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Sueños equivocados

El 18 de marzo es el día de la promoción de los derechos de las personas trans.

El siguiente es un texto de autoría colectiva. Surgió tras la lectura del artículo Sueño con vagina publicado días atrás en Contexto y reúne las voces y vivencias de un grupo de mujeres trans —ticas y residentes— que se encontraron la tarde de este viernes en Transvida. Camila Schumacher, periodista y asistente técnica de la asociación, se encargó de juntar sus voces y hilar el relato. Es importante aclarar que, según explican las chicas, el título del artículo de ninguna manera busca menospreciar el sueño de aquellas mujeres que desean realizarse una vaginoplastia. "Es un juego de palabras que hace referencia a la creencia de que las personas trans nacieron en un cuerpo equivocado".

Nuestros nombres: María José existe

No importa que para la entrevista le hayan cambiado el nombre… de por sí, las mujeres trans cambian de nombre varias veces durante su vida. Una por cada resurrección, como mínimo.

Los primeros suelen ser casi remedos: homenajes a artistas y modelos. Los segundos se les parecen un poco más, luego hay algunos que son como anagramas de sus nombres registrales —a ver si así se cuelan—. Están también los de la putería, los que como apodos les ponen las otras chicas, los de Facebook y otros.

Está, además, el oficial, el que aparece en el renglón de abajo, ese que dice "conocido como" en la cédula y que, desde el 2016, sale también en los recibos del AyA, en los carnets de la U y en los expedientes de la CCSS. Además, desde hace solo dos meses, también aparece en las listas de asistencia de los centros educativos públicos y en los títulos como el de Megan, que lo va a recibir recién este jueves.

Megan va a ser la primera en recibir el título que le corresponde, casi un año después de haber aprobado Bachillerato tras haber estudiado en Transvida. Casi un año le llevó que le dieran curso a su solicitud... Cartas, reuniones, filas, explicaciones… ¡qué cansado es esto de ser pionera! Por suerte, no estuvo sola sino acuerpada por sus hermanas —con Dayana Hernández a la cabeza—, con la complicidad de funcionarios y profesionales que creen en los Derechos Humanos.

Después de Megan recibirán su título Aphril —que no logró aprobar sexto año en el CTP de Pavas pero siguió estudiando—, Kerlyn —que ganó el juicio para el cambio de nombre en diciembre, debe matemáticas pero presentará el examen el 8 de abril—, Mckenzy —que es alumna de undécimo del Liceo Nocturno de Limón—… ojalá, las 75 que están matriculadas en el programa educativo de Transvida y muchas, muchas, muchas más.

Menudo sueño

Dejemos a estas chicas y volvamos a María José que se levanta obscenamente temprano. Tempranísimo y templada… la pobre. Pobre de infinidad de maneras diferentes: la de la billetera vacía, la de la panza que ruge, la del amor que trocó por sucedáneos pero sobre todo, pobre de sueños.

Pobre de sueños porque soñar con una vagina es haber caído en la trampa de los cuerpos equivocados, de las identidades incompletas, de la supremacía de la genitalidad. Soñar con una vagina y anhelar esa operación —que todavía hoy reduce la posibilidad de sentir placer a más de la mitad— es renegar de sí misma; es quererse de menos.

Vivir —como Majo— casi 40 años convencida de que para sentirse completa y plena tiene que mutilarse, es estar presa de una terrible paradoja: sádica y masoquista.

Las mujeres trans —y las mujeres cis— deben, merecen y pueden amar sus cuerpos. Disfrutarlos con plena libertad. No es fácil —ni para unas ni para otras—. Ninguna tiene un cuerpo perfecto pero cada cual tiene el suyo.

Pero las trans —a diferencia de las cis— en general no suelen ser frígidas ni anorgásmicas hasta que se reprimen. Tampoco tienen celulitis. Son ínfimas ventajas sobre todo si hacen propia la voz social que las censura, que las convence de que están enfermas, de que sus vidas, no solo en el plano extraterrenal sino en el día a día, deben ser un infierno.

El cuerpo nativo de María José se parece poco al que le devuelve el espejo. De la cintura para arriba ya a estas alturas —tras los implantes, (qué dicha que no le tocó toparse con los médicos ticos dispuestos a inyectarle aceite) después de las hormonas y el maquillaje—, logró conciliar su imagen con su identidad de género.

No faltará, por supuesto, quien se resista a reconocerla como mujer, quienes insistan en preguntarle “¿a cuánto el kilo de huevos?”, quienes la traten de mae y hablen de ella como si su humanidad no estuviera enfrente. Nunca faltan.

