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La Asamblea Constituyente: falacias, temores y certezas

En defensa de nuestra iniciativa.

Como parte de un proceso de divulgación, sensibilización y búsqueda de consenso entre diversos grupos sociales, y también, en el seno de los Concejos Municipales, los voceros del movimiento Nueva Constitución CR, se han dado a la tarea de divulgar los fundamentos que sustentan la urgencia de convocar a una Asamblea Constituyente -por la vía de un referéndum- con el fin de crear una Nueva Constitución más acorde con la realidad actual del país.

Nueva Constitución C.R. es una iniciativa ciudadana no vinculada a ningún partido político. Surgió desde una base académica y estudiantil y rápidamente logró aglutinar a una gran cantidad de ciudadanos que asumen la responsabilidad generacional de ser arquitectos de su propio destino.

Este movimiento cree en la apremiante necesidad de renovar el ordenamiento jurídico y diseñar las herramientas que permitan agilizar la gestión estatal, responder eficazmente a las necesidades de los ciudadanos y fortalecer los derechos humanos.

Nueva Constitución C.R. parte de la premisa de que el estancamiento que sufre el estado costarricense solo puede revertirse a la luz de una transformación profunda de la Carta Magna, mediante una Asamblea Constituyente. Esto, por cuanto, la Asamblea Legislativa no le dedica tiempo al tema de las reformas constitucionales y, además, la Sala Constitucional ha dicho -por cierto de forma arbitraria- que la Asamblea carece de competencia para hacer reformas parciales que afecten las decisiones políticas fundamentales, por el procedimiento establecido en el artículo 195.

El tema suscita gran interés en los diferentes foros, genera un rico diálogo en el que surge tanto el consenso respecto a la urgencia de renovar la Constitución como la necesidad de la participación ciudadana para asegurar la elección de los diputados constituyentes idóneos.

La excusa del momento

No obstante la reconocida necesidad de una Nueva Constitución, algunos argumentan que este no es buen momento para convocar a una constituyente, que dada la concentración de fuerzas políticas en tendencias neoliberales o de izquierda sería un salto al vacío, que las garantías sociales o la propiedad privada correrían peligro. En fin, existe una gran preocupación por la ideología de los diputados constituyentes, su posible incidencia negativa en los derechos ciudadanos ya consagrados en la actual Carta Magna, y esto porque los partidos políticos son la figura que el Tribunal Supremo de Elecciones estableció para elegirlos.

En la base de este argumento reside la creencia de que son otros quienes tendrán el poder, otros los que van a decidir en contra de nuestros valores y el bien común. Lo interesante, visto del punto de vista de la actitud individual, es que quien sustenta ese argumento, se separa de los demás, marca una diferencia respecto “al otro”. Quien otorga el poder de decisión al otro, renuncia al suyo, se conforma y somete, y de paso, se niega la posibilidad de resistir y abrir nuevos caminos. De esa manera desconoce el derecho, la oportunidad y la obligación de participar en un proceso de vital trascendencia.

Ahora bien, “esos otros” no tienen el poder de hacer lo que quieran, solo si cada uno de nosotros renuncia al poder de decidir que le otorga la ley y lo cede a “esos otros”. En semejante transferencia de poder subyace un temor, y el temor paraliza. Así que, la decisión es nuestra y la responsabilidad histórica de incidir en nuestro entorno político y social, también.

La nube de la añoranza

Por otro lado, se parte de una premisa falsa al asumir que esos otros afectarán negativamente los preceptos constitucionales que nos enorgullecen porque no son como aquellos ilustres constituyentes del 49 que supieron plasmar los valores del pueblo costarricense. Tal suposición no necesariamente es cierta, aceptarla sería negar la existencia de sólidos valores que sustentan el alma nacional y nuestra cultura democrática y que están muy arraigados en el ser costarricense. La añoranza impide visualizar la cultura constitucional que se ha desarrollado en las últimas seis décadas; sí, tenemos un grupo importante de constitucionalistas que pueden y deben participar en el proceso constituyente. Pero sobre todo, hay gente valiente, capaz y visionaria; ciudadanos como usted, yo y aquellos otros.

Además, se señala con temor que esos “otros”, los posibles diputados constituyentes, serían escogidos por los mismos de siempre, es decir, los satanizados partidos políticos. No obstante, el panorama político se ha diversificado y ofrece diversas trincheras, existen 9 partidos nacionales y 16 regionales. Recordemos también que se pueden crear partidos para este fin. Para la Constituyente de 1949 se crearon tres partidos y los mismos tuvieron un papel protagónico mucho más determinante que los partidos del momento, incluso, el grupo ganador de la revolución de 1948 no logró que sus propuestas prevalecieran. Por el contrario se dio un fenómeno muy significativo que da testimonio de los valores democráticos costarricenses y que debería tranquilizar a quienes preocupa el posible menoscabo de las garantías sociales: en esa Asamblea, se incorporaron todas las propuestas del partido comunista, a pesar de que ese grupo no tuvo representación formal.

Para terminar, el proceso de creación de una nueva constitución requiere de un ritmo pausado, duraría cuatro años y consta de varias etapas: la recolección de firmas para convocar al referendo, la votación del referendo mismo, la elección de los diputados constituyentes, la instauración de la Asamblea Constituyente y la redacción, y la aprobación final, vía referendo, de la Nueva Constitución. Tenemos tiempo para informarnos y prepararnos, y así, con conocimiento, mediante el diálogo, vencer tantos temores y actuar con determinación y buen tino.

Alma Aguilar