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Yolanda Oreamuno, puente nuestro

Yolanda Oreamuno (YO).

Un nombre simple, con una "ye" elegante, seguida por una "o" antecesora de esa "O" grande y significativa; juntas, la "ye" y la "O" conforman esa actitud ante la vida de construcciones individuales y colectivas que siempre derivan en un YO sobreviviente, íntimo y subversivo. Un antropónimo es un conjunto de palabras, obligatorias de un pasado, que unitariamente constituyen de forma simbiótica una personalidad en el cuerpo nombrado. Qué asombrosa es esa función implícita de los nombres: no podemos imaginar a una Ana Oreamuno, porque la "a" no podría imitar esa sonoridad fluctuante de la "ye" con las letras "o", "l", "a", "n", "d" y "a"; ni tampoco Felicia Ortega, porque su padre no era Ortega, sino "Oreamuno"; y su madre, "Margarita", y a las margaritas no se les da bien las felicias, sino las yolandas, y así fue como llamó a su hija un 8 de abril de 1916.

Y fueron esas siglas, Y.O., las escritas al final de sus obras más notables—Ego en su ensayo parteaguas ¿Qué hora es?—. Un YO que confirió a la literatura costarricense un despertar necesario ante tanta literatura dormida en la representación de una demoperfectodemocracia fantasmática. Este YO, mujer, consciente y humano, y por lo tanto sufriente, evidenció un ámbito poco explorado por los escritores de la época, el espacio privado: allí donde confluyen las emociones, las cicatrices, las inseguridades, las violencias y las evasiones. Mientras la generación del cuarenta representaba problemáticas sociopolíticas, Yolanda Oreamuno, excepcionalmente, plasmó “lo que ella vivió y sintió [motivada por] una energía y conciencia pensante” escribió Victoria Urbano. ¿Pero cómo separar lo interior de lo exterior, lo privado de lo público, lo racional de las emociones, lo político de lo personal? Es ahí donde Yolanda, con su prosa “brillante y dolorosa”, nos enseña a comprendernos como seres inevitablemente complejos, difusos y convergentes.

Brillante y dolorosa

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Su narrativa, poética y humana, propia de un genio adelantado, nos pertenece injustamente. La Suiza centroamericana no estuvo preparada para una mujer lúcida y visionaria en aquella época de polillas y polvo. Costa Rica, hoy, pareciera esforzarse por redimirla; por traernos a esta escritora costarricense en quien “el tánatos y el eros tenían igual fortaleza”, reconoció Lilia Ramos en Yolanda Oreamuno en mi recuerdo eviterno (1976). Pero Yolanda conocía a su patria viciosa y desdeñosa; la única forma de avanzar era mediante una actitud revolucionaria, propia de su subversión: “los países no nacen con pecados originales como los hombres, pero los han de cometer para ir adelante”, sentenció en El ambiente tico y los mitos tropicales (1939).

Gracias a esta mujer de vanguardia, pecadora y por tanto evolutiva, piedra angular de la literatura nacional, Costa Rica asimiló las corrientes estéticas del siglo XX y escapó del comején ideológico del cual adolecía. Hay un antes y un después de YO "desde la perspectiva del aporte femenino a la escritura narrativa de nuestro país", según Emilia Macaya en Espíritu en carne altiva (1997). Su novela La ruta de su evasión (1948) es ganadora del Certamen Permanente Centroamericano 15 de setiembre en Guatemala. Obra considerada por Abelardo Bonilla, crítico costarricense, como "una de las más audaces aventuras novelísticas realizadas en la lengua española, complicada y difícil por su técnica". Novela adelantada a los recursos literarios vigentes en la década de 1940; métodos antecesores del boom latinoamericano.

Yolanda constituye parte del tejido literario centroamericano

Sus escritos están potencialmente difuminados por revistas culturales de Costa Rica, México y Guatemala. El Ministerio de Cultura y Deporte de Guatemala publicó una edición conmemorativa del I centenario de su nacimiento, Prosas escogidas (2016), donde aparece un ensayo, a manera de prólogo, llamado Yolanda Oreamuno: la escritora costarricense que quiso ser de aquí de Vania Vargas, quien concluyó: "A Guatemala le sobran las razones para unirse a esta conmemoración y al reconocimiento de su obra, para volver a nombrarla. Es un asunto de reciprocidad, una de las tantas deudas que tenemos con nuestros artistas y con la memoria". Este último país en comparación con su tierra natal, generoso y receptivo, se convirtió en la nacionalidad que le brindó "estímulo y afecto", según una carta dirigida a Joaquín García Monge en 1948.

¿Cómo la nombramos en Costa Rica? ¿De qué forma hemos ido pagando el costo de la indiferencia? ¿Cuánto falta para considerarla nuestra? Aquí construimos infraestructura y le ponemos su nombre—acción de una administración digna y sensible—. Transitamos en ella, pero no la leemos. Su lectura en la Educación Diversificada es superficial, probablemente sesgada y censurada. En la Universidad, únicamente es leída por quienes tienen una inquietud auténtica en la literatura costarricense. Si es investigada formalmente, el análisis es obstaculizado por una mitología irrelevante, derivada de chismes e incomprensión. Ante ello, debemos leerla más. Escudriñar sus letras. Apoyar las editoriales estatales a través de su lectura. Viajar por el desierto árido en Valle Alto (1946); asistir a un funeral monótono en Vela urbana (1937); presenciar las consecuencias mortales de la soledad en Un regalo (1948); cuestionar sus ensayos críticos, de incisivas argumentaciones y estructuras fascinantes recopilados en A lo largo del corto camino (1961); habitar conciencias y sensibilidades crudas en La ruta de su evasión; en fin, deleitarse con una autora nuestra, tan nuestra que es lejana.

YOreamuno3El genio es allá donde se rompen las medidas, donde tú estás solo, y no te sirven las palabras de los otros, ni sus sonrisas, ni siquiera su amor. Es estar cohabitando con la muerte en todos los segundos”, escribió Yolanda a Alfredo Sancho, “[e]s no poder conjugar con los demás, es dejar de tener familia humana y convertirse en la soledad y la muerte mismas...”. El tiempo, ese elemento tan recurrente en la obra oreamunesca, la ha hecho justicia con el pasar de las décadas a su pensamiento. Su obra se ha erigido como una de las mejores producciones literarias en Costa Rica y Centroamérica. Su encanto y belleza, “tranquila, serena, fijada por líneas que parecen trazadas por el aire, de tal leves y tan tenues que son”, según Emilio Abreu, han superado la prueba del tiempo y se han asentado broncíneas, junto con su complejidad, en la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica y el Teatro Nacional.

Yolanda Oreamuno, un nombre ceremonioso y, al mismo tiempo, simple. Una simpleza capaz de encantar a quienes admiran la belleza de la humanidad misma. YO único e insuperable de la literatura costarricense. Ahora y siempre, puente nuestro hacia las rutas del conocimiento propio del cuerpo y el espíritu. Revolución en carne y hueso. Actitud subversiva que no debemos subestimar ni omitir de esta autora que sigue leyéndose en el siglo XXI. "Solo a la muerte se llega demasiado temprano", escribió clarividente de su propio destino; tal vez, su misma clarividencia le advirtió que su vida no terminaría con su último aliento.

Fotografías: Facilitadas a la prensa por el Ministerio de Cultura. Cortesía de la Editorial de Costa Rica y Sergio Barahona Oreamuno.
Roberto Acuña