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Bertrand Arthur William Russell, 3rd Earl Russell

El indudable propósito del cosmos

Algunos religiosos vivos (y muertos) han defendido una doctrina peculiar con la que justifican la existencia de un ente divino.

Le llamaremos la doctrina del propósito cósmico. Resumamos una versión sencilla de esa tesis. Quizás esta concepción sea parcial o totalmente suscrita por alguno de los articulistas que con frecuencia publican en el periódico costarricense La Nación. Por ejemplo, en el ensayo de Fernando Zamora, El escándalo de la Navidad, publicado el 20/12/2016 o en el texto El sinsentido del ateísmo contemporáneo de Miguel Valle Guzman, aparecido el 21 de enero del año en curso. El señor Victor Hurtado analiza las insuficiencias del primero en un texto intitulado Las culpas no se heredan publicado en el mismo diario, el día 6 de enero de este año.

Luego de reconstruir la doctrina en cuestión, revisaremos su idoneidad.

Según esta doctrina, puede notarse un progreso áureo, una especie de ascenso ordenado —e indudablemente valioso— ya sea en el devenir del cosmos, en las diferencias entre las especies de seres vivos e —incluso— en su evolución. ¡Todo tiene una razón! Notamos, por ejemplo, que mediante la evolución el mundo nos ha producido a nosotros, la especie humana. Vemos, además, que el humano es más sabio que el feral jaguar y que posee creencias y prácticas más sublimes que las de la hormiga. En todo esto se nota un progreso ordenado que culmina en el humano, sus valores, ideales y loables capacidades.  

Empero, —dice la doctrina— si el cambio en el mundo es un progreso, debemos a su vez aceptar un propósito o un fin de ese cambio. El propósito es la razón de nuestra existencia. Por supuesto, este propósito o finalidad no es el mundano, que cualquiera de nosotros le pueda dar al mundo. No. El mundo (o alguna de sus partes), tiene —como incrustado— el propósito. Si no aceptamos esto, el mundo no tendría “razón” (como dice Zamora en su artículo). Sin embargo, si el cosmos tiene un propósito, alguien superior debe habérselo dado. Podemos llamarle a ese alguien Dios.

A primera vista, esta doctrina parece aceptable. Sin embargo, algunas consideraciones muy puntuales muestran su debilidad y de otras semejantes. Veamos.

Primero, supongamos que las premisas de la doctrina son aceptables. ¿Qué es lo que necesariamente hemos probado? Hemos demostrado la existencia de un ser especialmente incompetente y bastante débil. Caso contrario, si al crear el mundo este ser buscaba cierta finalidad, podría haberla generado directamente. En cambio, dilató el arribo del fin valioso, interponiendo la generación del sistema solar, la ameba y el ictiosaurio. O no sabía cómo alcanzar el propósito directamente (ejemplo: es incompetente) o no podía hacerlo (entonces es débil) o ambas.

Como si fuera poco, la entidad demostrada parece ser bastante malvada. Como escribió la filosa pluma de Bertrand Russell, si este mundo “es el resultado de un propósito deliberado, el propósito tiene que haber sido el de un demonio”. Sobre esto, ya Hurtado se refirió agudamente en su ensayo, al cual remito.

La segunda debilidad de la doctrina está en sus premisas. Lo primero aquí es notar que los cambios en el mundo son ordenados, pero no muestran ningún progreso o ascenso. Decir que las cosas cambian de forma ordenada, es decir que cambian en formas regulares, mediante relaciones específicas de determinación constante. Este es el concepto de orden presupuesto por las formas más racionales de conocer el mundo: las ciencias. En dicha concepción, todo proceso o estado de cosas está determinado o causado. En la forma de teorización científica, la idea de progreso finalista es gratuita. Las razones y los propósitos son siempre humanos.

Dicho sea al paso, esta alternativa es ocultada en la falsa dicotomía presentada por Zamora en su texto. Ahí afirma que es necesario optar entre dos tesis: que el mundo es una “portentosa suma de coincidencias” o que fue creado por una inteligencia con propósito y finalidad. Tal disyunción es falsa, pues tenemos otra opción: todo proceso en el mundo es el producto de otros procesos, que suceden de forma regular y constante. Gracias a la teorización racional, podemos descubrir dichas regularidades.  

Tampoco en la tesis de la evolución mediante selección natural de las especies es necesario asumir la idea de progreso o asenso hacia una finalidad. Según la teoría de la evolución, toda mejoría de una capacidad o característica de una especie frente a otra, siempre es contextual a cierto medio ambiente. Pero no hay ningún progreso, finalidad o valores intrínsecos en los cambios del medio ambiente. Por ejemplo, los tiranosaurios rex tenían las mejores características como cazadores en su medio ambiente. Empero, de nada le sirvieron esas capacidades cuando cayó el meteorito. En ese último medio ambiente, las mejores características —para la supervivencia— eran las de la rata o (con mayor exactitud) las de la musaraña. La teoría de la evolución biológica señala que la musaraña estaba mejor adaptada para sobrevivir en ese ambiente frente al tiranosaurio. Pero no dice que la musaraña esté más cerca de ninguna finalidad valiosa. Lo mismo es cierto para el humano.  

Finalmente, cabe preguntarse: ¿por qué suponer que el universo va mejorando? e —incluso— ¿por qué creer que el humano es un progreso sobre el gato o el manatí? Una respuesta es considerar que el humano es superior, pues tiene algo intrínsecamente sublime. Las ciencias no parecen sustentar tampoco esta idea.  Aun así, podríamos insistir que con el humano se cumple un propósito excelso, porque así ha sido dotado y previsto por el creador del universo. No obstante, tal respuesta sería una falacia de petición de principio con respecto a lo que intentábamos demostrar (la existencia de Dios).

En cambio, como decía Montaigne, “quien sondee su ser y sus fuerzas por dentro y por fuera sin suponer [un] privilegio divino, quien contemple al hombre sin adularse, no verá en él eficacia ni facultad que huela a cosa distinta que la tierra y la muerte”.

Queda así confutada la doctrina del propósito cósmico en la versión sintética y simplificada que hemos presentado. De esto se infiere que sus argumentos son inadmisibles. Se colige que no se ha demostrado la existencia del ente divino. Por todo lo anterior, la posición racionalmente mejor cimentada sobre la existencia del ente divino sigue siendo la incredulidad.

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Alejandro Guevara Arroyo