Joselyne Sánchez expone los vínculos fundamentales que existen entre la política y la religión, así como sus efectos en las elecciones; en especial, el pasado período electoral costarricense, donde la influencia de los partidos evangélicos fue de las más relevantes.

Foto: AP Foto/Fernando Vergara

A través de los últimos años, tanto a nivel nacional como regional, nuevas denominaciones cristianas se han tomado un terreno en la política partidaria e institucional, y han logrado ubicar a sus representantes en importantes cargos políticos legislativos. La relación entre la política y la religión ha sido un fenómeno constante en la historia de Costa Rica, quien se ha caracterizado por regirse bajo un Estado Confesional. El escenario político se ha visto potenciado por nuevos actores políticos confesionales, principalmente de carácter evangélico. Gracias a esto, los grupos cristianos empezaron a manifestarse mediante la creación de movimientos sociales que posteriormente se transforman en partidos políticos fuertemente consolidados.

Los partidos políticos evangélicos que se han formado en el país no han tenido ningún problema en confesionalizar la política; es decir, en utilizar sus dogmas como bandera principal para legitimar sus discursos y su posición respecto a temas de interés nacional, principalmente aquello que compete al aborto, el matrimonio igualitario y el Estado laico. Los operadores políticos son conscientes de la necesidad de movilizar a las y los votantes con orientaciones religiosas para activar plataformas que direccionen marcos valorativos previamente socializados. Las y los sujetos son construidos mediante una compleja interacción discursiva y un entreje de juegos de poder, lo que lleva a analizar la identidad de un partido político a través de su discurso público.

El poder de la palabra

En los pasados comicios electorales nos topamos con una oleada de diversos discursos provenientes de distintas vertientes políticas, en donde posicionarse sobre temas como la aprobación del matrimonio igualitario, la despenalización y legalización del aborto, el Estado laico o algunos otros puntos de la “agenda de la muerte” o “ideología de género”, tal y como le llaman algunos de los cristianos a los temas que chirrían sobre la moral religiosa y que han puesto en guardia a sus líderes, se vuelve fundamental para ganar o perder votos. Estos actores políticos son amigos de la causa que ellos mismos posicionan como “nuevos derechos humanos”, a los cuales las fuerzas intentan neutralizar con su agenda “pro-vida” y “pro-familia”, llegando así al punto de organizar marchas “por la vida” en conjunto y de presentarse mezclados en las opciones electorales.

Los discursos públicos activan esquemas conceptuales previamente socializados, especialmente en el proceso de enmarcar temas, asuntos y conceptos muy específicos, ya que los partidos políticos estructuran la realidad y la comunican de múltiples y diversas formas, otorgándole significados distintos. En ese sentido, los partidos políticos confesionales se valen de sus creencias religiosas para atribuir de significado a las estructuras y a las dinámicas sociales, valiéndose de mensajes simbólicos que atañen discursos fuertemente ligados a sus doctrinas evangélicas para justificar sus posiciones políticas respecto a los temas anteriormente mencionados.

En ese sentido, es fundamental visualizar el vínculo entre política y religión en el marco de la toma de decisiones del o la votante, ya que al actuar sobre las definiciones personales y abogar por discursos que se basan en lo que la persona cree y lo que se alinea a sus ideales políticos — porque involucra la fe y tocan emociones que influyen en sus posiciones y estructuración de opiniones — se inclinarán, eventualmente, a votar por un partido que responda a lo que Manuel Castells llamaría avaros cognitivos (buscar información que confirme creencias y costumbres), en donde las personas tienden a seleccionar la información que favorece aquella decisión a la que se sienten inclinados a tomar. Por esto, los estados mentales de los votantes determinan las elecciones porque, en palabras de Castells, el cerebro político es un cerebro emocional y el poder se genera en los remolinos de la mente.

Economía política de las emociones

Partimos de que la socialización tiene un peso importante en la creación de una cultura política. Esta socialización puede pasar por distintos tipos de instituciones: la familia, el grupo de pares o la educación formal regulada por el Estado. También la institución religiosa puede tener un peso en la creación de esta identidad. Acá resulta importante preguntarse por el peso que puedan tener los círculos colectivos a los cuales se adscriben los sujetos. El concepto de comunidad emocional rescata el acento en los sentimientos y su carácter social/colectivo. Es en el colectivo donde se expresa la pasión, se elaboran creencias comunes y también se busca el resguardo en un “nosotros”. Por lo tanto, un aspecto como la emoción trasciende lo individual y, por el contrario, resulta un fenómeno colectivo ligado al espacio social y que puede superar al grupo mismo. En ese sentido, se vuelve necesario estudiar los continuos reagrupamientos de masas que dan lugar a una comunidad de afectos, en donde las personas se hacen efectivamente personas.

