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A propósito del 8 de marzo

Hoy no te voy a felicitar. 

Tampoco te voy a llevar flores ni pienso colgar en redes una de esas frases gastadas.

Hoy no me hago abanderado de tu lucha, sí, lucha, la que te llama cada día, cuando sales a la calle, cuando ves la televisión, cuando llegas a final de mes, cuando no te ven acomodar cigüeñas en el balcón. No, no voy a disfrazarme de que sé lo que es ser mujer para poder alzar la voz por ti, que tú ya la alzas cada día, junto con millones de mujeres. No voy a felicitarte ni a ti ni a ninguna otra. No a mi madre, que creció atada a las tradiciones de escoba y cazuela; no a las mujeres de Atenco, que creyeron que el Estado también las protegía a ellas; no a Emma Theissen, que ha esperado 35 años para que la justicia en Guatemala se anime a juzgar a los responsables de su secuestro forzado; no a las mujeres salvadoreñas cuyos cuerpos no les pertenecen porque sólo son eso: mujeres.

Hoy prefiero no felicitarte, sino reconocerte en esas rutinas, batallas de a diario, que llevas con tanta dignidad. Pero qué fácil olvidarse. Sólo hace falta un post, una foto en twitter, una tarjeta de felicitación, un panqueque en la oficina, los más entregados. Y con eso ya hacemos borrón y cuenta nueva hasta el año que viene. Nos olvidamos de los feminicidios, de las fotos sexistas, de las industrias, de la brecha salarial, de la que nunca será presidenta, de la que señalan con un dedo y llaman puta, rubia tonta, gorda, mojigata, estrecha, buscona, de la que dijeron que, con esa ropa corta, buscaba que la violaran, de la que convirtieron en la mujer de, de la que obligaron a dar vida a pesar de la suya, de la que nació en un cuerpo de hombre. Todo eso se olvida. Es el 8 de marzo, el día de la mujer, el día de alguna lindeza en rosa, con gatitos y adornos florales, una palmadita en la espalda y un “ánimo, estamos contigo”. El día en el que le volvemos a decir a las mujeres que todo está bien —no puede ir mal si hasta tienen un día.

Y es que con esta muestra de unidad social que vemos cada 8 de marzo, ¿qué malo puede pasar? Se iluminarán los callejones de vuelta a casa, los únicos cardenales del cuerpo serán los que queden tras noches de sexo desenfrenado, el lenguaje hablará de todos y todas, la igualdad se nos pegará como la piel, la mujer será persona por encima de todos los credos y nadie mirará ya si tenemos pene, vulva o si besamos a un hombre o a una mujer. Entonces, ya que está todo resuelto, dime, ¿de qué color me pongo el lazo este miércoles?, ¿a qué poeta he de rescatar?, ¿de quién he de acordarme?: ¿de Curie?, ¿de Rigoberta Menchu?, ¿de Lady Gaga? ¿Qué cita he de repetir, qué hito histórico he de nombrar, qué cifra he de volver a resaltar ⎯violaciones cada día, agresiones, asesinatos?

No. Lo siento. Espero no ofenderte. Ya sabes que soy hombre, que me criaron para serlo, para no decepcionar, para trataros como tal, para estar orgulloso de serlo. Un hombre con una vida sin contratiempos, sin manos en el culo, sin gritos con la ventanilla bajada, sin necesidad de esconder la mirada, sin nadie que me cuestione mi valía, mi ropa, mi independencia o en qué cama duermo. Una vida de privilegios que me cuesta mucho reconocer como tales y es por eso que se me escapan a menudo esas incongruencias que tengo tatuadas, como sanguijuelas, de las que cada día intento librarme. No quiero decir nada que muestre mi ignorancia, los años luz a los que estoy de poder saber lo que vives en tus instantes más calmos. Y espero no equivocarme, de verdad, pero no, hoy no voy a felicitarte. Hoy mejor te pregunto, te acompaño, te sigo. Hoy hago las cosas contigo, a tu lado, en las calles, en el trabajo, en casa, en las escuelas, en los bares, con la familia, con los amigos, con los compañeros, en el supermercado. Hoy no te felicito. Mejor hoy intento volverme menos machista, menos idiota, menos ciego. Levanto mi voz junto a la tuya, junto a la de otras. Hoy denuncio lo injusto y tacho el prefijo del desigual. Hoy te pienso a tu lado y creo, más que nunca, que lo bonito de construir mundos es hacerlo juntos. Hoy, y no sólo hoy.

Fotografía y video: Cristian Ugalde.
Antonio Jaen Osuna