Estamos tratando de hacer vida social.

De crear –o más bien recuperar– espacios públicos, aquí en este pequeño pueblo caribeño. Cultural es casi cualquier cosa y allá nos fuimos a invitar de casa en casa a los vecinos a ir el domingo al parquecito: habría venta de patty y rice & beans, concurso de peinados afro, artesanías, música, baile… La idea es retomar los espacios públicos, hacer que tomen las calles, las aceras y los poyos las mujeres y los niños; que el espacio público deje de ser territorio exclusivo de prostitutos, borrachos y piedreros.

Y adivinen cuál fue el mayor obstáculo: Jesusito. Amén de todas las barbaridades que le dicen a la gente en las sectas, está ese otro daño, menos evidente y que algunos quizás consideren secundario: el de hacer a la gente –precisamente– sectaria. No sólo hay recelo entre las distintas congregaciones, también hay un recelo y hasta un repudio por lo social, lo cívico. Fiesta y celebración son términos aceptables únicamente si se refieren al sábado en el templo y sólo en nombre de un tal Señor. Y “cultura”, hummm, de entrada les suena mal. No se sabe si es verdad que un célebre nazi dijo algo tipo: “Cuando oigo la palabra cultura, agarro mi pistola”, lo cierto es que mis vecinos oyen “cultura” y se agarran a la biblia.

Aquí la mayoría de la población es afrodescendiente. Jesusito en cambio suele ser un rubio de ojos verdes con unos rizos definidos y lustrosos envidiables, en cuyo manoseado nombre algunos vecinos dijeron que nuestra invitación “no era grata al Señor”. Bendiciones.

Catalina Murillo

Mejor o peor conocida como Cata Botellas. Es escritora y guionista, qué remedio.

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