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El cambio es nuestro

¿Por qué es necesaria una nueva Constitución Política?

Antecedentes

Cuando conversamos sobre política pareciera que tocamos el punto más incómodo (e ¡insultante!) de la conversación. Resulta la parte fea, aburrida, la que no tiene pies, ni cabeza, la que no cambia... la parte del país que se encuentra entrabada, sin rumbo, a la deriva, y de la cual, muy para mal, se tiene una preconcepción de corrupción, despilfarro, irresponsabilidad, ausencia de rendición de cuentas y poca o nada operatividad en la gestión pública.

En suma, predomina un sinsabor que nos hacer caer en un ambiente de pesimismo, por mucho que se intente generar conciencia crítica y se quiera construir una revolución social anclada en un ideal de “hacer bien las cosas”. Son muchos los casos reales de mala praxis burocrática, en y desde lo público, que vemos a diario en las noticias y que nos hacen caer en ese estado de resignación.

Lo interesante de estas conversaciones es que cuando terminamos esa plática seguimos con nuestras vidas, nada pasa, cada uno en lo suyo, tratando de pasar el día, la semana, el mes y los años, como si la política no fuera algo que nos ataña y, verdaderamente, nos impulse a participar como ciudadanos activos del país.

Más allá del voto

Cada cuatro años algunos salimos a votar con la esperanza que el Gobierno que sigue sea mejor que el anterior, pero esto no es más que la parte bonita, aunque necesaria, de un problema que encuentra su mal en lo más recóndito del sistema. El mal es endógeno, parte de una atrofia política y estructural que se ha quedado ralentizada en el tiempo y que no ha dado paso a un cambio más profundo de sistema, para que readecúe su funcionamiento a los tiempos del momento.

Ciertamente el enojo y la histeria colectiva se exaltan cuando la gasolina sube, los comestibles se encarecen, los servicios se tornan impagables, los impuestos nos estrujan y la criminalidad se vuelve la regla y no la excepción. Se nos hace creer que todo está bien, que verdaderamente existe una respuesta a los problemas sociales que tanto aquejamos.... empero nos toman del pelo, nos venden humo y nos dan un estate quieto momentáneo. Algo así como un calmante que no alivia más que el dolor pero no extirpa el problema, no va a la raíz del mal, y, día a día, se convierte en una patología de difícil o imposible reparación.

Letra muerta

Se nos ha hecho creer que nuestra actual Constitución Política, la Ley de Leyes, nuestra Carta Magna, permite que vivamos y usufructuemos de un Estado Social y Democrático de Derecho que, sin más, satisface todas las demandas que los tiempos actuales presentan. Sin embargo, esto no es cierto; ni en la letra ni en la práctica. Sabemos que nuestra actual Constitución Política ya no responde a las exigencias del momento. El marco político-organizacional que regula ha llegado al límite de su funcionamiento.

Como ciudadana, al igual que muchas otras personas, estoy cansada de tanta inoperancia en el funcionamiento real del poder, en la insuficiencia de garantías y derechos que en verdad tutelen y sustancien todas y cada una de las condiciones actuales de vida. Principios como el del artículo 2 de nuestra actual Constitución Política, en el que “la soberanía del pueblo debe residir verdaderamente en el pueblo” no son más que formulas semánticas carentes de valor. El pueblo es burlado a diario, mucha de esta burla la permite (y la consciente) el obsoleto sistema normativo derivado del actual modelo de carta política. No hay mecanismos reales de empoderamiento ciudadano. No hay freno al abuso del poder, ningún gobernante responde seriamente por sus actos. Es más de los mismo: bajo el modelo actual, los de siempre hacen fiesta y el costarricense de a pie, ese que tanto luchó por un país de justicia, paz y equidad no es más que una sombra destinada a sobrevivir.

