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Un constituyente así para nuestros días

Rodrigo Facio es el modelo del tipo de legislador que necesitamos.

Días atrás se cumplieron cien años del natalicio de don Rodrigo Facio Brenes, el humanista más importante del siglo XX, en Costa Rica y uno de los personajes más completos que ha tenido la historia costarricense en áreas confluyentes como la política, la educación, la cultura, la economía y el derecho.

Dirigente estudiantil; co-fundador del Centro de Estudios para los Problemas Nacionales, en 1940, del Partido Social Demócrata, en 1945 y del Partido Liberación Nacional, en 1951. También, profesor de las Facultades de Derecho y Economía, Decano de esta última y Rector de la Universidad de Costa Rica por tres períodos; Director del Banco Central, Director Ejecutivo alterno del Fondo Monetario Internacional, funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo y —quizás en su faceta más trascendental, y también la menos conocida— Diputado de la Asamblea Nacional Constituyente de 1949. Su vida tuvo una mezcla pasional de áreas y facetas integrales que lo convirtieron en un verdadero hombre de mundo. Un verdadero trotamundos del buen servicio, el ejemplo intachable y la cortesía en las relaciones sociales.

Aunque la parte más visible de su vida suele ser situada en la Universidad de Costa Rica, merece la pena edificar, por ahora, algunas palabras en torno a su papel como diputado constituyente y su aporte jurídico-político en la Asamblea del 49 para la Costa Rica postrevolución.

Por su profundo pensamiento, su alto nivel cultural y su don de gentes, don Rodrigo se convirtió en el principal ideólogo de la actual Constitución Política. No fue un pensador intransigente, menos dogmático, fue ante todo un caballero que siempre defendió sus ideas con altura e hidalguía. Fiel defensor del pluralismo ideológico, creyó en la idea inmanente de una Constitución Política para un pueblo con puntos de vista diferentes, en constante movimiento, en constante cambio. De allí que, como hombre de acción, de una acción constructiva y nunca destructiva o en retroceso, profesara una idea histórica de la libertad a partir del ensanchamiento creciente y gradual que, del texto constitucional, las futuras generaciones pudieran imprimirle con el pasar de los años. Es decir, en ver al derecho como instrumento de desarrollo y cambio social y no como algo pétreo o inmodificable.

Constitucionalismo social

Su apego moral y espiritual por la vida lo llevaron a considerar a la persona humana como un fin y no como un mero instrumento social. De allí que creyera sin ambivalencias en una justicia social con eficiencia económica, donde la primera no ahogara o matara la segunda, y la segunda tampoco hiciera lo propio con su homónima. En su papel como constituyente abogó por un constitucionalismo social que le permitiera al Estado, bajo la cimentación de un liberalismo constructivista, alcanzar la solución de los problemas generales de la gente.

La visión político-jurídica de don Rodrigo fue imprescindible para confabular por el derecho, y sin dejar de lado los valores supremos del ser, una patria más humana, donde el ser humano de carne y hueso, en su más alta estimativa, se convirtiera en el eje medular del poder. Su combinación del ideal de patria docente, patria jurídica y patria social impregna su sello indeleble en el contenido sustancial de la Costa Rica de mitad de siglo pasado. Lamentable, al día de hoy esta idea ha perdido toda suerte de aplicabilidad y fuerza normativo-social.

Él retrata el perfil modelo de persona que bien haríamos en empezar a imitar para hacerle frente a tantos males presentes en la sociedad costarricense.

El pensamiento de don Rodrigo nos debe modular hoy en día la predisposición cívico-ciudadana en el contexto actual de cosas. Él retrata el perfil modelo de persona que bien haríamos en empezar a imitar para hacerle frente a tantos males presentes en la sociedad costarricense. No puedo dejar de pensar en un paralelismo situacional con la Costa Rica de Rodrigo, en vísperas de la revolución, y la Costa Rica de hoy, curtidas —ambas— por una insoportable indolencia político-social en la estructura y el buen funcionamiento del poder.

En aquella, Facio surge como luz en medio de la tempestad y, convertido en diputado constituyente, enarbola la antorcha de la libertad, convirtiéndose en el artífice del nuevo orden constitucional. Hoy, en tiempos de paz, y a las puertas de un proceso constituyente como el que está llevando a cabo un grupo de ciudadanos costarricenses, todos muy valientes y honorables, su figura vuelve a adquirir actualidad y esperanza sobre cómo debemos comportarnos como habitantes responsables de cara a una transformación que supera las fuerzas individuales.

Ciertamente, y ante la eventual convocatoria a una Asamblea Constituyente en el país, que permita remozar las bases democráticas de nuestro Estado de Derecho, un constituyente así, de ese calibre, con semejantes principios, y con tanto fervor cívico por Costa Rica, nos pondría de nuevo a soñar con un mejor país. Hoy todos estamos llamados a encarnar el modelo costarricense de Rodrigo Facio. Un modelo donde el respeto por la dignidad humana, el amor a la patria, el disfrute de la libertad crítico-constructiva y el calor por los demás —en armonía con el amor al prójimo— nos haga reconsiderar el gran legado de nuestros abuelos; un orden que se asiente en los más apreciados principios fundacionales del espíritu del costarricense.

Don Rodrigo más vivo que nunca. Su legado es hoy nuestro legado. Su turno, es hoy nuestro turno: construir, juntos, una mejor Costa Rica.

Jeffry Antonio Chinchilla