En medio de una ola de frío que dejó desconcertados a quienes transitamos San José a diario, la cineasta costarricense Hilda Hidalgo se sentó a hablar con Contexto de su última película

Violeta al fin (2017) cuenta la historia de una mujer de 72 años, recién divorciada y a punto de perder su casa. Esto fue lo que nos contó su directora:

¿Por qué decide hacer una película sobre la vejez? ¿De dónde surge la idea?

Yo pensaba que estaba haciendo una película sobre la vejez y en el proceso me di cuenta que era una película sobre la libertad. Descubrí que la vejez trae cierta libertad, una posibilidad de autonomía y de tomar decisiones propias.

La primera imagen que tuve de la película fue una foto que le tomé a mi mamá hace unos 25 años, ella estaba empezando su tercera edad y se encontraba en la Estación al Pacífico, que tenía una arquitectura art déco muy simétrica. Mami estaba de pie en medio de dos escalares que se encontraban uno frente a otro, ella era la única figura que rompía esa simetría perfecta. Yo quería hacer una película sobre esa mujer, no necesariamente mi mamá, sino una mujer que llevó una vida muy convencional y logró liberarse de cierta manera.

En el 2003 retomé el proyecto, en ese entonces llamado ‘Estación Violenta’, pero vino ‘Del amor y otros demonios’ (2009) y hasta el 2011 pude retomar la idea y crear el universo de Violeta como luce en la película.

Violeta es un personaje muy sólido y en parte es gracias a los distintos espacios en los que se desarrolla: con sus amigas, sus hijos, su nieto… ¿Cómo fue el proceso de construcción del personaje? Tomando en cuenta el proceso colectivo de distintos elementos como la interpretación de Eugenia Chaverri.

Efectivamente, el personaje fue creciendo en distintas dimensiones; tanto la interna, espiritual, propia e íntima, su fe, por ejemplo. Como las del mundo que la rodea; sus relaciones afectivas con sus hijos, su ex marido, su nieto, sus amigas… con esos elementos se va desarrollando y conformando su universo.

Siempre he creído que los personajes son una creación colectiva más allá de los actores y guionistas, hay un sonidista que se imagina cómo suena la casa de Violeta de noche, una directora de arte que se encargada de colocar cada plato, cada taza, cada cosa que hay en la casa de Violeta, cada uno va poniendo su grano de arena, su visión y entendimiento del personaje.

Obviamente son los actores y actrices quienes finalmente dan su cara y hacen que el personaje cobre vida. En el caso de Eugenia, tuve la suerte de hacer unas pruebas en una piscina unos años antes de la filmación, cuando ya le conté que quería que fuera Violeta se dio un trabajo de doble vía en el cual improvisábamos mucho. Eugenia es una actriz que tiene una capacidad de imaginación impresionante, empecé a escucharla y a sentirla y al final muchas de esas improvisaciones terminaron incorporándose al guión.

La casa y el jardín de Violeta terminan siendo otro personaje más, ¿cómo fue el proceso de escoger esa casa?

Quería una casa en la que el jardín y el espacio habitado estuvieran integrados. En la historia arquitectónica de Costa Rica, hace muchos años los patios de atrás estaban muy separados de la vida social del resto de la casa, luego hubo un momento el cual el jardín y la casa empezaron a integrarse y se dan las terrazas o salas que dan hacia el patio. El arquitecto que nos asesoró, Andrés Fernández, nos indicó que estas casas empiezan a construirse en la década de los 30 y 40.

La buscamos en todos los barrios tradicionales de San José: Amón, Escalante, Otoya… fue muy difícil encontrarla porque muchas ya habían cementado los jardines, otras del todo no existían y ahora eran parqueos. Fue muy complicado, pero trabajamos con scouters con mucha experiencia que dieron con esta casa en el barrio González Lahmann, que tiene ese jardín fuera de serie. Terminé trasladando muchas escenas al jardín porque nos dejó cautivados a todos con su magia.

La película captura toda la esencia costarricense sin caer en una serie de estereotipos que se le suelen dar a la imagen tica, ¿cómo logra ese balance?

A veces la gente quiere meterle ciertas características a sus productos para vender “lo nacional”, pero creo que uno no puede hacer algo que no sea nacional. Yo soy tica, no soy sueca ni peruana, eso, se quiera o no, a cualquier autor se le sale, siempre se sale lo que somos. Uno hace una labor de observar y a partir de ahí plantea universos o posibles realidades que difícilmente se separan de nuestra realidad inmediata.

Hilda Hidalgo en un taller del 10 de diciembre. Fuente: costaricacinefest.go.cr

Del 2009, cuándo se estrena Del amor y otros demonios, a la actualidad, ¿qué considera que ha cambiado en el mundo del cine costarricense que ha permitido el estreno de 12 películas nacionales este año?

Es la suma de varios factores, muchos empezamos en la Escuela de Ciencias de Comunicación Colectiva de la UCR y nos fuimos a estudiar afuera, en mi caso me fui a Cuba. Cuando empezamos a regresar buscamos producir acá y se hacen los primeros festivales, se crean las primeras escuelas de cine, los primeros fondos como Cinergia. Cuando empecé con ‘Del amor y otros demonios’, Costa Rica ni siquiera estaba en la CAACI (Conferencia de Autoridades Audiovisuales y Cinematográficas de Iberoamérica) que nos iba a permitir entrar el programa Ibermedia para coproducir con otros países.

Estamos en una coyuntura especial, si bien estamos creciendo exponencialmente en comparación al pasado no tenemos la fuerza que deberíamos, todavía no estamos donde deberíamos estar. En Costa Rica, el 95% de películas que llegan a salas de cine son norteamericanas. Vengo de Corea del Sur, donde estrené ‘Violeta al fin’ en el Busan International Film Festival. En Corea del Sur, en el año 93, se pasó una cuota de pantalla que exigía a las salas de cine mostrar películas nacionales. Se hicieron 10 películas, luego en 1999 se aprobó la ley de cine y en la actualidad se hacen 338 películas al año, representado el 60% del mercado. Estados Unidos entendió esto en los años 20, son esfuerzos que responden a decisiones políticas que reconocen el poder transformador, económico y político que tiene el cine.

Para cerrar, ¿qué significa y qué oportunidades trae un espacio como el CRFIC17?

Es un espacio de lujo porque nos permite ver cine de muchísimas latitudes que de otras maneras es imposible ver en Costa Rica. Mi papá me dice, ¿por qué yo no puedo ver cine de Bélgica, de Francia o de Colombia? Qué difícil la respuesta.

El festival le permite al público conocer otras maneras de narrar que hasta más cercanas nos pueden parecer. Me acuerdo de la primera vez que vi una película de Guatemala, tenía 18 o 19 años, estaba sorprendida de ver personajes que se parecían a mí, a mis tíos, calles que se parecían a las de mi barrio. Tenemos un derecho como público de conocer otros productos, el festival es una ventana maravillosa que espero se fortalezca y crezca cada vez más.

Estudiante de comunicación. De las letras y sus historias.

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