Por un futuro libre de prejuicios y discriminación.

Recientemente, vi por segunda vez en Netflix el documental The Mask You Live InLa máscara en la que vives– sobre los estereotipos propios de la masculinidad, el menosprecio de todo lo femenino –incluidas las emociones, que son vistas como exclusivas de las mujeres– y los roles de género socialmente aceptados y promovidos desde nuestros hogares.

Pese a que este trabajo fue creado y publicado inicialmente en Estados Unidos, creo que Jennifer Siebel Newsom retrata perfectamente un tema que también afecta a nuestro país. Esto en cuanto el documental refleja la influencia de la violencia de los videojuegos, la imposición de una profunda hipermasculinidad que se puede manifestar a través de la cosificación y negación de las mujeres así como la persecución y burla en contra de la comunidad LGTB o de cualquiera que no encaje en las rígidas normas del heteropatriarcado. A todas estas circunstancias Costa Rica no es ajena.

En concreto, este trabajo presenta los relatos y anécdotas de niños y hombres jóvenes y cuenta con expertos en neurociencia, psicología, deportes, educación y con profesionales de medios de comunicación, quienes exploran cómo los estereotipos de género también se relacionan con la etnia, la clase, y las circunstancias de vida de las distintas personas.

La mujer y las nuevas masculinidades

Ver el documental me hizo cuestionarme ¿cuál es el papel que podemos asumir las mujeres en la lucha contra esos estereotipos y en la construcción de nuevas masculinidades? Está claro que esta no es una responsabilidad exclusiva de los hombres.

En principio, reflexioné sobre todas las veces en que las mujeres nos comportamos de manera machista. Por ejemplo, pensé en las ocasiones en que determinamos si un hombre es gay o no a partir de cosas tan banales como el color de su ropa y la letra de las canciones que sabe, pero al mismo tiempo nos molesta cuando dicen que el rosado es el color de las mujeres –hay a quienes también nos encanta el negro o el azul, por ejemplo–, o que Madonna y Britney Spears es música para chicas.

Entonces, en principio, considero que las mujeres debemos autoanalizarnos y ser completamente honestas con nosotras mismas para identificar cuándo estamos siendo víctimas de las percepciones machistas y patriarcales adquiridas durante nuestra educación, para combatir ese tipo de actuaciones y romper con nuestros propios prejuicios. Ese es el primer paso.

Pienso, también, en todas las veces en que un niño tiene que escuchar que “llorar es de nenitas”, y las mujeres soportamos que nos llamen sensibleras o poco profesionales si mostramos nuestras emociones en casa o en nuestro lugar de trabajo. “¡Fijo anda en esos días!” dicen ciertas personas, algunas de las cuales son mujeres.

En segundo lugar, debemos predicar con el ejemplo. Muchas de nosotras tomamos la decisión de ser madres, o somos tías, madrinas, hermanas… y por lo tanto, somos un modelo a seguir para otras personas a nuestro alrededor, especialmente niños, niñas y adolescentes miembros de nuestras familias, quienes repetirán lo que vean.

Por lo tanto, es importante que tomemos el tiempo para hablar con ellos y ellas sobre sus sentimientos y emociones respecto a ciertas presiones sociales y los roles de género que les han sido asignados incluso desde antes de nacer. Y para que vean en nosotras a personas que hemos podido romper con esos esquemas y desarrollar nuestras propias interpretaciones de todo lo que puede lograr un hombre o una mujer en la sociedad actual.

¿Qué podemos hacer?

Nosotras tenemos el poder de educar nuevas generaciones de hombres más sensibles, abiertos, feministas, humanos. Nosotras podemos enseñarles a nuestras familias a luchar por sus sueños independientemente de, por ejemplo, si esa profesión ha sido históricamente asignada a hombres o mujeres. ¿Qué pasa si mi hija quiere ser mecánica y mi hijo chef? ¿Qué haré si mi sobrina no quiere tener hijos nunca y mi sobrino decidió ser padre adoptivo? ¿Qué les diré? ¿Cómo los puedo apoyar?

Es ahí donde creo que las mujeres podemos aportar muchísimo en la construcción de nuevas masculinidades, recordando nuestro papel desde los distintos escenarios donde nos desarrollamos: en el hogar, la universidad, la oficina, nuestro equipo de entrenamiento, con nuestros amigos y amigas del curso de meditación o en nuestras horas de recreación. Es, además, un aporte y un trabajo de tiempo completo. Las 24 horas del día debemos estar dispuestas a sumar esfuerzos para romper con los prejuicios y los roles de género, por el bien de nuestros chicos y chicas, de las presentes y futuras generaciones.

Floribeth González

Apasionada por los Derechos Humanos. Lic. en Producción Audiovisual, estudiante de Maestría en RAC y Mediación. “Opinóloga” en Contexto.

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