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Lecciones del Brexit para nuestra Democracia

El ejemplo británico permite dimensionar los intereses políticos

Aproximándonos a un año del referéndum en el cual el Reino Unido decidió separarse de la Unión Europea, surgen valiosas enseñanzas que, a nivel político, deberían quedarnos como lecciones de todo lo que es posible en las democracias modernas.

Esto debido a que el Brexit fue la culminación de un movimiento liderado por actores políticos que encontraron en la coyuntura separatista mayor poder del que jamás fueron capaces de detentar. Ese movimiento se vio alimentado por mentiras y medias verdades, propaganda vacía  y trucos publicitarios propios de una guerra mercadotécnica.

Entre los principales instigadores de esta histórica votación resaltan Boris Johnson, exalcalde londinense, y ahora secretario de asuntos extranjeros, y Nigel Farage, eurodiputado por el Partido Independista del Reino Unido (UKIP en inglés) y euroescéptico reconocido.

Actores y líderes se contradicen y persisten los nublados

Hace unas semanas la Primer Ministra, Theresa May, en complicidad con la Casa de los Comunes (House of Commons) –como se le conoce a la cámara baja del parlamento inglés– aprobaron activar el artículo 50 del estatuto orgánico de la Unión Europea (UE). Esta norma es la que efectivamente estipula el proceso y duración para la salida de un país miembro del bloque común.

Sin embargo, algunos miembros del parlamento han expresado sus dudas acerca del proceso, ya que algunos de los encargados de llevar a buen puerto el proceso han mostrado opiniones diversas sobre la rigurosidad de la separación. Lo que han llamado el hard Brexit vs el soft Brexit. El adjetivo califica la supuesta dureza que la UE tendrá con el gobierno británico dependiendo de las políticas y decisiones diplomáticas que tome.

Incluso, el presidente del Parlamento Europeo, el italiano Antonio Tajani, presentó un nuevo escenario posible tras su primera reunión con la Primer Ministra May. Dicha posibilidad se debe a la decisión de May de llamar a elecciones adelantadas, con el fin de definir el nuevo gobierno antes de dar inicio oficialmente a las negociaciones de la salida. Así, según el líder italiano, si se diera un cambio de gobierno, el o la nueva primer ministra podrían retirar el proyecto de salida británica del Parlamento Europeo. Por supuesto, el bloque votaría a favor de esta retractación y con ello cambiaría todo.

Promesas y amenazas

A pesar de lo contradictorio del actual estado del Brexit, todos los involucrados ofrecen sus líneas a los medios y a la ciudadanía reafirmando sus consignas y motivaciones. Por un lado, los que quieren salir, May y el actual gobierno británico, han sido enfáticos en que no hay vuelta atrás. Nigel Farage ha insistido en que la voluntad popular ha de prevalecer, y que deben dejarse lado las amenazas y mentiras. La ironía no escapa.

Por otra parte, desde las instancias de poder político en Europa, Tajani, la Canciller alemana Angela Merkel y otros eurodiputados llaman a conciliar y tomar la mejor decisión posible. No obstante, no faltan las voces que llaman a cortar relaciones de la forma que mejor convenga a la UE. Es decir, “castigar” al Reino Unido en todo ámbito posible, empezando por el económico.

Lo que no debe pasarse por alto es que ciertamente la UE tiene la mejor posición para negociar, pues tiene un poder de veto sobre cualquier trato que los británicos puedan propones que no se ajuste a los mejores intereses europeos.

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¿Y la ciudadanía?

Más allá del referéndum del año anterior, la sociedad ha pasado a un segundo plano. Los políticos se han servido de la retórica que “la sociedad” o “la ciudadanía” les permiten elucubrar. Se ha devaluado a algo así como carta de juego en el tablero del Brexit.

Lo paradójico, y que debería servirnos de moraleja, es que a partir de un llamado a la autodeterminación y participación democrática, es la sociedad la que ahora se encuentra en un estado tan enajenado y proclive a los desequilibrios políticos y económicos que su decisión ha empezado a causar.

La especulación, en este caso, ha sido unos de los principales detonantes de una relativa intranquilidad en mercados poderosos como el financiero que se encuentra al borde de desanclarse de Londres.

Esta especulación es la que ha motivado a los políticos a llenarse las bocas de opiniones más que de hechos, generando un plano político frágil y polarizado que resulta no menos peligroso que las vociferantes voces de odio que tienden a aparecer en tales contextos.

 En Costa Rica…

Recientemente presenciamos la victoria de Antonio Álvarez Desanti sobre sus rivales de partido por la candidatura del mismo. La jornada electoral se extendió varias horas, días incluso, y ello sacó las (¿verdaderas?) caras de los involucrados. Pero, con la victoria resuelta, Álvarez entonó palabras de calma llamando a la unidad y transformación del partido. Lo mismo se escuchó en el Reino Unido el 24 de junio del año anterior.

Semanas después, viejos conocidos ya calculan su regreso al partido con más historia del país. Incluso, Álvarez se retractó del anuncio inicial tras anunciarse su victoria, de que no aceptaría a Figueres en su campaña presidencial.

Desde ya algunos de los candidatos manejan sus discursos alrededor de temas sensibles pero incendiarios, y altamente atractivos para segmentos de la población muy específicos. Esto se da de forma muy similar al manejo que se hizo en el Reino Unido sobre la autodeterminación del pueblo británico, y la soberanía nacional(ista).

Las trampas populistas son muchas, a veces más evidentes que otras, pero siempre a la orden del día. Es una cuestión que trasciende el llamado espectro ideológico (izquierda-derecha), ya que implica la deconstrucción de un modelo social establecido y el reforzamiento de una hegemonía elitista de políticos-empresarios.

La principal lección que debe quedarnos, y la que debemos repasar durante los próximos meses y años de negociaciones del Brexit, es la facilidad con la que las palabras construyen mundos irreales. Con ello, debemos hacer un esfuerzo reflexivo de verdadera crítica ante posturas y opiniones y, más aún, de quienes las externen, ya que son estos quienes replican y refuerzan las ideas nocivas que una sociedad como la nuestra no debe permitir.

Dichosamente tenemos un ejemplo vivo y en desarrollo de lo que la politiquería puede causar. Estamos a tiempo de tomar las precauciones del caso y adelantarnos a quienes busquen sacar ventaja del cinismo y falsos sentimientos nacionalistas que sólo sirven al odio y la distancia.

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Roberto Cruz Romero