Pero entonces lloraba por verlas salir y ahora lloro por verlas caer, me cantaban las amigas en una fiesta, parafraseando a Silvio.

Recuerdo el mal trago que fue abandonar la época relativamente asexuada y feliz de la infancia. Llegó la pubertad y con ella la hora de convertirse en mujer (o mujercita, que es peor), con sus implicaciones: cierre las piernitas, así no se ríe una señorita… Recuerdo ponerme doble camiseta apretada para disimular los dos picos que empezaban a salirme en el pecho, y pasar de jugar con tierra a ser sujeta del deseo de los hombres. A regañadientes, eso terminó por convertirse en asunto prioritario de la vida adulta: cómo atraer y rechazar hombres.

Los dos picos de marras se convirtieron en generosas glándulas mamarias que pasaron unas tres décadas (de la menarquia a la menopausia) apretujadas entre encajes, tirantes y metales. Ahora se han desparramado y apuntan al suelo. Esto no se dice, es tabú. A una niña se le perdona (más o menos) no ser atractiva sexualmente; pero a una señora de mediana edad, no. Ni con las tetas en la cintura recupera una la libertad andrógina de la infancia y se nos exige seguir deseando ser deseadas.

Mientras mis amigas cantan borrachas yo me hago este firme propósito quinquenal: pasar esta segunda metamorfosis del cuerpo con menos pena que la primera.

Catalina Murillo

Mejor o peor conocida como Cata Botellas. Es escritora y guionista, qué remedio.

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