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Figueres no es una amenaza

“Existe una clase política enquistada en el poder”.

La frase es de Juan Carlos Hidalgo, quien semanas atrás me la dijo durante una entrevista que le realicé para este mismo medio.

Las palabras del analista político me provocaron un desasosiego repentino ya que me llevaron a concluir que nos hemos acostumbrado a naturalizar el chantaje en la política —y fuera de ella—, sometidos por una partida de señoritos y señoritas que han visto a bien valerse del Estado.

La irrupción de José María Figueres en el proceso electoral que culminará el 7 de febrero del 2018 ha bastado para demostrar que el país pasa —seguramente— por la mayor derrota moral de su historia, sin terminar de enterarse (una muestra clara de lo anterior).

Figueres, quien ha sido ampliamente cuestionado desde hace más de 40 años por diversos actos delictivos, que en un momento determinado fue el personaje político peor valorado del país, que siempre se valió de los peores mecanismos para no dar la cara; tiene la osadía de aspirar a ser el presidente —por segunda ocasión— de una sociedad en aparente estado de transición hacia una República encaminada a una mejor calidad de vida en manos de políticos responsables. Y se lo estamos permitiendo.

La validación de este personaje es injustificable. Exhibe al costarricense como un actor sin carácter ni dirección, endeble en todas sus estructuras y listo para cometer cualquier papelón en las urnas a pesar de las experiencias recientes.

Pero eso no es todo. Se le abre la puerta a un mañoso de élite, que ya dejó claro que no le importa adoptar formas de hacer política “de moda” para echarse al bolsillo a esos vulnerables con cédula que se pasean por nuestra tierra, con la capacidad incluso de despertar las fibras más oscuras de muchos, promoviendo el irrespeto a los derechos humanos a través de cualquier salvajada que atisbe a expresar.

José María Figueres ya no representa una amenaza, porque al borde del precipicio está el aparato político costarricense. Nuestro expresidente representa el fin de la muerte por cicuta: inmóviles, a punto de dejar de respirar, amparando su candidatura hasta la muerte en el “porta mí”.

Fotografía: Figueres.cr
[Se recuerda al lector que todo artículo de opinión publicado en Contexto va firmado y representa siempre el criterio particular de su autor.]
Adriano Ramírez Jerez