¿Por qué hablar sobre la muerte en Costa Rica?

Fotografía por Wendi Aguilar Orozco

El por qué de este artículo es todo un berrinche personal pero a su vez con un peso, esperaría, social y político. No pretendo tampoco hablar sobre la materialidad de la muerte, los rituales alrededor de la misma o la moralización de las distintas prácticas pre y post mortem. Interesa aún más la comprensión de la relación del ser humano con este hecho que, sabemos, nos llegará a todas y todos algún día. Es decir el cómo estamos interpretando la muerte en Costa Rica y como esta lectura e invisibilización histórica del tema en nuestro país, ha tenido repercusiones sociales que merecen la misma atención política a nivel de educación que por ejemplo, la sexualidad, el feminismo y las afectividades. El suicidio ha sido una de esas repercusiones. Consecuencia que además se ha ido desarrollando como el fenómeno social que es, silenciosamente.

El pasado mes se empezó a implementar el “Protocolo de atención a la población estudiantil que presenta lesiones autoinflingidas y/o en riesgo por tentativa de suicidio”, del Ministerio de Educación Pública (MEP), en coordinación con la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS). Su implementación tiene como fin la disminución de la incidencia de los casos de suicidio en población joven, específicamente adolescente. Además pretende atacar el fenómeno como una problemática nacional, enfocándose en el trato preventivo individual de las y los jóvenes que cumplan con una serie de características psicológicas que indiquen si son, o no, candidatas y candidatos para el seguimiento del plan.

Fotografía por Wendi Aguilar Orozco

El suicidio, aunque sea una forma más de morir, alberga en sí una serie de motivaciones individuales que han sido reducidas muchas veces a un mero resultado de algún trastorno mental. Es una decisión personal que está sujeta a la incapacidad para encontrar razones suficientes para continuar existiendo. La situación aquí es que, aunque el suicidio sea en efecto una consecuencia inmediata de un trastorno o condición de salud mental, estos a su vez son consecuencias de factores externos y por lo tanto sociales. Supongo que el protocolo es un primer paso que quiere atender a la brevedad aquellos casos que por urgentes y emergentes, requieren de una atención expedita y por lo tanto individual; pero qué error sería olvidar el bagaje social y los condicionantes políticos, económicos y geográficos que arrastra el suicidio como el fenómeno macrosocial que es.  Me refiero a que parece ser más sencillo fortalecer la supuesta “sanidad mental” de todos y todas, que cambiar las circunstancias sociales del país.

Una lectura cultural: Costa Rica y la muerte

Cada artículo y tesis que se encuentra sobre el tema, suele partir de una universalización de la muerte como un temor constitutivo del ser humano. Por mi parte, y desde quizás un foco un tanto particular y antropológico, creo necesario desmentir esta tradicional afirmación. Puede (y recalco, “puede”) que la muerte a grandes rasgos sea aquello a lo que Occidente le teme y por lo tanto traduce implícitamente dentro de la organización social en pequeños actos, prescripciones y prohibiciones que no permiten que olvidemos que la muerte está presente entre los vivos. De esta manera, si hay algo “universalizable” de la muerte, es quizás que ocurre en la cotidianidad y va a ocurrirnos a todas y todos cuando haya un daño inminente en nuestros cuerpos.

Por otro lado, hablar de “Occidente” como una categoría de análisis espacial y además simbólica, a la cual tanto usted como yo pertenecemos de alguna manera, invisibiliza usualmente aquellas salvedades culturales que nos sirven como contraejemplos para ampliar nuestra mirada a veces determinante y reduccionista, de lo que consideramos y entendemos como “muerte”. Muchas culturas miran a la muerte con los mismos ojos que el dormir o el consumo de sustancias alucinógenas: en estas situaciones “el espíritu” o “alma”, abandona el cuerpo para luego “volver”.

En cada cultura hay intercambios complejos entre lo que se entiende por “la vida” y “la muerte”, muy distintos de lo que hemos traducido como “normal” y “natural”. La manera en que culturalmente construimos el acto de morir, no es algo que por el bienestar de un pseudo objetivismo científico debamos por lo tanto, universalizar y justificar como un simple temor indiscutible; mucho menos, determinar cómo debería ser entendido. Y Costa Rica no es la excepción.

Fotografía por Wendi Aguilar Orozco

Quizás Costa Rica, por otro lado, sí le teme de alguna manera a la muerte y quizás por ello no encuentro (aparte de estudios en psicología) material académico que ayude a visualizar la magnitud del fenómeno y sus repercusiones en el país. Ahondar en la configuración histórica del país, podría ser un primer paso a nivel de análisis para comprender de dónde proviene este silenciamiento de la muerte. Por ejemplo, la religión católica es uno de los factores que está presente en la construcción identitaria de nuestra sociedad. ¿Cómo influye la religión en nuestra visión de la muerte? ¿Se ha moralizado la muerte? ¿Es vista como “buena”, o “mala”? ¿Qué deviene conceptualmente de la muerte según la religión y cómo influye culturalmente? Con esto no vengo a poner el peso en este factor. La sociedad y sus resultados son multifactoriales y por eso, complejos a la ahora de su análisis. Es esta complejidad social la que deberíamos intentar desenredar lentamente, si se quiere comprender la profundidad del iceberg y no solamente su punta.

Reflexiones a futuro

Aunque no se pueda afirmar con certeza si es temor lo que propició el no hablar de la muerte en Costa Rica, algo es seguro, y es lo poco explorado que está el tema a nivel social. No es únicamente el suicidio al que, como país, deberíamos traer a la mesa de discusión, ni es el único fenómeno social que se vería enriquecido con una comprensión más amplia de nuestro concepto de la muerte. El aborto, la muerte digna y otros temas relacionados a la bioética se encuentran en línea de espera cuando de derechos humanos se trata. Cabe resaltar, eso sí, que el suicidio es un tema con potencialidad de estudio en el país y que además por poco, debería ser abordado con una perspectiva de género y sumo cuidado. La educación y la comunicación son herramientas que fomentan con mayor rapidez los cambios y transformaciones sociales que, hemos de recordar, son por sí solos procesos lentos y tediosos. Ya existen espacios informales de discusión e iniciativas como la implementación del protocolo, introducen en la sociedad costarricense oportunidades para hablar de estos y muchos otros temas de importancia nacional.

El reconocimiento de nuestra cercana muerte renueva nuestra apreciación sobre la existencia.

Cristina Barquero

Estudiante de antropología y filosofía de la Universidad de Costa Rica. Me gusta la gente (y el porqué hacen lo que hacen), el vino, la muerte y bailar a ratos.

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