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La victoria del populismo, el fracaso de todos

Un día como hoy, el 9 de Noviembre de 1989 caía el muro de Berlín.

Con él acababa la Guerra Fría y comenzaba una nueva era marcada por la globalización. Fukuyama empezaba a hablar del “Fin de la Historia”, la democracia liberal se había impuesto y era el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas. Hoy, exactamente 27 años más tarde y con la victoria de Donald Trump, podemos dar por concluida esa época. Y no precisamente porque la democracia liberal se haya impuesto, sino porque corre el serio peligro de desintegrarse en lo que antes conocíamos como “Occidente”.

En realidad la victoria de Trump no ha sido tan contundente. En voto popular ha ganado Clinton, y si hubiera sumado unos 100.000 votos más en Wisconsin, Michigan, Pensilvania y New Hampshire ella tendría ahora la presidencia. Solo un recuerdo más para aquellos que todavía dicen que un voto no cuenta.

¿Pero cómo es posible que alguien tan caótico, maleducado e ignorante como Trump haya conseguido la presidencia de la primera potencia mundial? La victoria de Trump se puede entender como un cúmulo de fracasos en varios terrenos:

El fracaso de la globalización tal y como la conocemos, que por culpa del aumento de la desigualdad ha incrementado la sensación de abandono de la clase trabajadora blanca que ha respondido a la defensiva. Antiguos votantes de Obama en Michigan, Iowa o Wisconsin ahora se han decantado por un misógino autoritario y racista. Esto no significa necesariamente que ellos se consideren a sí mismos racistas o misóginos (especialmente los que antes votaron a Obama). Por el contrario, hay que entenderlo como un golpe a las élites políticas que ellos sienten que les han abandonado todo este tiempo.

También es un fracaso de la política del marketing y del espectáculo, con su oratoria envolvente de intereses simplistas. Clinton tenía más experiencia, había ganado todos los debates, contaba con el apoyo de casi todos los medios de comunicación, había recaudado más dinero y tenía más apoyos internacionales. Nada de esto le ha servido. En definitiva, continúa la línea de lo que muchos analistas están llamando “post-truth politics”, donde un candidato demagogo, que no se prepara, que miente descaradamente y que demuestra con arrogancia su amplio desconocimiento en temas sustanciales no pierde el favor de su electorado. Por ejemplo, Trump consiguió que los “Fact-Checks” que los medios hacían de sus discursos parecieran una práctica snob de las élites urbanistas. Mientras los votantes de Clinton estaban más preocupados por la política exterior y la economía, los votantes de Trump se agitaban por la inmigración y el terrorismo. Y eso fue de lo que Trump les habló.

Aunque duela decirlo, también es un fracaso de la consolidación del modelo de multi-culturalismo y diversidad que muchos defendemos, así como las luchas por los derechos humanos y sociales de las mujeres, las minorías étnicas y las religiosas. En Estados Unidos, el discurso del odio y el miedo se ha impuesto al de la empatía y la serenidad, incluso en grupos altamente religiosos como los mormones y grupos protestantes en general.

De igual forma, ha sido un fracaso del mundo demoscópico, que fue incapaz de prever un resultado tan catastrófico y sigue en la línea de recientes contiendas, donde el voto populista se ha visto claramente infrarepresentado en las encuestas. Por ejemplo, ni una sola encuesta pudo predecir que Trump ganaría Wisconsin. Resulta que había 10 millones más de estadounidenses de la clase trabajadora blanca que los análisis electorales no habían sabido vaticinar. No sabemos cuántos jóvenes se quedaron sin ir a votar porque pensaban que Hillary ganaría de forma holgada, pero seguro que no es marginal, al igual que ocurrió en el referéndum en Colombia.

También es un fracaso del orden internacional tal y como lo conocemos. Las posturas de Trump en política exterior son inquietantes y peligrosas, y van a hacer del mundo un lugar menos seguro de lo que ya es hoy. Las instituciones multilaterales que tienen el deber de velar por el interés de las reglas internacionales están en serio peligro, empezado por la ONU, la OTAN y la OEA que aún con sus fallos, echaremos de menos si las perdemos, como muchos británicos que votaron a favor del Brexit ya echan de menos a la Unión Europea. El abandono al apoyo de los aliados estadounidenses en terrenos como la guerra de Siria o el Mar del Sur de la China hará que Moscú y Pekín se sientan con total impunidad y consideren que actuaciones como la invasión de Crimea no acarrean castigo internacional, lo que puede crear un peligroso precedente.

Y quizás el fracaso más peligroso de todos, es el fracaso de la democracia liberal y representativa. Recientes informes han estado remarcando el creciente apego de gran parte de la población occidental hacia el “populismo autoritario”, como se denominaba en los años 80. En Gran Bretaña el 48% de los votantes y en Francia el 63% apoyan está visión iliberal y cerrada del mundo. Mientras, en Europa y Estados Unidos aumenta el número de gente que considera que vivir en un sistema democrático no es esencial, e incluso cree que es algo negativo, especialmente entre la gente joven. Para la supervivencia de la república estadounidense, la clave estará en descubrir si sus instituciones son lo suficientemente fuertes como para aguantar los desmanes autoritarios de su próximo presidente.

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Clinton ganó el voto popular por un estrecho margen.

Sin embargo, que hayamos fracasado en temas tan importantes como la defensa del multiculturalismo, la democracia liberal o la globalización económica no significa que tengamos que abandonarlas, sino que necesitan ser mejoradas para que aseguren un beneficio a todas las capas de la población. No nos engañemos pensando que el sistema necesitaba un cambio radical como este, la victoria de los radicalismos siempre es una mala noticia para todos.

En el contexto latinoamericano, el muro que Trump quiere levantar, sea metafórico o real, no sólo tendrá consecuencias negativas para México sino para toda la región. Las consecuencias en el comercio con su socio más importante pueden ser devastadoras, entrando en un juego donde devaluaciones, aranceles y “relocalización” de empresas pueden acabar desencadenando en una gran recesión. El peligro no es sólo económico, ya que acuerdos como el de Cuba corren el riesgo de convertirse en papel mojado, mientras China y Rusia aprovecharán la ausencia norteamericana para aumentar aún más su presencia económica y política en la zona.

Resulta que el Brexit no era más que el principio, y nada indica que vaya a acabar aquí. 27 años después de la caída del muro Donald Trump, un nieto de inmigrantes alemanes, acaba de ceder el liderazgo del mundo libre a Berlín sin que ellos se lo hayan pedido. Aunque Europa, incapaz de solucionar sus propios problemas, no parece estar preparada para tal responsabilidad.

De hecho será allí, en los jardines del Elíseo, donde se librará la próxima batalla contra el populismo autoritario. Francia tiene elecciones generales el año que viene, y muchas encuestas dan por ganadora a Marine Le Pen, una neofascista con el mismo discurso que Trump aunque envuelto en papel un poco menos excéntrico.

El populismo autoritario está en auge y en vez de esperar a que se extienda a otros países y regiones, todos tendrán que trabajar para atacar las causas, y no los síntomas que lo provocan. Estados Unidos no actuó a tiempo y va a pagar las consecuencias en los próximos años, hagámoslo nosotros antes de que la frustración de buena parte de la población se convierta en apoyo a futuros regímenes autoritarios.

Hugo Cuello