El 16 de marzo el candidato presidencial del Partido Restauración Nacional, visitó Turrialba como parte de su gira. Un grupo de mujeres realizaron una marcha pacífica:

“(…) en contra de su política de gobierno, basada en el fundamentalismo religioso, el machismo, la homofobia y su oposición a las mejoras en las leyes de protección animal. Ellas eran pocas y a pesar del gran número de policías y los insultos de muchos de los asistentes se mantuvieron firmes.” 

Hálvora Fotografía  / Facebook

Eva Chaves decidió elaborar una prosa, en honor al simbólico acto del grupo organizado. Aquí devolvemos el regalo al mundo.

Consejo Editorial 

Hálvora Fotografía.

Hoy una espina no me ha permitido saborear la frescura de la mañana cuando me dirijo a la cotidianidad. Durante las últimas noches los desvelos no han sido porque la luz de un cielo despejado me refleja el rostro, desesperado por mi atención. Tampoco ha sido el canto de mis pensamientos, llamándome a escucharlos y dejarlos pasar a mi papel. Temo cerrar los ojos y que el descuido somnoliento apacigüe la llama furiosa que surge de mí como los volcanes vivos que formaron mi país; aquella pequeña tierra donde se alberga una fuente de vida, la presencia innegable y poderosa del Mundo, que crea y da nacimiento desde una pequeña extensión hasta los astros mostrándose en un campo inmenso ante los Mayas cada ausencia del Sol.

Los miedos me persiguen aún más cuando enfrento la luz. Porque así me confrontan en la realidad: estos temores que me afligen se marcan en rostros, en comportamientos poseídos del odio, la misma indiferencia y deseo destructivo que han quemado corazones, intoxicado nuestra parcela revolucionaria despierta para sembrar luchas colectivas.
Yo no huyo de monstruos fantasiosos, creados en un sistema que no me pertenece, metiendo nuestra ligera morada en una estructura ajena e incompatible con el sustento que nos compone. Yo me refugio de los monstruos capaces de saciar el hambre de su imponente destructividad: arrebatando a mí y a mis hermanos la libertad de recorrer, de abrir nuestra voz, de simplemente respirar un aire sin muerte, sin el temor de tener que formar una madriguera para sobrevivir del mundo.
Pero a mí, no me disturban estas tormentas. No amenazan de sequía a mis bosques porque ellos son los mismos que escondieron las civilizaciones de los invasores, consisten del mismo pasto donde corrieron los pies rebeldes del imperio y del engaño colectivo, es de donde surgieron las semillas que me han dado la vida. Y son estas quienes me hablan cada día, recordándome la historia que me compone y no me permite recaer en el auto-engaño, el sometimiento a la indiferencia y la superficialidad.

Hoy desvié la vía que me marcaban los zapatos y aún lejos de ser físicamente capaz de correr con mis manos el aroma de la fusión de culturas y el rumor de las voces que alberga la tierra de mi pedacito de mundo, mi Costa Rica; puedo sentir filtrándose entre cada poro de mi carne el viento de la pradera donde remane mi hogar, el grito que zumba entre las calles exigiendo el despertar de la anestesia a la cual hemos sometido nuestra conciencia.

Lejos de casa, me encamino con cada capacidad sensorial que poseo en cuerpo y alma a defender mi patria, a escuchar lo que proclama el pueblo vigilándonos dentro la montaña, las almas que mantienen unidas las placas de nuestra tierra. Porque esto es lo que me mantiene pegada a ella, me llama en mis días mientras yo camino, pero también menciona mi nombre desde propio adentro, en el ruido y el silencio. Es así como comienzo a sentir el recorrido de mis progenitores, aquellos responsables de haber encendido la luz de mi razón para estar respirando justo ahora: las comunidades indígenas encendiendo antorchas contra el enemigo, las revoluciones de mi pueblo contra la privatización de aquello que es nuestra fuente de vida; quienes dieron su vida para y por nosotros, hermanos míos, quienes hemos dicho y continuamos gritando ¡Mi corazón dice No!

Hoy una fuerza particular dirige mi lengua, me da el andén para encontrarlos a ustedes, vernos bordados en nuestras propias huellas, y la desgracia que se avalancha sobre nuestros hombros. Yo les digo, cada vez que me doy la vuelta y me consumo en mi propia indiferencia, escupo en nuestras caras. Escupo en los brazos firmes de nuestros antepasados, desde el primer nativo que sostuvo con cada fibra la flecha apuntando contra el colonizador, hasta la mujer que me dio a mí y mis hermanas la chispa rabiosa para hacer arder nuestras voces. Escupo en quien creyó en una Costa Rica y América Latina libre, una que muestra el pecho robusto de orgullo por nuestras tierras irregulares, nuestra gente con la historia del mundo marcada en sus facciones.
Somos producto de la más grande maravilla de la existencia: con la continua invasión y la masacre de nuestras raíces, decidimos dirigirnos al rencuentro humano, a continuar entretejiendo nuestros caminos. Nos burlamos de los imperialistas y desistimos de su invasión cada vez que realzamos nuestra cultura, combinando nuestras partes y colores en la convivencia, apropiándonos del idioma que nos fue impuesto y haciéndolo nuestro en cada tierra, con sus propias versiones y sonidos. Tomamos el grano y lo dejamos expandirse con nuestro aroma. Lo que hacemos crecer del suelo, venga de la otra parte del hemisferio o de nuestra parcela, se arraiga en nuestra identidad. E incluso con la masificación del mismo molde de ser humano, nuestra existencia se rehúsa desde cada partícula a acoplarse. Lo rechaza aún sin ser consciente: es el instinto de resiliencia que abona nuestra tierra nativa.
Entonces mi voz ya no llama más, no busca ni sueña. Ella grita y estruja las paredes hasta hacer de ellas polvo, puerto hacia el exterior. Me hace buscarlos a ustedes, exigirnos y no seguir esperando ninguna señal de salida. Sino de adueñarnos de cual sea que se encuentre, y reivindicar todo aquello que ruge desde dentro. Hermanos, los necesito, nos necesitamos. Hoy más que nunca, desde que el mundo ha abierto sus senderos sobre mí, tengo el impulso incontrolable y fuerte de moverme. Porque mi historia, la nuestra, nos encuentra en la lucha, la revolución, en la resistencia. Y como ciudadanos del mundo, nacidos costarricenses, no podemos darnos la espalda en la injusticia, en el abuso y el dolor.


¡Que ningún usurpador sea suficiente para apaciguarnos: que este sea la llama para abatir nuestros corazones y forjar nuestros pechos con fuego, aire y tierra! Para encender mentes, refrescar sufrimientos, recorrer caminos en busca de nuestro encuentro.

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