Son los rituales y los gestos rutinarios sin finalidad los que favorecen a la agrupación (el ethos común). Las comunidades emocionales se caracterizan por su forma estilizada y fluctuante, y por su capacidad para agruparse y reagruparse. Según Weber, estos reagrupamientos se encuentran en todas las religiones y, en general, al lado de las rigideces institucionales. Es así como el discurso político se encuentra transversalizado por mecanismos de contagio del sentimiento o de la emoción vividos en común, ya que del lazo entre la emoción compartida y la comunalización abierta, se suscita esta multiplicidad de grupos que llegan a constituir una forma de lazo social al (final de cuentas, muy sólido). Es en este marco en donde la dimensión espacial — el compartir los mismos lugares –, la elaboración de creencias comunes, las rutinas y las pasiones fundamentan la agregación social y estimulan la emoción colectiva.

Del culto al plenario

Una de las características que presenta el fenómeno de los partidos evangélicos es su doble participación en dos espacios principales: uno es el plenario legislativo y el otro son las iglesias. Asimismo, se da el detalle que muchos de sus diputados u otras figuras con puestos de elección popular son, en buena parte, pastores o un pequeño grupo que se hacen llamar ‘motivadores de vida’.

En una investigación realizada por Camila Salazar (2017) para el periódico La Nación, esta realizó entrevistas a los fundadores de los Partidos Renovación Costarricense y Restauración Nacional, Justo Orozco y Carlos Avendaño, respectivamente. Ambos coincidieron en un aspecto principal y es que el motor electoral de estos partidos son la defensa de valores que ellos consideran están en el alma del costarricense; estos valores se materializan en temas específicos como la oposición al aborto, a la fecundación in vitro (FIV) y la defensa de la familia tradicional, posicionándose en contra de la legalización del matrimonio igualitario y las sociedades de convivencia: temas que encasillaron bajo el término de “ideología de género”.

Asimismo, se relaciona la fuerza y auge de estos partidos por el papel que juegan los miembros en papeleta pues, como ya se sostuvo, muchos de estos tienen un papel activo en congregaciones, iglesias y colectivos evangélicos. Por lo tanto, adquieren un tipo de capital social que puede ser transformado en un capital electoral; es decir, utilizar la red de interacciones que le facilita su activismo en cualquier colectivo espiritual y transformarlo en votos.

En ese sentido, lo que intentan las campañas, las propagandas y los discursos políticos es conectar imágenes concretas con experiencias concretas para activar (o también desactivar) la colección de marcos cognitivos que ayuden a motivar el apoyo a un actor político determinado o identificación con un partido político específico.

El fantasma de la “ideología de género”

El término de ‘ideología de género’ irrumpió en el ideario político de las pasadas elecciones presidenciales. Este término recubre distintos temas o fenómenos que, desde la mirada de estos grupos, son parte de la degradación de la sociedad o se trata de una teoría de conspiración contra lo que ellos consideran natural y esencial de ser costarricense. Los movimientos feministas o los movimientos LGBTIQ+ son algunos de los fenómenos que estos grupos consideran promotores de tal ideología, anormalizando sus luchas y logros.

Este concepto tiene gran incidencia en las susceptibilidades de las personas, dado que tiene una moral marcada por una dicotomía de buenos y malos, tal como sostiene Lakoff (2011): “el enmarcado tiene que ver con elegir el lenguaje que encaja en tu visión del mundo” (p. 7); el lenguaje es la manera en que se transmiten las ideas, y reproducir o repetir un término crea una otredad.

Posicionarse en este tema tiene un peso político importante, ya que este posibilita estar adentro o afuera de los valores que para los electores, son importantes. Como ya mencionamos, ‘ideología de género’ embolsa distintos temas, tanto de agenda política como fenómenos culturales: cuando un candidato u otra figura política se posiciona afuera es fácilmente etiquetado y encasillado en este concepto. Claramente, el actual proceso político pasa por una creación dicotómica y cuasimonotemática de estos temas. No afirmamos que toda la campaña política de los partidos esté situada en este, sino que tal tema tiene una capacidad de reacción entre la población, y es difundida y reproducida entre los medios de comunicación nacionales.

Es imprescindible realizar conexiones ante todo lo mencionado anteriormente, ya que permite verificar el papel tan importante que cumplen los discursos en las actividades políticas, los cuales están permeados y atravesados por dinámicas emocionales que proyectan y crean identidades específicas, a la vez que consolidan comunidades que acogen intereses y objetivos comunes. De esta manera, el lenguaje, las palabras, los mensajes y los discursos se convierten en capital político-simbólico que se manifiesta en las urnas, donde los representantes de los partidos políticos confesionales consiguen apoyo a partir de la doctrina religiosa que se convierte en opción política.

Joselyne Sánchez

Estudiante de Sociología de la Universidad de Costa Rica. Participé en el Congreso Centroamericano de Estudiantes de Sociología 2018 con esta ponencia.

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