Se repite la historia misógina y androcéntrica: los hombres vuelven a decidir sobre el cuerpo de las mujeres.

Tal vez, usted empezó a leer este artículo por el título que lleva; y probablemente, se preguntó cuál es la relación que existe entre el aborto y la incubación. Y claro, no existe ninguna, pues la intención de este artículo no se relaciona con establecer analogías entre ambos temas, sino más bien, el objetivo principal consiste en problematizar la perspectiva moralista que envuelve al aborto, y la manera en cómo se percibe a las mujeres como incubadoras.

Primeramente, antes de continuar el abordaje de esta temática, considero que se debe establecer una diferenciación pertinente entre el aborto (concibiendo este como un proceso de interrupción del embarazo) y el derecho a las mujeres de decidir sobre su cuerpo, partiendo de categorías como autonomía.

La razón por la cual afirmo lo anterior, se relaciona con la medicalización patologizante que se ha establecido, y se sigue estableciendo, sobre diversas situaciones, tales como la patologización de las personas trans, violentando derechos humanos. Cabe añadir que el 23 de octubre de 2010 se dejó de considerar la transexualidad como trastorno mental. Por lo tanto, si intentamos realizar un abordaje desde un enfoque que logre concebir a las mujeres como sujetas (cognoscentes) de derechos, debemos provocar rupturas con perspectivas tradicionalistas que siguen enraizando la cosificación y objetivización de las mujeres.

Una de las interrogantes que han surgido como producto de la participación en diferentes debates, esos que se generan en las aulas universitarias (muchas veces permeados por el academicismo que nos corroe), alrededor de unas cuantas cervezas entre amistades, o bien, en la cena navideña con tus familiares; se relaciona con la controversia que se origina por el derecho de las mujeres a decidir.

Claro, estoy consciente que la afirmación anterior no es reciente ni novedosa. No obstante, la intención al mencionar esto reside en generar un proceso de reflexión que permita problematizar algunas de las razones por las cuales se sigue satanizando este derecho.

En primer lugar, desde el ámbito jurídico se torna un tema que genera discusión con respecto a la “prevalencia de derechos”, pues quienes defendemos el derecho a decidir partimos desde una serie de instrumentos jurídicos que intentan velar por el cumplimiento de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, por ejemplo la Convención para eliminación de todas de discriminación contra las mujeres (CEDAW), la Declaración y el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (CIPD), IV Conferencia Mundial de la Mujer (Plataforma Beijing), Convención de Belén do Pará, entre otros. Mientras las personas “defensoras de la vida” (¿de quién?), sostienen sus posiciones biologistas. Aunado a esto, estos argumentos convergen con posiciones religiosas basadas en citas bíblicas; reproduciendo el estereotipo que todas las mujeres desean ser madres, pues este anhelo “es innato”.

Y a este punto quería llegar, la sociedad excluye y oprime a todas las mujeres por su condición sexo-genérica; esta discriminación se agrava con diferentes situaciones. No ejercer la maternidad forzosa y obligatoria, es una decisión que provoca que las mujeres sean inferiorizadas, pues están desobedeciendo y cuestionando la realidad impuesta por la cultura machista.

La película Mad Max (2015) se convierte ejemplo claro de la manera en cómo se asigna obligatoriamente la maternidad, pues se conciben a las mujeres como “incubadoras”, afirmando que el papel de ellas es “traer niños a este mundo”. Nótese que utilizo el lenguaje en masculino porque incluso de las frases cotidianas, las mujeres son excluidas ¡La RAE es machista!

Asimismo, se puede afirmar que el derecho a decidir representa un ataque directo al modo de producción capitalista, pues el sistema percibe a estos “fetos” como fuerza de trabajo que puede propiciar su reproducción. Y el no nacimiento de estos cigotos, representa una amenaza a este orden. Por esta razón, se convierte en un ejemplo claro en donde los neoliberales y neoconservadores concuerdan perfectamente.

No es casualidad que Donald Trump, presidente actual de Estados Unidos, haya firmado un decreto en sus primeros diez de gobierno, que impide financiar con fondos federales a organizaciones no gubernamentales extranjeras que apoyen el derecho a decidir de las mujeres sobre sus propios cuerpos.

La batalla por reprimir el derecho a decidir desarrollada por Trump, también provocó que designara al juez ultraconservador Neil Goursuch (blanco, heterosexual, burgués y cristiano) como nuevo magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Evidentemente, se repite la historia misógina y androcéntrica: los hombres vuelven a decidir sobre el cuerpo de las mujeres.

Por último, si el simple hecho de hablar de “aborto” de manera procedimental se convierte en un acto que incomoda, entonces discutamos sobre el aborto desde el enfoque del derecho a decidir de las mujeres, y así provocamos más molestia e incomodidad al sistema patriarcal. No dejemos de luchar por una sociedad que respete los derechos que poseen las mujeres sin distinción alguna. Llenemos las paredes de consignas feministas, expresemos lo que gritan nuestras entrañas llenas de resistencia y rebeldía; porque estoy seguro ¡que si el papa fuera mujer, el aborto sería ley!

Keylor Robles Murillo

Trabajador social por formación y ñoño por vocación.

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