El T.S.E. acertó: la ciudadanía debe elegir su futuro

Por eso me complace ver que, por vez primera, como todo un hito de la democracia costarricense, el Tribunal Supremo de Elecciones acogió el proyecto que lleva adelante un grupo de ciudadanos para convocar un referéndum que nos permita decidir, a usted y a mí, convocar una Asamblea Constituyente que nos logre dar una Costa Rica acorde con las exigencias y necesidades actuales.

Este es un proceso pausado y reflexivo que se ha venido gestando desde hace poco más de un año. Se trata de un emprendimiento social puro, cívico-ciudadano, en el que todos los costarricenses podemos ir insertándonos como verdaderos constructores de nuestro propio destino, participando de charlas, reuniones, recolectando firmas, aprendiendo a hacer un tipo distinto de política basada en la participación real y directa de los ciudadanos. Actualmente, el grupo se encuentra recolectando poco más de 162.000 firmas necesarias para convocar el referéndum.

Tendremos la oportunidad de escoger hombres y por primera vez, mujeres, notablemente influyentes para una Asamblea Constituyente de altura y, finalmente, en el 2021, volveríamos a votar aprobando o no el producto que haya surgido de ese diálogo liderado por la Asamblea Constituyente. Como ven, es la exaltación de la verdadera democracia participativa.

No han faltado aquellos que estén en contra de este proyecto, máxime cuando se habla de de tocar la espina dorsal de toda nuestra legislación, porque el Poder Constituyente encarna, sí, una autoridad superior que se ubica por encima de los gobernantes, de los poderes regulados y hasta de la misma Constitución en una expresión máxima de soberanía. Cuando se habla de ese poder, todos debemos pensar y sentir: Yo soy Poder Constituyente, yo encarno ese poder, yo soy quien manda y quien tiene el derecho de cambiar las reglas y a decidir sobre mi futuro y ser arquitecto y constructor de mi propio destino. Soy porque somos, el poder soberano.

Los discursos del miedo

Por supuesto las reacciones pesimistas de algunas personas no se han hecho esperar. Han alegado que este proyecto es arriesgado y peligroso, que es una promoción demagógica, que estaríamos en graves conflictos de inconstitucionalidad, que una Asamblea Constituyente podría modificar (para mal) los derechos humanos previstos en la actual Constitución Política, que incluso podría autorizarse la pena de muerte en contra de personas que han delinquido, etc.

No obstante, lo anterior no es más que recurrir al recurso del miedo para cegar y congelar la razón humana tan imponente en momentos de crisis actual como el que estamos atravesando. Nuestra idiosincrasia de libertad, anclada en verdaderos valores y principios sociales demócratas jamás permitiría que un país como Costa Rica caiga en un estado de obsolescencia como el descrito.

Ya lo decía Alejandro Robles, letrado del Tribunal Supremo de Elecciones, en un artículo publicado en este medio días atrás cuando, haciendo referencia al recurso del referéndum para aprobar la posibilidad de una Asamblea Constituyente manifestaba: “… arrancarle a un pueblo la posibilidad de modelar con sus propias manos su destino, por considerarlo inepto e incompetente, no es otra cosa que la tiranía de unos cuantos que se asumen más iluminados que sus compatriotas. Porque, al fin y al cabo, toda sociedad madura y civilizada tiene el derecho, periódicamente, de discutir y revisar las normas que rigen su convivencia, para ajustarlas a las circunstancias de los tiempos. Esa es, casi con toda seguridad, la mejor manera de hacerlo, tomando en cuenta que las otras opciones para cambiar las reglas suelen ser más traumáticas y notablemente menos democráticas”.

El Constituyente Originario no puede serle negado, nunca, al pueblo. Hacerlo sería desconocer la soberanía misma que reside en cada uno de nosotros.

Nosotros somos ese poder soberano y, en esta medida, el cambio nos pertenece.

Llegó nuestro turno de convertir a Costa Rica un lugar para que todos y todas vivamos mejor.

Fotografía de Nicholas A. Tonelli
[Se recuerda al lector que todo artículo de opinión publicado en Contexto va firmado y representa siempre el criterio particular de su autor.]
Benigna Baltodano