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Demolición de las fórmulas

Todos los caminos llevan al lugar común.

Cuentan muchos reportajes que he estado leyendo, a propósito de un caso judicial infame —la muerte de cinco personas a cuchilladas locas de un vecino—, que este “terrible hecho” debe llamarnos a la reflexión y, por supuesto, hacer que “pongamos las barbas en remojo”.  El epíteto para describir el crimen y el consejo adjunto podemos recibirlos con agradecimiento, desidia o extrañeza; yo decido leerlos con algo de vergüenza ajena y, por qué no, con sorna. La misma sorna con la que recibo la narración de un partido de fútbol en el que un centrodelantero “referencia” con más o menos éxito a un volante, y en el que “el esférico entra en el marco, allá donde tejen las arañas”, en un golazo desde fuera del área.

Dejando los reportajes y los partidos de fútbol de lado, leo novelas plagadas con “frentes perladas por las gotas de sudor” y soles “implacables que rompen el cielo despejado”. Leo fórmulas, frases hechas, nuevas modas en la expresión escrita que, quizá –la certeza acá es desesperanza-, en cincuenta o cuarenta, o incluso diez años, formarán un mapa de usos comunes en el arsenal expresivo de las profesiones que lidian con lo comunicado.

Claro está, en esta época cargada de fórmulas y usos comunes, las formas visuales de representación también están minadas por el abuso, la repetitividad y el desgano: entregarse a lo manido es una forma cotidiana de la derrota, una que admite que los giros originales consumen más tiempo en la elaboración y encuentran más barreras de comprensión, por lo cual evitarlos no solo es sabio sino que francamente obligatorio. Veo todos los días fotografías de una pareja que se ama, que está cerca de casarse, y los cuatro brazos de esa pareja están en idénticas posiciones que los de otras miles con las que también me topo diariamente, en redes sociales; sus expresiones de arrobamiento postizo, sus brazos que forman un enorme corazón, sus labios que se tocan en un punto de exacta geometría y sus piernas levantadas en una pose de tensión compositiva, idénticamente amorosa que las otras miles, idénticamente olvidable. Y, claro, están las hermosas imágenes de una madre que luce orgullosa su vientre de seis meses con los zapatitos de su engendro que se sostienen allí casi milagrosamente, y las de sus dedos acorazonados que rodean el ombligo, fuente de nutrición y vida.

Y así podría seguirse si fuera nuestro afán enumerar lo tantas veces dicho, escrito o ilustrado, y a fuerza de enumeración y repetición el resultado no sería sino el de recordarnos que una época está hecha de fórmulas comunes y de expresiones manidas y sobreutilizadas, y que de entre ellas, luminosas, escasas y sorprendentes, destellan las que buscan la forma nueva y que, abriéndose paso y renunciando al cliché y al lugar más que común, terminarán demoliendo terrenos y creando unos nuevos, fértiles.

En esos terrenos fértiles, eso sí, crecerá el monte de lo idéntico, más temprano que tarde, robustecido, grueso, listo para ser arrancado.

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Guillermo Barquero