Sign in / Join

¿Tiene La Nación una crisis de integridad editorial?

Debo agradecer a mis padres por instruirme en el ejercicio de la lectura crítica.

Siendo un niño, añoraba la llegada de los periódicos más que el pan caliente por la mañana, mientras corría para estar temprano en la escuela. Recuerdo con nostalgia las Noches en Vela de Julio Rodríguez, la roncha que levantaba Edgar Espinoza y las agudas observaciones de Rodolfo Cerdas. Durante muchos años, estos columnistas estuvieron bajo la dirección del galardonado Eduardo Ulibarri, quien después de dejar la dirección de La Nación tuvo el honor de ser representante permanente de Costa Rica ante la ONU. Un gran equipo a cargo de un diplomático de corazón, resultaba en un diario de alta calidad que yo leía de cabo a rabo, disfrutando cada una de sus secciones.

Ahora, a mis 30 y tantos años, leer La Nación se ha vuelto una actividad que me genera sentimientos de resignación y tristeza. Resignación, pues a pesar de ser cada vez menos relevante, sigue siendo —en alguna medida— uno de los diarios que sirve como referencia para las tertulias con mi familia y amigos. Tristeza, porque no es la sombra de lo que fue, convirtiéndose en un mercader de la información que pretende ser neutral, cuando en realidad desprestigia a toda aquella institución que deja de comprarle anuncios. Un ejemplo claro es la campaña de ataques al Banco Nacional, cuando la institución retiró los anuncios en el periódico. Además, cabe preguntarse si los constante ataques al gobierno de Luis Guillermo Solís (fundamentados o no) son en parte motivados por la prácticamente nula pauta comercial en este diario.

El diario peca por omisión al no publicar noticias que vayan en contra de su línea editorial. ¡Dios nos libre de darle al pueblo algún indicio que las cosas no van tan mal como se pintan! Por ejemplo, el 27 de febrero mientras La República y otros prestigiosos medios de comunicación resaltaban que, de acuerdo con el Índice Global de Prosperidad, nuestro país es el segundo más aventajado en Latinoamérica, La Nación desperdiciaba sus 1200 cm2 de espacio por página para reportar sobre el “escandalillo” de turno del gobierno.

Este patrón ha sido constante desde el inicio del Gobierno en curso. Sin embargo, mi motivación para escribir estas líneas se generó a partir del texto publicado por el editor general, Armando González, el pasado domingo 5 de marzo: La víspera del retiro de Araya. Este texto será, posiblemente, material de estudio para las escuelas de periodismo en Costa Rica; pero por las razones equivocadas. Utilizando un tono condescendiente, altivo y sumamente grosero para sus lectores, don Armando se pone a sí mismo en el banquillo de los acusados, siendo juez y parte (haciendo gala de su formación de abogado) trata de explicar que, a pesar de la “creencia popular”, este medio no puede quitar ni poner candidatos presidenciales.

El lector puede decidir creerle o no al señor González sobre los detalles de la reunión. Leer quienes fueron invitados, qué comieron, si salieron en carro o en Uber y otros elementos irrelevantes. Todo eso da igual, porque a él no le importa lo que pensemos los ciudadanos que no estamos a su altura intelectual o que no somos accionistas del periódico. Asimismo, me intriga la realidad alternativa que se vive en este medio, para pensar que pueden mover los hilos de la política nacional, cuando es evidente que su influencia y relevancia en la agenda del país, es cada vez menor.

De acuerdo con el Estudio General de Medios IPSOS 2015, La Nación ni siquiera es el diario más leído de Costa Rica, ya que se encuentra detrás de su hermana menor La Teja y muy cerca del Diario Extra. Además, a nivel regional La Nación no es siquiera el periódico más influyente de América Central. Según un ranking elaborado por el Huffpost que mide los diarios más influyentes de Latinoamérica, La Nación está detrás de La Prensa Libre de Guatemala, La Prensa Gráfica de El Salvador y La Estrella de Panamá. ¿En serio necesitan explicar que no tienen el poder de promover la renuncia de Johnny Araya?

Más allá de las absurdas motivaciones del señor González para escribir su artículo; el aspecto que hirió mi sensibilidad fue el texto donde se trata a los lectores, que tuvieron una (natural) suspicacia sobre la reunión, como ignorantes. Yo fui una de esas personas que vio con sospecha la reunión, pues percibo —a través de su contenido— que La Nación se alinea cada vez más con la ideología del PLN (con nula transparencia) y creo que, en una reunión de ese calibre, se debió haber tomado en cuenta una mayor diversidad de medios. Como cliente que soy (pago una suscripción para mi mamá y compro religiosamente cada día al pregón) puedo aceptar el deterioro de su contenido, su imparcialidad y sus omisiones; pero nunca que me traten de ignorante por pensar diferente a lo que dicta su línea editorial.

Finalmente, estoy convencido de la escasa probabilidad de que mi artículo llegue a manos de don Armando González y demás responsables de este nefasto episodio. Si lo hacen, se ampararán en su derecho a la libertad de expresión y reiterarán mi condición de ignorante. No se equivoquen. Las mismas características que ustedes censuran en dicho editorial, son las que han diferenciado a Costa Rica de sus vecinos: nuestra fisga, suspicacia, capacidad de leer entre líneas y nutrirnos de la riqueza derivada de la diversidad de opiniones. Todo esto lo puedo expresar libremente porque, a diferencia de La Nación, a mí no me pagan por escribir, ni tengo que buscar anunciantes para compartir lo que pienso, como ciudadano de una democracia.

Josue Calderón