La gente invoca al karma como a una especie de ángel de la guarda que actúa lento pero seguro, y lo más importante: siempre a favor suyo.

Yo tenía una amiga (he dicho bien: tenía) que andaba siempre con el karma para arriba y para abajo. Un año, su vida entró en una sarta de desgracias juntas y fue el momento que hallé oportuno para decirle que quizás aquello era karma; quién sabe qué había hecho en vidas pasadas, o incluso en su pasado no tan lejano, como para merecer todo lo malo que le estaba pasando. Su limpia de karma empezó conmigo, pero a lo que iba: el karma es una consecuencia lógica (es más energética que lógica, pero para entendernos) de las propias acciones, personales y colectivas, creo… Capaz que viene el Dalai y me cierra la boca.

Para ilustrar, una lectura kármica podría ser ésta: Costa Rica, años 80. La gente venera su carro, lo lava y le saca brillo como a un tótem. Andar en bus era una vergüenza, ni mencionar el salir corriendo detrás de la lata sosteniendo con una mano el menudo del bolsillo. En aquellos tiempos, mejorar y dignificar el transporte público no era un objetivo de quienes hubieran podido plantearlo. A la clase alta no le importa y la clase media (ella siempre tan tilinte) prefirió ver cómo ajustaba para el carro.

¿Resultado kármico? El que se puede ver en las calles de la GAM. De aquella mentalidad, estas presas. Ahora parece evidente, pero es que es fácil profetizar en el pasado. Bueno, digo yo que evidente. El otro día aún oí a alguien decir que el carril bus iba a empeorar el desastre vial. El karma es una serpiente que se muerde la cola, y siente rico.

Catalina Murillo

Mejor o peor conocida como Cata Botellas. Es escritora y guionista, qué remedio.

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