palabra a mí, sino a Jocelyn Viterna, profesora de Sociología de la Universidad de Harvard:

“Tomos de investigaciones sociológicas demuestran que los niños y los hombres son socialmente recompensados por ser físicamente fuertes y dominantes y socialmente ridiculizados si se muestran débiles o sumisos. […] Para ilustrar cuán arraigado está eso en nuestra sociedad, piensa por un minuto cómo los hombres se alientan para ser más agresivos o más dominantes físicamente, ya sea en un campo de fútbol o en el ejército o en una pelea en el bar. […] Se dicen que no actúen como niñas, como mujeres, lo cual deja muy claro que el comportamiento no agresivo es un atributo femenino, no de un hombre "real".

Otra forma en que la masculinidad tradicional nos afecta a los hombres tiene que ver con nuestra contraproducente educación emocional, la cual está enfocada en ocultar, negar o minimizar los sentimientos. Para muestra un botón... las siguientes son varias de las expresiones que seguimos escuchando hoy día y que me atrevo a decir, cualquier hombre que esté leyendo esto, escuchó en al menos una ocasión cuando era niño:

  • “los niños no lloran”.
  • “tenés que ser fuerte”.
  • “eso es de niñas”.
  • “sea hombre”.

La última frase es la que amarra a todas las demás pues estas expresiones reflejan un modelo estereotipado de masculinidad cuyo cumplimiento se relaciona con la famosa idea de “hacerse hombre”. ¿La consecuencia? Cada vez aparecen con mayor frecuencia hombres frustrados e inseguros, con carencias afectivas y con muchas dificultades para relacionarse.

Por todo lo anterior, es fundamental que los hombres estemos cada vez más dispuestos a cuestionar ese modelo tradicional de masculinidad en el que hemos aprendido a vivir. Debemos renunciar a los privilegios que nos aporta el sistema patriarcal, para al mismo tiempo poder liberarnos de las cargas de una masculinidad obsoleta que nos impulsa a ser violentos y además no nos deja sentir tristeza, dolor o miedo, sin expresarlo como enojo. Debemos comprometernos de forma activa, junto con las mujeres, en la construcción de una nueva sociedad compuesta por personas más libres e íntegras. Tengamos presente que la igualdad, en la medida que permite ampliar nuestro horizonte vital, nos convierte en mejores personas y, en consecuencia, nos hace a los hombres más hombres.