Francella Rodríguez Calderón nos expone una crítica vehemente hacia varias concepciones del lenguaje y nos llama a ser mucho más inclusivos con un ‘nosotras’.

El lenguaje inclusivo surge como una alternativa a la condición sexista del lenguaje. Es sexista porque representa una herramienta que perpetúa al patriarcado, ese sistema en el que los hombres ejercen poder sobre las mujeres y dominan en todos los espacios sociales, sexuales, económicos, etc. Esa es la realidad material.

El lenguaje ha servido para presentar, naturalizar y preservar lo masculino como norma, mientras que lo femenino se ha relegado a la otredad, lo ajeno, lo distinto. El uso del masculino “genérico” es una prueba de ello. Al decir “los profesores”, “los científicos”, “los doctores” y otros, se proyecta una imagen masculina que refuerza la idea de que no existen mujeres en estas profesiones, como de hecho sucedió por siglos, y aún hoy sigue sucediendo, aunque cada vez en menor medida (gracias a la visibilización).

Debido a esto, el lenguaje inclusivo se plantea como una necesidad de visibilizar a las mujeres, la mitad (o más) de la población. Esta necesidad se vuelve imperante sobretodo porque molesta hablar de mujeres. Y esa molestia se evidencia con solo ver la negativa a usar un lenguaje inclusivo que nos permita nombrarnos. Es innecesario, inútil y cansado. De pronto a todos les interesa la economía del lenguaje. De pronto las mujeres siempre entramos en el masculino, de pronto es solo paranoia nuestra el sentirnos excluidas.

Pero evidentemente no es así, nunca fue así y algo de esta resistencia se asoma cuando los hombres se niegan a sumarse a una mayoría de mujeres: resulta que no, que deben ser nombrados, que no están de acuerdo en ser incluidos en la ‘a’ de “todas”, “nosotras”, “ellas”. Es una resistencia férrea a ser percibidos como femeninos aunque sea en nombre de la economía del lenguaje. Ellos siempre exigen ser nombrados. Bueno, ahora nosotras también.

Tres propuestas de lenguaje inclusivo

Primero, tenemos el “los y las” (desdoblamiento). Este, aunque se considera tedioso por repetitivo, parece que cada vez más personas lo usan, sea por convicción o por compromiso. Esta alternativa, si bien atenta contra la economía del idioma, deja claro que hay unos y unas, ellos y ellas: los hombres de siempre y las mujeres de nunca. Logra la principal meta: visibilizar. Luego tenemos las alternativas más gráficas como la ‘x’ o el ‘@’ que surge para evitar tanto desdoblamiento y ahorrar espacio a la hora de escribir. Pero precisamente es esta cualidad la que hace que no funcione en la oralidad y se deba volver al desdoblamiento. Además, la ‘x’ inconsciente y constantemente la leemos como masculino, restando efectividad en la necesidad de visibilizar a las mujeres.

Más recientemente se ha popularizado el uso de la ‘e’ para denotar lenguaje inclusivo. Sin embargo, esta opción funciona más como neutro, por lo que no visibiliza si no que más bien neutraliza, y plantea una presunta inclusión o visibilización que no es precisamente beneficiosa. Cuando lo usamos en casos generales, quizás funcione al decir “todes” o “bienvenides” para evitar el desdoblamiento. Sin embargo, – y acá viene la parte problemática – cuando hablamos de patriarcado, violencia contra las mujeres, violencia machista o derechos humanos, podría presentarse como una doble trampa, como una manera de invisibilizar y ocultar un problema que sabemos que tiene nombre y apellido. Resulta que popularizar el uso de la ‘e’ a la larga va a resultar en un “les agresores”, “les violadores”, “les acosadores”, lo cual oculta el hecho de que más del 90% de “elles” son más bien ellos, hombres, hijos sanos del patriarcado ¿no?

Otro ejemplo de esto sería decir “les víctimas” cuando hablando de violencia sexual, de violencia doméstica, de acoso, o decir “aborto para todes” cuando deberíamos estar hablando de los derechos reproductivos de las mujeres, que son oprimidas precisamente por ser un “ellas”, independientemente de la identidad de género auto-percibida (porque así funciona el patriarcado, no pregunta porque no le interesa).

Nombrarnos es esencial cuando hablamos de nosotras las mujeres, las que somos oprimidas en beneficio de un sistema que explota nuestra capacidad reproductiva, que nos explota sexualmente, que nos enseña que lo femenino es despreciable e inferior; un sistema que criminaliza a aquellos que transgreden los límites de la masculinidad y abrazan la feminidad, traicionando a los hombres y su impuesta masculinidad; un sistema que persigue y castiga a las mujeres que presentan características socialmente consideradas masculinas, a aquellas (muchas, la mayoría) que no se ajustan a los patrones estrechos de la feminidad. Para ellas no basta un ‘todes’ ni un ‘bienvenides’. Necesitamos un ‘nosotras’ con todas las letras.

Ahora bien ¿qué alternativa nos queda? Yadira Calvo, filóloga costarricense, explicaba cómo es importante poner un esfuerzo para nombrarnos siempre en femenino y en la medida de lo posible, buscar alternativas colectivas o abstractas. Por ejemplo, hablar de “personal médico” en lugar de “los doctores” o “los profesionales en salud”, el personal docente en lugar de “los maestros/profesores”, decir “quienes asistieron” en lugar de “los y las que asistieron”…

Además,  considero que deberíamos empezar a utilizar el femenino “genérico” para visibilizar, pero sobre todo para incomodar a quienes desprecian lo femenino y lo consideran inferior; a quienes exigen ser nombrados aunque haya una multitud de mujeres; a quienes esperan que una ella use un ‘él’ porque es lo que le corresponde; a quienes prefieren decir “los profesionales” pero exigen un “los y las machistas” porque “también hay mujeres machistas”.

Debemos feminizar el lenguaje, sin miedo, sin titubeos. Nombrarnos como mujeres, como las, como nosotras, como todas sin permiso, siempre y para siempre.

Francella Rodriguez Calderón

Escribo en lenguaje inclusivo siempre. Si está en masculino, es a propósito. Soy feminista, no de las divertidas.

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