TV2-Ángel Damian Reyes

Pongamos que hablo de Madrid

María José tomó vino en un avión de Iberia… no tuvo como las catrachas, las salvadoreñas y las nicas que venirse a Costa Rica un poquito caminando y otro poquitito a pie.

A ella la violaron en la Gran Vía y no en la ruta 32 ni en el Alto de las Palomas.

Le pegaron hasta desfigurarla, la empalaron con un consolador de metal pero, —al menos—, le devolvieron el pasaporte y la plata para el tiquete de vuelta. Qué dicha porque si hubiera sido aquí lo mismo la dejaban chinga en un descampado, la recogía una patrulla,—pichaceada y con la picha al aire—, en la que los policías hacían festín de su desgracia y antes de bajarla le pedían una mamada gratis y de feria.

El dolor no se mide por tamaño sino por quien lo sufre y el espanto de la historia de María José alcanza para estremecernos a todos. Cuesta creer que va a estar bien alguna vez. Sobre todo cuando a la vuelta le toca volver a pararse en una esquina de Barrio Amón o Plaza Víquez y seguir puteando…

Sin embargo, tiene suerte y gracia esa chica, porque le paran aun toyotonas y encuentra quien le pague 10 o 15 rojos. Algunas —aun más jóvenes que ella— lo hacen de a parado en cualquier lote por dos rojos o a cambio nada más que del ride en taxi que las lleva de vuelta a casa a las 4.20 a.m., la misma hora a la que María José se levanta.

A todas las corren a balinazos —sobre todo si hay mejenga—, les tiran bolsas llenas de orín, les escamotean el preservativo, las cierran a golpes. A todas alguna vez. Incluso a aquellas que se lo montan por Internet.

A todas ellas —que sí, según los cálculos de Transvida son más de 200 solo en la GAM— los clientes las buscan —justamente— por tener pene. Si quisieran una puta con vagina no sería una mujer trans por más operada que estuviese.

Otros sueños

Dayana Hernández ya no trabaja más en un call center. Por suerte, Transvida puede pagarle el sueldo y reconocerle su labor incansable de activista por los Derechos Humanos. No solo a ella; en nómina hay ocho mujeres trans más que realizan abordajes nocturnos donde reparten más de 5.000 condones y lubricantes, comparten información sobre trámites migratorios, horarios de estudio y de grupos de apoyo psicológico, de teatro y de folclore.

En las oficinas —que se encuentran 250 al este de la Maternidad Carit— llenan formularios para seguros por el estado, fichas del IMAS, denuncias para el OIJ, la Defensoría de los Habitantes y la Red Latinoamericana y del Caribe de Mujeres Trans. También, allí, hacen pruebas rápidas de ETS y VIH.

Todo es gratis... o no, porque mucho han tenido que pagar para llegar hasta ahí.

Quienes entran a la asociación reciben, como mínimo, un café, unos oídos atentos, algún consejo sobre como “hacerse el mico” u orinar sentadas sí es lo que sueñan.

En Transvida se trabaja de forma incansable a sabiendas de que se ha hecho mucho pero es mucho más lo que queda por hacer… sobre todo porque no se condena la prostitución pero sí que sea esa la única alternativa para las mujeres trans. Por eso se negocia la apertura del tercer curso de Formación Humana con el INAMU y el IMAS y se sostiene con el apoyo del MEP, la UCR y la ULACIT el proyecto De las calles a las aulas. Además, se desarrolló un programa de empleabilidad con el apoyo de la AED —entre otras instancias— y se mantienen convenios con el Ministerio de Trabajo.

Cada vez más, cada vez mejor: si en EPA —todavía— trabaja una mujer trans, ahora, en la OIM también, en HP; en algunos call centers y en unas cuantas tiendas… también hay chicas en la U y en el INA.

Es fundamental insistir en alimentar otros sueños: el de estudiar, el de conseguir trabajo, el de tener una vivienda digna, el de dejar la adicción a las drogas, el de tener amigas, el de compartir con la familia, el de enamorarse y ser correspondida.

Porque ser mujer y tener un cromosoma X y uno Y es posible.

Porque la identidad se descubre y se construye.

Porque hay —en Costa Rica— como mínimo 600 hermosas mujeres con pene.

TV-Ángel Damian Reyes

Fotografías: Ángel Damian Reyes

* Conozca más sobre el trabajo de Transvida en este artículo de Diego Pérez publicado en Contexto *.

Camila Schumacher