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Apego

Desde temprano oí la regañada que le cayó a mi vecinito.

Es el hijo de los encargados de las cabinas de al lado de mi casa. Tiene el nombre en inglés pero yo le digo Eugenio, nombre hermoso que quiere decir el bien nacido. A veces me lo llevo a pasear a la playa. Desde que me ve venir se le ilumina la cara. Es muy llorón para sus cuatro años, lo cual desespera a su papá que trata de callarlo a gritos y le dice “idiota” y “estúpido”. Eugenio llora más.

Poco antes del mediodía pasé a buscarlo para ir a la playa. Me lo encuentro sentado en una gradita mientras la mamá hace oficio. Tiene la mirada tristísima y no le cambia al verme. Jale a la playa, le digo. Niega con la cabeza. Vaya, mi amor, vaya con la vecina, le dice la mamá. Él parece dudarlo. Jale, y hacemos esculturas en la arena, ¡hagamos un pulpo con cola de sirena!, le digo, le encantan mis tonteras. Y quiere, la playa le gana hasta a la tablet nueva, pero niega, apesadumbrado. La mamá me explica que el papá lo regañó y Eugenio lleva así toda la mañana. Qué pereza con los papás regañones, no haga caso, aproveche, vamos a divertirnos a la playa, le digo. Vaya con la vecina, mi amor, mamita le da permiso, refuerza su madre. Nada. Me tuve que ir sola. Creo que no hay nada en el mundo que le guste más a Eugenio que la playa, pero ahí se quedó, atado a su dolor.

¿Saben qué?, ese cliché que dice que el amor es libre… es cierto, y sobre todo lo contrario: cómo atan el resentimiento y la humillación. Por qué para Eugenio el bien nacido irse a jugar a la playa sólo era posible con una sonrisa de su papá. Si esto fuera un cuento, lo titularía: Apego.

Catalina Murillo